Capítulo 17



   Después del asesinato de Fabio, hubo un tiempo de reposo relativo, si bien la vida no había sido fácil. El dolor de perder a la persona en la que había confiado la había hecho trastabillar, sin embargo el tío Roberto se había mantenido a distancia, ya que había viajado a Italia y al regresar sus negocios lo mantenían ocupado y alejado de la familia.


    Sin embargo, un mediodía, sus padres la enviaron a la empresa de Roberto a buscar un paquete. Ella no quería ir, pero el hecho de poder manejar la camioneta de su madre la entusiasmó. Hacía poco tiempo que le habían dado el permiso de conducir y no abundaban las oportunidades en que le dejaran uno de los vehículos de la familia para ella sola. Además, era ir a la empresa, buscar el paquete e irse ¿qué podía ocurrir de malo?


    Era verano y ella manejó con la ventanilla baja, disfrutando del viento en la cara. Llegó a la oficina y el encargado de seguridad de la puerta de entrada la dejó pasar al reconocerla y no le avisó a su jefe de la llegada de la joven. Subió las escaleras sigilosamente y se acercó a la puerta del escritorio. Escuchó la voz de Roberto, que hablaba por teléfono. Se quedó por precaución detrás de una pared, no quería molestar o interrumpir algo importante. La parte de la conversación que pudo oír la dejó con la sangre helada.


“Si, gracias a dios pude deshacerme de ese idiota santurrón, al que la putita le contó todo…si, si, esa mugrienta se pensó que podía hacerme algo…pero si cree que a mí me pueden tocar, que se olvide…Fabio está mirando crecer el pasto desde las raíces por bocón, por enfrentarme, por creer que podía hacerme algo…están todos muy equivocados, yo soy el dueño de sus vidas.”


    Quiso irse, se tropezó con algo, un ruido advirtió a Roberto sobre su presencia. Salió de la oficina y corrió detrás de ella. La tomó por un brazo. Juliana atino a murmurar “Fabio”…Roberto le sonrió de forma diabólica.

 “No te das una idea de cómo me deshice de Fabio, pendeja”

    Ella forcejeo, pero Roberto la sostenía fuertemente.

“Si abrís la boca, tus viejos y tus hermanas van a terminar igual… ¿y sabés quien es tu tutor legal? ¡Soy yo! Tu papá me firmó todos los papeles hace un tiempo…y si a ellos les pasa algo…como un accidente repentino, vos vas a tener que vivir conmigo…y yo soy un tío muy bueno y voy a estar muy feliz de recibirte en mi casa”.

    Intentó acercar su rostro al de ella para darle un beso, pero ella logró soltarse e irse corriendo.

 “Putita, no te vas a escapar de mí”, le gritó Roberto entre carcajadas.


    Salió del edificio espantada. En su cabeza mil cosas se arremolinaban en forma confusa.  Veía a Roberto entrando en su habitación cuando era más pequeña, sus manos recorriendo su cuerpo, el asco que sentía, la voz tranquilizadora de Fabio aquella tarde en el patio de la casa, hablando mucho, su confesión, la mirada de Fabio que buscaba hacerla sentir segura, comprendida…y nuevamente el asco, su tío Roberto riéndose a carcajadas, sus palabras confesando que él lo había matado.


    Subió a la camioneta, Quería llamar a sus padres, contarles todo, pero recordó las palabras amenazantes de Roberto. No sabía qué hacer. Arrancó y se dirigió a ninguna parte. No quería volver al negocio familiar, tampoco quería volver a su casa. Vio en el piso del asiento del acompañante un paquete de bebidas alcohólicas que su padre había comprado para llevar a la casa.

   Se detuvo en una esquina, destapó una botella y la tomó. Bebió todo el contenido. Abrió la otra botella. De repente sentía una sed terrible, una necesidad inmensa de beber y apagar un fuego tremendo que le recorría todo el cuerpo. El alcohol la llenó de una sensación extraña, loca. Tomó el volante y pisó el acelerador. Quería ser como los protagonistas de esas películas que miraba, en donde conducían a altas velocidades y nadie se les interponía, en donde los buenos les ganaban a los malos y se vengaban del daño que les habían hecho.


    Condujo muchas cuadras sin saber hacia dónde iba. De repente un taxi se le cruzó. Intentó esquivarlo y el estruendo del ruido de vidrios y metales rotos la sacudió de su ensueño. Un paredón había detenido su marcha. Afortunadamente ella llevaba puesto el cinturón de seguridad.

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