El inspector cerró la carpeta que llevaba en la mano,
la colocó debajo de la axila y caminó hasta su oficina. Allí había una mujer
vestida llamativamente, con el maquillaje corrido por el llanto, con un ligero
acento extranjero, pero que hablaba el italiano a la perfección. Era la
prostituta que había llamado por teléfono al servicio de emergencias avisando
que su cliente se había descompuesto.
Se sentó en su sillón, frente a la mujer. Dejó la
carpeta sobre el escritorio.
“Muerte por infarto masivo.”
Ella se secó las lágrimas con un pañuelito.
“No sé qué pasó, hacia un momento que yo había
llegado, iba a comenzar con mi trabajo y de repente el señor se descompuso.”
“Natasha, quédese tranquila, era un hombre mayor y se
ve que con problemas cardíacos. Seguramente antes de su visita tomó algo para
sentirse más viril y eso acentuó alguna enfermedad.”
“¿Ya le hicieron la autopsia?”
“Aún no terminan, pero este informe preliminar es
bastante aproximado. Sólo debe firmar una declaración y podrá retirarse.”
Le daba pena esa mujer. No debería ser fácil la vida
de una prostituta, tener que ser contratada por estos hombres que pretendían
sostener su juventud pagándoles y además, verlos morir, como en este caso.
Natasha había llegado al país hacía poco tiempo, pero había vivido de muy
pequeña en Italia, eso explicaba que hablara casi perfectamente el idioma. Se
la veía conmocionada por el hecho.
La ayudó con la declaración, trató de facilitarle los
trámites y que se fuera lo antes posible. Al fin y al cabo, ella era una
testigo involuntaria de la muerte de ese hombre y había hecho todo lo posible
por salvarle la vida.
La despidió deseándole una vida mejor, pensando en que
no todos tienen las oportunidades que se merecen. Quedó un rato oliendo el
aroma de su perfume que había invadido la oficina. Un llamado lo volvió a la
realidad y partió para resolver otro caso.
Natasha salió caminado por la calle. Tomó un taxi y le
indicó una dirección al conductor. No era muy lejos el lugar, apenas unas diez
cuadras. Al llegar, pagó, se bajó y esperó a que el vehículo se fuera. Un auto
paró a su lado. Abrió la puerta trasera y subió. Un hombre joven iba sentado en
la parte de atrás. Ella se acomodó, le sonrió y le dio un beso en la boca.
“Ya está, sin tu ayuda nunca podría haberlo hecho.”
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