Capítulo 63



   El inspector cerró la carpeta que llevaba en la mano, la colocó debajo de la axila y caminó hasta su oficina. Allí había una mujer vestida llamativamente, con el maquillaje corrido por el llanto, con un ligero acento extranjero, pero que hablaba el italiano a la perfección. Era la prostituta que había llamado por teléfono al servicio de emergencias avisando que su cliente se había descompuesto.

   Se sentó en su sillón, frente a la mujer. Dejó la carpeta sobre el escritorio.

“Muerte por infarto masivo.”

   Ella se secó las lágrimas con un pañuelito.

“No sé qué pasó, hacia un momento que yo había llegado, iba a comenzar con mi trabajo y de repente el señor se descompuso.”

“Natasha, quédese tranquila, era un hombre mayor y se ve que con problemas cardíacos. Seguramente antes de su visita tomó algo para sentirse más viril y eso acentuó alguna enfermedad.”

“¿Ya le hicieron la autopsia?”

“Aún no terminan, pero este informe preliminar es bastante aproximado. Sólo debe firmar una declaración y podrá retirarse.”

   Le daba pena esa mujer. No debería ser fácil la vida de una prostituta, tener que ser contratada por estos hombres que pretendían sostener su juventud pagándoles y además, verlos morir, como en este caso. Natasha había llegado al país hacía poco tiempo, pero había vivido de muy pequeña en Italia, eso explicaba que hablara casi perfectamente el idioma. Se la veía conmocionada por el hecho.

   La ayudó con la declaración, trató de facilitarle los trámites y que se fuera lo antes posible. Al fin y al cabo, ella era una testigo involuntaria de la muerte de ese hombre y había hecho todo lo posible por salvarle la vida.

   La despidió deseándole una vida mejor, pensando en que no todos tienen las oportunidades que se merecen. Quedó un rato oliendo el aroma de su perfume que había invadido la oficina. Un llamado lo volvió a la realidad y partió para resolver otro caso.

   Natasha salió caminado por la calle. Tomó un taxi y le indicó una dirección al conductor. No era muy lejos el lugar, apenas unas diez cuadras. Al llegar, pagó, se bajó y esperó a que el vehículo se fuera. Un auto paró a su lado. Abrió la puerta trasera y subió. Un hombre joven iba sentado en la parte de atrás. Ella se acomodó, le sonrió y le dio un beso en la boca.

“Ya está, sin tu ayuda nunca podría haberlo hecho.”

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