Roberto había logrado escapar de la justicia. Los
investigadores que el gobierno había puesto para seguir la ruta del
narcotráfico casi le habían pisado los talones, pero él se encontraba radicado
en Italia y gracias a su doble ciudadanía, apenas podían tocarlo.
Los largos
trámites de extradición diluyeron toda intención de llevarlo a declarar.
Además, era una persona mayor, con algunos problemas de salud que, sabiamente
exagerados, lograban postergar cualquier intento de sacarlo del país. Podía
burlarse tranquilamente de la justicia de los hombres, manipulable y corrupta,
ya que algunos se vendían por un poco de dinero y falseaban datos, que
desvirtuaban cualquier pista que condujera a él.
Había disfrutado de la vida. Con dinero había podido
comprar todo lo que se le antojara. No había persona que no tuviera precio.
Había doblegado voluntades. Nacido en una cuna humilde, había logrado poner el
mundo a sus pies.
Osvaldo había muerto tras pasar muchos años internado
en una clínica, inválido y mudo, como consecuencia de un disparo desviado. Era
un escollo en su camino que se había resuelto solo. Jamás hubiera sospechado
que silenciar a su sobrino sería tan sencillo. La vida le hacía muchos favores.
Aquélla mañana había despertado con ganas de recordar
sus tiempos viriles. Llamó a un prostíbulo que había inaugurado hacía poco
tiempo. Prometían chicas jóvenes y conocedoras de todos los placeres del sexo.
La encargada le había dado una tarjeta en una reunión a la que habían asistido,
acompañando a un empresario italiano al que le gustaba mostrarse con distintas
mujeres despampanantes. La mujer le había dicho que no se arrepentiría si
llamaba. Le dijo que conocería el cielo y el infierno con sus chicas.
Pidió a la chica más sexy y experimentada que
tuvieran. Se quedó en su habitación, esperando a la prostituta que le
devolviera por unos minutos su juventud.
Llegó una mujer vestida provocativamente. Era pequeña
de cuerpo, joven pero ya madura, le habían enviado exactamente lo que quería,
belleza y experiencia. La chica llevaba un antifaz puesto. Había un halo de
misterio en ella que lo provocaba terriblemente.
“Sacate eso de la cara.”
La chica hizo con un dedo que no. Sonreía, caminaba en
forma sensual. Se acercó a una mesilla en donde había bebidas. Miró a Roberto y
tomó una copa, invitándolo con un gesto a beber.
“Si, dale, servite un trago y traeme uno a mí.”
Ella mostraba su espalda mientras servía las bebidas.
Con paso seguro se dirigió hacia Roberto extendiendo uno de los vasos. Lo miró
fijamente y cuando el hombre quiso tomar el vaso ofrecido, lo retiró y lo
acercó a su boca. Con los labios marcó su maquillaje en el borde, sonriendo
traviesamente y colocó la parte manchada en la boca de Roberto, para que
bebiera de su mano.
Roberto aceptó el juego que la mujer le ofrecía. Era
extraña, no había pronunciado ni una sola palabra. Quizás era extranjera, como
tantas chicas que traían de otros países con la excusa de un trabajo o un
estudio y luego las obligaban a prostituirse.
Tuvo un recuerdo fugaz. Él había hecho eso con una de
sus sobrinas. La había convencido de viajar a Italia para que asistiera a una
escuela de arte y la vendió a un traficante de personas. Había pasado mucho
tiempo. Seguramente su sobrina habría muerto en algún tugurio.
Bebió el contenido del vaso que la joven le ofrecía.
Quiso abrazarla y ella lo alejó. El jueguito de rechazarlo lo excitaba más. La
chica se alejó de la cama y comenzó a quitarse sensualmente los zapatos.
Roberto quiso levantarse para poder tomarla, pero ella le señaló que no. Estaba
ansioso por demostrarse a sí mismo que aún era viril.
La chica caminaba por el cuarto. Se contoneaba, se
acercaba a una distancia prudencial, lo provocaba y luego se alejaba. Lo miraba
siempre sonriendo, siempre a través del antifaz.
De repente Roberto sintió una puntada en el pecho. El
aíre le estaba faltando. Quiso levantarse de la cama y se sintió mareado. La
chica lo miró.
“Llamá al servicio, que venga un médico.”
Ella se había quedado quieta.
“Puta barata, movete, hacé algo, serví de algo.”
Roberto intentó levantarse nuevamente y volvió a
trastabillar. Intentó acercarse al teléfono, pero la mujer fue más rápida que
él y se lo sacó.
“¿Qué haces, pelotuda? Dame eso, me estoy sintiendo
mal.”
Ella volvió a negar con el dedo. En ese momento
Roberto notó que tenía unos finos guantes de encaje en las manos.
“Dame el teléfono, imbécil, tengo que llamar al
doctor. ¡Albertino, Francesca!”
