Capítulo 4



   El tío Roberto siempre le había hecho cosquillas. Era divertido y, además, resultaba asombroso ver cómo papá se transformaba en su presencia. Pasaba de ser alguien callado, serio, seco, casi antipático y se convertía en otra persona. Ante el tío Roberto papá era servicial, sonreía, se reía de los chistes más tontos que el tío hacía y escuchaba atentamente todo lo que dijera.

   Papá sentía admiración por el tío, de hecho, no tenía esa misma relación con su propio padre, el abuelo Feliciano. Los tres habían trabajado juntos durante una época, como contratistas, realizando trabajos de albañilería y construcciones. Roberto había ahorrado dinero, había comprado unos lotes, construyó un edificio y logró instalar una planta procesadora de pescado. Era impresionante cómo había progresado, a pesar de todos los vaivenes económicos por los que atravesaba el país, convirtiéndose en un próspero hombre de negocios, vinculado con algunas ciudades italianas, con las que comerciaba y en donde uno de sus hijos se había instalado, ya que ellos eran ciudadanos europeos y todos tenían la doble ciudadanía.


   El abuelo, sin embargo, siempre había gastado lo que ganaba en juego, en mujeres, en comida, en dios vaya a saber qué. Feliciano era de la idea de que la vida había que disfrutarla ahora y no dejar nada para el más allá. Papá, tal vez por eso, admiraba y respetaba tanto a ese tío que supo aprovechar las oportunidades de la vida.



   El tío Roberto siempre le hacía cosquillas. La corría por el parque, la invitaba a la piscina, le hablaba de Italia y de los viajes que había realizado. Era fascinante escucharlo. Desde pequeña, la sentaba en sus rodillas, le contaba historias y, siempre, la hacía reír con sus cosquillas.



   Aquella tarde ella se había recostado en el cuarto de papá y mamá a dormir una siesta. Se había levantado muy temprano para ayudar a mamá a preparar la comilona que realizarían en homenaje al tío Roberto por su cumpleaños. Papá había dejado la verdulería a cargo de su empleado para dedicarse a cocinar un cordero al asador como homenaje, y que por un día permitiera perder el control del negocio era todo un acontecimiento que marcaba el afecto y estima que sentía por él.


   Tras almorzar, se sintió amodorrada y se fue a descansar. Escuchó cuando el tío preguntó por ella. Tenía que irse y quería despedirse de su sobrina favorita. Ingresó al cuarto y, entre palabras cariñosas, comenzó a hacerle cosquillas. Ella rio a carcajadas, como hacía siempre, sin embargo, en la penumbra del cuarto, esta vez las cosquillas comenzaron a ser diferentes. Juliana había crecido. Las manos del tío se deslizaron por debajo de la remera que ella llevaba puesta y, jugando como siempre a las cosquillas, llegaron hasta sus pechos recién formados.

   La pequeña tuvo la sensación de que algo no estaba bien, pero también pensó que, quizás, no fue intención del tío hacerla sentir incómoda con las cosquillas. Se trataba de un juego que tenían hacía mucho tiempo. Sin embargo, las manos del tío Roberto no se retiraron de sus senos y buscaron los pequeños pezones, hasta que se pusieron erectos. Juliana reía, pero también quería llorar. De repente el tío retiró sus manos, le dio un beso en la frente, la miró a los ojos con una sonrisa y se fue.


    No sabía qué decir ni qué hacer. Tenía varias sensaciones encontradas. Ya no era una niña, y no era una mujer. No entendía muy bien qué había pasado. Y tenía miedo de decirle a papá o a mamá, que sentían adoración por ese tío tan generoso siempre, y que tanto había ayudado a papá en los momentos difíciles. Papá quería al tío Roberto casi como si fuera un padre. Mucho más que a Feliciano. Si ella contaba algo de lo ocurrido esa tarde en el cuarto, Osvaldo no le creería y diría que era una exagerada. Mejor no decirle nada a papá.

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