Con
la excusa de necesitar una charla tío/sobrina, Fabio fue a hablar con Juliana.
Ella estaba sentada en el parque, con uno de sus libros. Al ver a su tío
intentó irse, pero él la tranquilizó.
“No
voy a hacerte nada, no voy a tocarte, sólo quiero que sepas que te tengo un
afecto sincero y que podés confiar en mí. Tu mamá me pidió que sea tu padrino
de bautismo, y eso es una gran responsabilidad. Me hace guardián de tu alma,
protector de tu ser. Necesito que sepas que estoy para lo que necesites, que
podés contarme lo que sea que te pase, que voy a creer en vos”.
Por un instante se miraron fijamente. Juliana estaba helada, sin saber qué hacer. Quería largarse a llorar desesperada, y tenía miedo de contar qué era lo que le estaba pasando. Tenía miedo de que Fabio no le creyera y se burlara de ella, que la tratara de “putita” como le había dicho el tío Roberto. Tenía miedo de que todos los que ella quería, dejaran de quererla, de que la trataran como la basura que se sentía desde hacía mucho tiempo.
Ante el silencio de Juliana, Fabio se levantó y comenzó a caminar hacia la casa de su hermano. Osvaldo y Clide estaban adentro, cada uno en su mundo. Ella atinó a decir “tío”. No hizo falta otra palabra para que Fabio volviera a su lado para ser el receptor de una historia de horror que le erizó la piel. Esa niña se había guardado tanta vergüenza durante muchísimo tiempo y no paraba de vomitar esa verdad que tanto miedo le daba.
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