Llamaba a la servidumbre, alguien debía sacar a esa
estúpida mujer de su habitación y traerle un médico. Le estaba faltando el
aire. La prostituta habló por primera vez.
“No va a venir nadie. Estamos solos. Hoy es el día que
le das permiso para salir a tu personal.”
El tono de voz le resultó familiar.
“¿Cómo sabés eso?”
“Porque sé todo lo que pasa en esta casa.”
Roberto sentía cada vez más fuerte la puntada en el
pecho. Se le dificultaba respirar.
“Dame el teléfono, estúpida, no ves que me estoy sintiendo mal.”
La chica rió. Una carcajada fuerte y sonora. Una
carcajada que conocía, que le estremeció la memoria hasta lo más profundo. La
chica lo miró fijamente y se quitó el antifaz.
“¿No me reconocés, tío querido?”
Era Florencia. Convertida en una bellísima mujer. Le
dirigió una mirada dura.
“¿No me reconocés, viejo puto?”
Roberto volvió a sentir una puntada más fuerte esta
vez. Su sobrina Florencia estaba allí, dispuesta a cobrarle el destino que le
había marcado. Roberto intentó congraciarse con su ejecutora.
“Flo, sobrina, necesito que me des ese teléfono.”
Florencia se acercó a él, pero no tanto como para que
pudiera alcanzarla. Roberto estiró la mano para tomar el celular, pero ella
alejó su mano antes de que él lo tomara.
“Tío, pobrecito, te estás muriendo y no hay nadie
cerca que pueda ayudarte.”
“Vos no podés hacerme esto.”
“¿Que no puedo?
Jajajaja, viejo estúpido, pensás que me vas a dar lástima? Me engañaste,
me traicionaste, me hiciste vivir un infierno, me vendiste a quien se te cruzó
por delante como si fuera una cosa y me decís que no puedo hacerte esto? De tan hipócrita y basura me hacés reír!”
Florencia caminó por el cuarto, sin dejar de observar
a su tío.
“Te preguntarás cómo es que estoy acá, no? Jamás
podrías imaginarte que yo iba a venir. Deberías creer que estaría tirada en
algún cuarto miserable, siendo usada por vaya a saber cuántos enfermos, quizás
drogada, enferma o tal vez hasta muerta, no?”
Al hombre se le dificultaba cada vez más respirar.
Sentía cada vez más puntadas en el pecho y la presencia de ese fantasma de su
pasado lo ponía más nervioso y empeoraba más su situación.
“Vine a matarte, mirándote a los ojos, a decirte que
yo libero a mi familia de tu influencia. Que vos metiste a papá en un mundo de
mierda, si, lo supe. También supe que abusabas de Juliana, y que siempre
buscaste que el viento soplara a tu favor. Pero se te acabó la suerte, hasta
acá llegaste con tus manipulaciones, con tus mentiras, con tus traiciones.”
Sacó de entre sus ropas un frasco pequeñito.
“¿Sabés qué es esto?”
Como pudo Roberto negó con la cabeza.
“Viagra, si, viagra, un hombre como vos, de tu edad,
con tus problemas de salud, que quiere tener un rato de placer, llama a un
prostíbulo y pide una mujer a domicilio. Y para no fallarle, para sentirse
macho, viril, poderoso, se toma esta inocente pastillita azul. Pero que en un
viejo choto como vos es fatal.”
Florencia volvió a reír sonoramente. Una carcajada
fuerte, desde lo más profundo de su ser, retumbó en el cuarto. Había pensado
tantas veces ese momento, en que pudiera vengarse de todo el daño que ese
hombre le había hecho a su familia.
Ahora lo veía ahí, retorciéndose de dolor, intentando
respirar el poco aire que entraba a sus pulmones. Mirando como sus ojos le
imploraban piedad.
“Te vas a morir. Y te confieso que creía que iba a
sentir algo de culpa, porque matar no es bueno. Pero matar no es bueno para
alguien que está vivo…y vos me mataste el día que me vendiste, que me
entregaste a John Smith para que me tirara en un prostíbulo. Y cada vez que me
obligaban a tener sexo con un tipo, sentía ganas de matarte, pensaba en cómo
sería la mejor forma de que te mueras, de que pagaras mi dolor, de cobrarte la
vida que perdí.”
Roberto casi no escuchaba la voz de su sobrina. Poco a
poco sentía que se iba alejando, la veía borrosa, las puntadas en el pecho eran
cada vez más insoportables. La vida, ese bien que él había apreciado tanto, se
le escapaba de las manos y no había nadie para ayudarlo.
La mujer se puso los zapatos. Se acercó al cuerpo
gimiente de Roberto.
“Chau, querido tío, ojala ardas en el infierno.”
Roberto intentaba tomar aire a bocanadas, pero cada
vez sentía la garganta más cerrada, el dolor en el pecho se le hizo agudo
mientras miraba a su sobrina que se iba y cerraba la puerta detrás de ella.