Clide
había nacido en una familia que profesaba la religión evangélica. Su abuela, su
madre, sus tías, ella, sus hermanos, todos desde pequeños habían convivido con
la biblia y, en la palabra de Dios, habían encontrado muchas veces consuelo y
explicación a innumerables problemas.
Osvaldo era católico, conoció a Clide en una de las tantas búsquedas espirituales que Corina, su madre, había realizado. Ninguno de los dos era fanático religioso, y las pequeñas diferencias podían zanjarse cómodamente. Tras algún tiempo de noviazgo, se casaron. Clide había quedado embarazada y, ante la familia, había que disimular la situación.
La vida no había sido fácil. Formar una familia, trabajar, comenzar desde cero. Las dificultades fueron sacando a la luz la parte más oscura de la personalidad de Osvaldo. Poco a poco fue convirtiéndose en un hombre seco, serio, hosco, en algunos momentos hasta antipático.
El
tío Roberto había sido de gran ayuda cuando estuvieron a punto de perder la
casa. Habían comprado una propiedad y habían terminado de pagarla, sólo faltaba
el trámite de escrituración y ya sería de ellos. Sin embargo, al querer
realizarlo, se encontraron con que la propiedad estaba inhibida por un embargo
realizado por una financiera con quien el propietario anterior tenía una deuda,
y en donde había puesto esa propiedad como garantía. Una carta documento les informaba
que tenían 30 días para pagar la deuda o serían desalojados del inmueble por la
fuerza pública.
Habían tenido dos hijas, eran pequeñas y Clide estaba embarazada por tercera vez. No podían perder su hogar, con todo el esfuerzo que habían tenido que realizar para obtenerla. ¿A dónde irían con las chiquitas? Pronto nacería el nuevo bebé y Osvaldo debía mover cielo y tierra para conseguir ese dinero, sin embargo, nadie estaba dispuesto a prestarle semejante suma de dinero a un muchacho que recién comenzaba en un pequeño comercio, en el cuál aún no tenía un balance de cuánto podría facturar mensualmente.
Desesperado,
acudió al querido tío Roberto. No había ido antes porque sentía que sería
abusar de su confianza. Pero él era la única alternativa que tenía. Roberto lo
escuchó silenciosamente, abrió un cajón, preguntó cuánto era lo que debía pagar
y firmó el cheque.
“Me
lo pagas cuando puedas”, fue la frase que le dijo mientras le entregaba el papel
milagroso con el que Osvaldo podría pagar esa deuda que no era suya, pero con
la cual podría conservar su hogar.
A medida que pasaba el tiempo, Osvaldo se volvió un tipo duro, cerrado. Los pequeños logros lo volvieron soberbio y arrogante hacia quienes tenían menos que él. Sólo admiraba a Roberto, su salvavidas en momentos difíciles.
Ante
Clide y ante todos, Osvaldo quería demostrar que era un hombre capaz de
sostener a su familia, de darle comodidades, de pagarles vacaciones, ropa,
gustos. Quería que su familia tuviera todo lo que a él le faltó en su infancia y
adolescencia, lo que Feliciano, su padre, según su visión, le había negado por
capricho.
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