Prólogo.


Como cada tarde desde hacía más de diez años, la enfermera lo llevaba hasta el enorme ventanal
de la clínica en donde su familia lo había internado. Él esperaba que alguien lo viniera a visitar,
que le hablaran de lo que ocurría fuera de las paredes del sanatorio. Nunca había creído que
escuchar alguna voz le podría provocar tanta alegría. Mirar el brillo de sus ojos, saber qué había
sucedido con el negocio, estar al tanto de las vidas de sus hijas, ver a sus nietos correteando por el
enorme parque del sanatorio.


Cada tarde renovaba la ilusión de que alguien llegara y le devolviera la vida que había tenido. Su
único deseo era volver a algún punto de su pasado para hacer todo diferente. Necesitaba creer que
todo era una horrible pesadilla de la que despertaría en cualquier momento. Todos esos años de
reclusión obligada eran peor que la cárcel, no había castigo más grande para él que estar condenado
a una silla de ruedas, completamente inmóvil, casi incomunicado, dependiendo de otros hasta para
realizar sus necesidades más básicas.


Estaba absolutamente consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, sin embargo no podía hablar,
quería gritar a todos que él había sido el único culpable de todo, que había sido ciego a tantas
señales, que era el responsable de tantos crímenes. Sí, la justicia divina existía, y a él lo había
juzgado por cada error que había cometido. Él había elegido la muerte, pero morir, ante todo el
horror que había provocado, era hasta un premio. Había tardado muchos años en comprenderlo. Le
había costado su posición, su salud, su familia y a la única mujer que había amado en su vida.


Como cada tarde, sabía que nadie cruzaría el portón principal de la clínica para verlo a él, para
hacerlo sentir menos olvidado. Y el olvido, era la peor forma de morir que alguien podía tener.

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