Tras
el homicidio, Kevin sintió que era capaz de todo. Imaginaba a su padre,
recibiendo la noticia en su celda, orgulloso de que su hijo había seguido su
camino. Se miraba en un espejo, posando con el arma, fingiendo que disparaba a
esa imagen que se reflejaba de sí mismo.
Le
habían dicho que se quedara escondido. Que descartara el arma. Que
desapareciera hasta que los medios dejaran de hablar de Fabio y otro muerto
ocupara el espacio en radios, televisión y diarios. Pero no podía tirar esa
pistola que le había traído tanta suerte. Había decidido que esa sería su
pistola, su compañera de aventuras, como tenían tantos villanos de las
películas que había visto, buscando en cada uno de ellos una figura que le
hiciera pensar que se trataba de su padre.
Había
pasado una semana del crimen y ya estaba aburrido en ese cuarto. Alguien le
acercaba algo de comida, una muda de ropa para cambiarse, jabón y alguna que
otra cosa. Estaba harto de ver la televisión, en cada canal de noticias
aparecía el hermano del hombre al que había matado, exigiendo que buscaran al
asesino, que lo encontraran a él. Reía a carcajadas cada vez que escuchaba eso,
también cuando los jefes de la policía o los fiscales hablaban de los avances
en la investigación. Si supieran que muchos de ellos eran socios en los
delitos, que cobraban un porcentaje de los robos que cometían, que todo estaba
tan podrido que si él hubiese salido a la calle a gritar a todos que había sido
el asesino, nadie le habría prestado atención.
Por
primera vez en su vida se sentía fuerte y poderoso. Siempre había tenido que
defenderse de otros chicos más agresivos. Su padre se había ido cuando su mamá
estaba embarazada y aparecía cada tanto, venía unos días, en los que Kevin y
sus hermanos se sentían felices y al poco tiempo desaparecía, dejando un nuevo
hermano en camino y la incertidumbre de qué comerían al día siguiente.
A
medida que fue creciendo, supo a qué se dedicaba papá. Robos, asaltos, saqueos,
las pocas veces que regresaba a su hogar, era porque había logrado un botín lo
suficientemente grande como para comprar a los oficiales que olvidaban la
búsqueda por algunos días y, cuando se acababa el dinero, debía irse para no
ser atrapado. En uno de esos robos encontró a un grupo de policías que no se
conformaban con nada. Todo lo que les ofrecía era insuficiente. En realidad, lo que Antonio no
entendía, era que ese grupo de agentes era incorruptible. Que se habían
prometido a sí mismos cumplir con su deber, más allá de las tentaciones.
Ahora
era Kevin quien lideraría la banda. Tenía un muerto en su haber, al fin, y
deberían respetarlo por ello. ¿Por qué debía quedarse encerrado, solo, habiendo
tanto por hacer en las calles? ¿De qué le servía haber llevado a cabo su tarea
sin problemas si igualmente estaba encerrado, preso en ese cuarto? ¿Qué
diferencia había entre esa habitación y una celda en cualquier cárcel?
Tomó
el arma que había dejado sobre la mesa de luz, la guardó enganchada en su
cinturón, se acomodó la remera, se puso un abrigo y abrió por primera vez la
puerta que conducía a la libertad.
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