Todos
dormían y la casa estaba en silencio cuando los gritos de Juliana despertaron a
toda la familia. Clide, Osvaldo y las hijas mayores fueron corriendo hasta el
dormitorio. Ella se sacudía mientras pedía que ya no la toquen más, que no le
gustaba, que tenía miedo, que por favor basta…
De repente abrió los ojos y al ver a su padre le gritó que se fuera, que no lo quería cerca, que lo odiaba. Se retorcía en su cama como si estuviera poseída por demonios. Osvaldo no se fue, lo que enfureció más a la chica.
De repente abrió los ojos y al ver a su padre le gritó que se fuera, que no lo quería cerca, que lo odiaba. Se retorcía en su cama como si estuviera poseída por demonios. Osvaldo no se fue, lo que enfureció más a la chica.
Ante
la pregunta de todos sobre qué le sucedía, ella solo respondió que nada, que
odiaba a todo el mundo, que se sentía sucia, que era una porquería y que sólo
quería morirse. De repente estalló en llanto, Clide fue la única que pudo
abrazarla, intentando tranquilizarla, pero Juliana lloró hasta quedarse dormida
nuevamente.
A la mañana siguiente, la chica despertó sin recordar nada de lo sucedido esa noche. Ni papá ni mamá intentaron preguntarle nada, por miedo a que se altere nuevamente. Sólo había sido una pesadilla.
Clide habló algo del tema con uno de sus guías en el templo. La recomendación que le dio fue que la niña tenía que ser preparada para su bautismo bajo el rito evangélico, ya que ninguna de las hijas de la pareja había sido iniciada para ninguna de las dos religiones, y el maligno podría aprovecharse de la falta de protección espiritual para poseerla y dominarla.
Clide no tuvo dudas. Lo que había visto era un intento de posesión y la única salvación para su hija era introducirla en la fe de una buena vez, por más que su marido se opusiese. Sería otra batalla más que los enfrentaría, pero el alma de Juliana estaba en juego.
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