Capítulo 1


   Esa noche de enero parecía eterna. Los clientes del negocio de Fabio no terminaban de comprar e ingresaban uno tras otro, sin darles un descanso. Era verano y había que aprovechar la oportunidad de trabajar lo más que se podía. Se avecinaba el fin de semana y, por lo visto, los turistas habían elegido esa ciudad como primer destino vacacional tras las fiestas de fin de año.


   Luego de ese sorpresivo aluvión, los clientes fueron menguando y Fabio pudo comenzar los preparativos para cerrar el almacén. Afortunadamente contaba con la ayuda de Fernando, su hijo, que le ponía entusiasmo y mucha energía. Mientras cambiaba unos cajones de lugar, lo miró con una mezcla de ternura. Apenas estaba por cumplir 16 años, y unas semanas atrás había conocido el miedo que generaba la inseguridad.

   Unos delincuentes quisieron robarle cuando regresaba de la escuela, al ingresar a su casa, y en el forcejeo le habían propinado un terrible golpe en la cara con la puerta del garaje, lo que le había ocasionado una fractura en la nariz. Todos los vecinos del barrio y los clientes del local le preguntaban por el gran vendaje que lucía en su rostro, teniendo que contar una y otra vez esa penosa situación.


    Entre los dos finalizaron el cierre, fueron hasta una rotisería a comprar algo para cenar y partieron rumbo a su casa, en donde los esperaban Ana, la novia de Fabio, y Melina, la hija más pequeña de su anterior matrimonio. Reían y charlaban de todo, de esa cliente corpulenta con el vestido multicolor y de su marido delgado y espigado, cuyas únicas respuestas a las preguntas de su esposa eran “lo que vos quieras, ya sabes lo que me gusta, elegilo vos”.


    Al llegar a la propiedad, Fernando se bajó del vehículo para abrir la puerta de la cochera y ahí vio como una moto enorme se detenía detrás de la camioneta de su padre. Todos los recuerdos del asalto sufrido hacía apenas quince días se le agolparon de repente, como un torbellino que lo inmovilizó. Vio cómo uno de los dos ocupantes descendía de la moto y caminaba hacia el lado de la camioneta en donde estaba su padre; había algo en la mano del chico, que no era mucho mayor que él, y observó cuando apuntaba a Fabio mientras sus labios murmuraban unas palabras que él no logró escuchar.

 
    De repente Fernando sintió un sacudón en su cuerpo y corrió hacia la camioneta, subiéndose velozmente, mientras escuchaba un ruido sordo, se escondió en el buche que el vehículo tenía y sonó otro ruido, temiendo profundamente adivinar qué era. Una voz lejana dijo una frase que le costó comprender. Escuchó unos pasos rápidos y el sonido del motor de la moto acelerando y alejándose. Fue ahí cuando levantó los ojos y vio la camisa de su padre manchada, sentado como lo había visto unos minutos antes y con la mirada ausente en un punto fijo.

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