Capítulo 9



   Kevin había recibido la llamada. Esa noche debería demostrar que merecía pertenecer a la banda. Era jugarse a cara o cruz. Debía hacerlo para que su padre, un hombre que no le había dado su apellido, sintiera orgullo de su hijo. Necesitaba que en algo lo reconociera, quería demostrarle que podía sentirse orgulloso de él, que había seguido sus pasos. Se miró al espejo. Debía permanecer escondido, “guardado” como se decía en la jerga, hasta que lo pasaran a buscar.


    Esta vez no podía fallar. No podía darse el lujo de equivocarse. Ya había errado la vez anterior, y lo habían encontrado. Le tembló el pulso, y el tiro fue para otro lado. La policía lo detuvo y lo encerraron en ese lugar. Pero era fácil escaparse de ahí. Una noche se armó un motín y quemaron los colchones, rompieron ventanas, mientras llegaban los fiscales y jueces para intervenir, hicieron todos los destrozos posibles. La justicia era blanda con ellos, porque eran “nenes”. Podían hacer lo que quisieran. Se fugaron fácilmente.


    Un bocinazo le avisó que había llegado la hora. Una moto de gran cilindrada lo estaba esperando afuera. El conductor le dio un revolver. Él se lo puso en la cintura, subió al vehículo y fueron a buscar a la víctima que le diera a Kevin su sitio dentro de la banda. Iba a ganarse el respeto de los otros y, principalmente, el reconocimiento de ese padre tan lejano y tan buscado.


    El recorrido atravesando la ciudad se le hizo interminable. Estaba nervioso, tenso, con la cabeza ocupada en un solo pensamiento. No veía los otros vehículos, no razonaba en qué lugar estaba. Sólo sabía que su chofer ocasional lo llevaría a su destino.


    Doblaron en una avenida. Fueron detrás de una camioneta, iban varios metros detrás para que los ocupantes no se percataran de que eran seguidos. La camioneta dobló en una calle más chica y quedó frente a un portón, en una casa de la esquina. Bajó un chico, de su misma edad, a abrir el garaje. La moto se detuvo justo detrás del coche. Kevin bajó. Sabía exactamente qué tenía que hacer.

   Se dirigió hacia el vehículo, llevaba la mano baja, para que no vieran el arma. Se acercó a la ventanilla. Ante todo, Kevin tenía que matar a ese hombre, no podía volver a equivocarse.

“No te muevas.”


    El chico de la camioneta corrió hacia el vehículo, se metió en el asiento del acompañante. Kevin disparó apenas el conductor hizo un movimiento con la mano. Dos tiros. Uno para el conductor, otro para el hijo. El chico se tiró en el hueco del panel, de modo que el disparo quedó incrustado en el asiento. El conductor de la moto le gritó. Se tenían que ir antes de que apareciera la policía. El trabajo ya estaba hecho.


   Mientras Kevin subía a la moto, recordó el rostro del hombre que acababa de matar. Era uno de los hombres que colaboraban en la granja religiosa en donde había estado un tiempo. Era el que lo miraba siempre que hablaba del camino de la salvación.

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