Ella había sido un antes y
un después en su vida. Ella, a quien había menospreciado, a la que había
tratado como a uno más de sus objetos, era la única persona en el mundo que lo había
visto indefenso, solo y, a pesar de eso, se había quedado. Ella, la que nunca
le había dicho que no, la que siempre estaba dispuesta y la que nunca le exigió
nada.
No era una mujer
particularmente hermosa, ni tenía un cuerpo espectacular. A simple vista, era
común y corriente y pasaba desapercibida. Tenía la fortaleza del agua, que no
golpea, pero gota a gota horada la piedra y la transforma. Y, como el agua, su
enojo podía destruir todo a su paso. Como el agua, al retirarse, dejaba
devastación a su alrededor.
Era indomable. Pese a su
aparente docilidad, a su infinita ternura, a su paciencia inquebrantable, era
una mujer imposible de manejar a su antojo. Ella era la que lo ponía entre la
espada y la pared con preguntas exactas e incómodas, con pensamientos acertados
y conclusiones irrebatibles. Él no se había dado cuenta cómo ni en qué momento
le quitó todas las capas que lo envolvían, lo despojó de todas sus estrategias
y descubrió quién era. Y, a pesar de eso, se había quedado, sin esperar nada.
Hasta que un día la tormenta
sacudió el agua y ella se retiró. En silencio, como el oleaje del mar. Aunque el reflujo hizo su trabajo y le
sacudió cada fibra de su cuerpo como un latigazo hecho de furia y de verdad.
Era la única que podía decirle tantas barbaridades juntas y con quien él no
podía reaccionar.
Quizás porque ella no le
tenía miedo. Quizás porque ella no dependía de él. Tal vez porque ella había
tenido que aprender a vivir sin nadie que la maneje, que la provea de lo vital.
Seguramente porque ella había aprendido a estar sola. Y esa valentía era la que
él admiraba secretamente. Esa fuerza que él nunca hubiera llegado a tener para
ser libre. Esa frescura de no depender de nadie, ni siquiera de la mirada de
los otros y que para él resultaba tan hipnótica, tan imposible de evitar.
Cada tanto conseguía un
vehículo prestado y se escondía detrás de unos árboles cercanos a su casa y
esperaba a verla. Quería acercarse, pero sabía que el rechazo sería la única
respuesta. Y tenía miedo a ese rechazo. Había intentado arreglar las cosas con
Clide, pero cada noche era a ella a quien quería abrazar, a quien hubiera
deseado tener a su lado. Eran sus ojos los que hubiera querido ver al
despertar.
Jamás quiso reconocerse ni a
sí mismo qué sentía por esa mujer libre. Necesitaba autoconvencerse de que su
vida era al lado de su familia, de esa familia que no lograba sentir propia,
pero que tenía que mostrar al mundo para saberse fuerte y mejor que los demás.
Aunque todo fuera una mentira absoluta. Ella jamás le perdonaría la cobardía de
repetir la historia que acostumbraba hacer para manipular a su esposa.
Osvaldo encendió el coche,
retrocedió y se fue. Esa mujer, ese volcán, esa agua en calma, esa tormenta,
había provocado un terremoto en su vida. Ella había sido la única capaz de
hacerle armar las partes de sí mismo y ver la vida de otra manera. Ella había
representado el peligro de perderlo todo, de querer jugarse por un cambio, de
ser libre y mandar todo al diablo. De olvidarse de su tío, del negocio, de los
prejuicios, del qué dirán. Tuvo que destruirla para poder alejarse. Tuvo que
lastimarla para poder seguir en su camino. Pero nunca pudo olvidar el perfume
de su libertad.
Cuando Clide desapareció
sintió la enorme tentación de llamarla, de acercarse, de volver a buscarla.
Pero sabía que ella descubriría todo lo ocurrido y huiría espantada. Así como
él era oscuro y tenebroso, ella era clara y luminosa. Así como él era esclavo
de su vida, ella era libre de toda atadura.
Volvió a su casa, encendió
la televisión y sólo pudo llorar en silencio. Florencia lo vio. Lo abrazó
cariñosamente.
"¿Extrañás mucho a
mamá?"
"Si, hijita, no podés
imaginarte cuánto".
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