Capítulo 8



   Fabio recibió una llamada en su teléfono. Una voz desconocida le advirtió que se dejara de joder, que iba a arrepentirse. Cortó, volvió a su sonrisa eterna, y olvidó el mensaje. Desde que colaboraba con el comedor que pertenecía a la congregación evangélica en la que profesaba, había recibido varios llamados de esos. No les daba importancia.


    Eran los “dealers” que perdían clientes…porque él recuperaba a los chicos para la fe y principalmente para sí mismos. Le gustaba sentarse a charlar con esos pibes, capullos en formación, de eso que él tardó tanto en encontrar. Quería que pudieran hallar el camino antes, sin tantas piedras, sin tantos golpes. Si uno simplificaba la vida, la vida era simple con uno.


    Acomodó unos cajones en su negocio. Atendió a sus clientes con la misma sonrisa abierta y con los chistes habituales. No pensaba en la paliza que le habían dado a su hijo un par de semanas antes, en un intento de robo. Dios tenía otros planes para él y no era que fuera un cobarde.


    En la granja había un pibe. Uno en especial. Tenía la mirada dura, pero era tan chiquito! Le había llamado mucho la atención que se aproximaba al grupo en el campito, se quedaba escuchando y no hablaba. Hacía algún tiempo que no lo veía. Decían que se había mandado una macana y como ya tenía 16 años, lo habían derivado al Centro de Contención de Menores. Había sentido pena, y pensó en qué bueno hubiera sido si hubiese tenido más tiempo para acercarse a él y hablarle de Dios.

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