El hombre caminaba por el campo junto a su perro.
Había visto la camioneta estacionada desde hacía varias horas y no veía al
conductor. Sabía que era uno de los amigos del patrón, que cada tanto aparecía
para sacarse las ganas de disparar a algo que estuviera vivo. Osvaldo
puntualmente no le caía simpático. Era arrogante, soberbio, maleducado. Pero se
lo tenía que aguantar porque el patrón le pagaba muy bien por cuidar del
caserón y del campo. Era un trabajo fácil y tranquilo.
El perro de pronto comenzó a husmear el aire. Ladró
varias veces y fue corriendo hasta un árbol. Retrocedió hasta donde estaba su
amo y volvió hasta el árbol en forma insistente.
"¿Qué te pasa, bicho, encontraste una paloma
muerta que se le escapó a estos giles?"
Apuró el paso para ver qué inquietaba tanto al perro.
Al aproximarse al árbol vio un cuerpo tirado, con una escopeta y una petaca de
whisky. Era Osvaldo, el propietario de la camioneta que desde hacía tantas
horas estaba estacionada en el parque del caserón. Tenía un charco de sangre
que le rodeaba la cabeza.
El hombre se persignó y volvió corriendo hasta el
caserón. Tomó el teléfono y llamó a la policía. Había un muerto en el campo. No
sabía si había sido accidental o se había intentado suicidarse. En los años que
llevaba trabajando allí era la primera vez que le pasaba. A su patrón no le
gustaban los escándalos y esto no le iba a caer en gracia.
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