Capítulo 40



   El hombre caminaba por el campo junto a su perro. Había visto la camioneta estacionada desde hacía varias horas y no veía al conductor. Sabía que era uno de los amigos del patrón, que cada tanto aparecía para sacarse las ganas de disparar a algo que estuviera vivo. Osvaldo puntualmente no le caía simpático. Era arrogante, soberbio, maleducado. Pero se lo tenía que aguantar porque el patrón le pagaba muy bien por cuidar del caserón y del campo. Era un trabajo fácil y tranquilo.

   El perro de pronto comenzó a husmear el aire. Ladró varias veces y fue corriendo hasta un árbol. Retrocedió hasta donde estaba su amo y volvió hasta el árbol en forma insistente.

"¿Qué te pasa, bicho, encontraste una paloma muerta que se le escapó a estos giles?"

   Apuró el paso para ver qué inquietaba tanto al perro. Al aproximarse al árbol vio un cuerpo tirado, con una escopeta y una petaca de whisky. Era Osvaldo, el propietario de la camioneta que desde hacía tantas horas estaba estacionada en el parque del caserón. Tenía un charco de sangre que le rodeaba la cabeza.

   El hombre se persignó y volvió corriendo hasta el caserón. Tomó el teléfono y llamó a la policía. Había un muerto en el campo. No sabía si había sido accidental o se había intentado suicidarse. En los años que llevaba trabajando allí era la primera vez que le pasaba. A su patrón no le gustaban los escándalos y esto no le iba a caer en gracia.

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