Capítulo 20



   Tras el homicidio, Kevin sintió que era capaz de todo. Imaginaba a su padre, recibiendo la noticia en su celda, orgulloso de que su hijo había seguido su camino. Se miraba en un espejo, posando con el arma, fingiendo que disparaba a esa imagen que se reflejaba de sí mismo.

   Le habían dicho que se quedara escondido. Que descartara el arma. Que desapareciera hasta que los medios dejaran de hablar de Fabio y otro muerto ocupara el espacio en radios, televisión y diarios. Pero no podía tirar esa pistola que le había traído tanta suerte. Había decidido que esa sería su pistola, su compañera de aventuras, como tenían tantos villanos de las películas que había visto, buscando en cada uno de ellos una figura que le hiciera pensar que se trataba de su padre.


   Había pasado una semana del crimen y ya estaba aburrido en ese cuarto. Alguien le acercaba algo de comida, una muda de ropa para cambiarse, jabón y alguna que otra cosa. Estaba harto de ver la televisión, en cada canal de noticias aparecía el hermano del hombre al que había matado, exigiendo que buscaran al asesino, que lo encontraran a él. Reía a carcajadas cada vez que escuchaba eso, también cuando los jefes de la policía o los fiscales hablaban de los avances en la investigación. Si supieran que muchos de ellos eran socios en los delitos, que cobraban un porcentaje de los robos que cometían, que todo estaba tan podrido que si él hubiese salido a la calle a gritar a todos que había sido el asesino, nadie le habría prestado atención.


   Por primera vez en su vida se sentía fuerte y poderoso. Siempre había tenido que defenderse de otros chicos más agresivos. Su padre se había ido cuando su mamá estaba embarazada y aparecía cada tanto, venía unos días, en los que Kevin y sus hermanos se sentían felices y al poco tiempo desaparecía, dejando un nuevo hermano en camino y la incertidumbre de qué comerían al día siguiente.


   A medida que fue creciendo, supo a qué se dedicaba papá. Robos, asaltos, saqueos, las pocas veces que regresaba a su hogar, era porque había logrado un botín lo suficientemente grande como para comprar a los oficiales que olvidaban la búsqueda por algunos días y, cuando se acababa el dinero, debía irse para no ser atrapado. En uno de esos robos encontró a un grupo de policías que no se conformaban con nada. Todo lo que les ofrecía era  insuficiente. En realidad, lo que Antonio no entendía, era que ese grupo de agentes era incorruptible. Que se habían prometido a sí mismos cumplir con su deber, más allá de las tentaciones.


   Ahora era Kevin quien lideraría la banda. Tenía un muerto en su haber, al fin, y deberían respetarlo por ello. ¿Por qué debía quedarse encerrado, solo, habiendo tanto por hacer en las calles? ¿De qué le servía haber llevado a cabo su tarea sin problemas si igualmente estaba encerrado, preso en ese cuarto? ¿Qué diferencia había entre esa habitación y una celda en cualquier cárcel?

   Tomó el arma que había dejado sobre la mesa de luz, la guardó enganchada en su cinturón, se acomodó la remera, se puso un abrigo y abrió por primera vez la puerta que conducía a la libertad.

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