Unas amigas le habían
propuesto ir a una fiesta. Una radio organizaba festejar la llegada de la
primavera. Para ella era una fecha muy particular, una fecha que jamás había
celebrado. Y era hora de dar vuelta la historia.
Tras hablar con una de sus
amigas, entró al negocio en donde vendía. No le provocaba simpatía el dueño.
Era antipático, seco. La primera vez que fue a atenderlo la había tratado un
poco groseramente. Tuvo que ponerse firme y muy seria. Levantó un muro entre
ella y ese hombre. Algo le decía que tenía que mantenerlo alejado, no entendía
bien qué era.
Ese día ese hombre se
comportó raro, como si quisiera decirle algo. Como si no se atreviera a decirle
algo. Le siguió la corriente. Fueron a charlar a la vereda, mientras él fumaba
un cigarro. Le hablaba de cosas intrascendentes. Mientras lo escuchaba, ella
pensaba en los clientes que aún le quedaban por visitar, pero la conversación
bajo el toldo del negocio le venía bien para esperar que dejara de llover. Le
contestaba con evasivas, porque nada de lo que él le decía sonaba a importante.
La forma en que la miraba le decía que había algo más, pero por alguna razón
ella prefería no averiguar de qué se trataba.
La lluvia la ayudó a
finalizar ese diálogo. Se fue sintiendo que durante esos minutos había quedado
algo pendiente. Descartó ese pensamiento. Tenía que organizar una salida, que
hacía mucho tiempo no lo hacía.
Aquélla noche esperaba que
algo ocurriera. Un regalo que la vida le debía, tantas primaveras que ella
había dejado pasar. Un mensaje de paz.
Mientras esperaba que
comenzara la fiesta, vio entrar a alguien que le llamó la atención. Le parecía
conocido. Miró nuevamente y se dio cuenta de que era ese cliente que de repente
intentaba mostrarse amable y simpático. Lo observó pasar y trató de ocultarse.
No quería que la viera. Había ido a esa fiesta para distraerse y lo último que
quería era encontrarse con un cliente, y menos con ese cliente. Le llamó la
atención verlo entrar solo. Quizás su compañera había llegado antes, mientras
él llevaba su vehículo al estacionamiento. Quizás buscaba una compañía pasajera
que no lo comprometiera. Sabía que tenía familia y posiblemente estaba “de
trampa”, como se decía habitualmente.
De repente se dijo que nada
debería importarle. Que él hiciera lo que quisiera, que bailase con cualquier
mujer, ella había ido a divertirse. Comenzó la música y salió a la pista a
bailar. Se dejó llevar por la música. Dio una vuelta y lo vio, del otro lado de
una mesa, mirándola. Hizo como si no lo hubiera visto ni reconocido, se dio vuelta
y siguió bailando.
De repente sintió que
alguien le tomaba la mano y una electricidad le corrió por todo el cuerpo. Era
él. Por primera vez vio que sonreía. La saludó y le preguntó si bailaban
juntos. Ella miró a su amiga, como buscando una excusa para evitarlo, pero su
amiga le sonrió con picardía. Aceptó, pensando en deshacerse de ese hombre tras
un par de temas musicales.
La llevó hasta otro sector
del salón. Mientras bailaban, charlaron un poco. Él le dijo que estaba solo,
mostrando sus manos que no lucían la tradicional alianza. Le dijo que no tenía
compromisos. De pronto ese hombre se mostraba suelto, divertido, simpático,
amable. Algo que dijo ella le provocó una carcajada profunda, larga, sonora que
a ella le conmovió profundamente. Siguieron bailando y en un paso él la tomó en
sus brazos. Por primera vez ella sintió el aroma de ese hombre que esa noche
era tan diferente. Sintió que su abrazo la abarcaba, la protegía, la contenía.
Sintió que ese era su lugar en el mundo, el que tanto había buscado.
Quiso resistirse a ese
pensamiento. En una noche de locura todo podía pasar y sabía que con tal de
lograr algo, las personas cambiaban. Pero no podía resistirse a lo que le
estaba pasando. Parecía que toda la vida
había estado esperando ese abrazo y, al mismo tiempo, que siempre ese hombre
había estado abrazándola. Levantó su rostro porque necesitaba comprender y
recibió un beso, largo y profundo. . Sintió que toda la vida había estado
esperando ese beso. Sintió que jamás había dejado de besarla.
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