Había que deshacerse del chico. Como fuera. Sin dejar
huellas. Cubriendo todo rastro. Se trataba de un criminal y la justicia no iba
a dedicarse a investigar mucho las causas de su muerte. Se pondría como
carátula ajuste de cuentas, muerte dudosa y se llegaría a la conclusión de que
la naturaleza si había encargado de una lacra para la sociedad. “Uno menos”
dirían los ciudadanos comunes, hartos de los jóvenes delincuentes que entraban y
salían de las oficinas de tribunales, simplemente porque eran menores y la ley
decía que no se les podía imputar ni siquiera una muerte.
El asunto se resolvería fácil. Kevin sería llevado
hasta ese lugar alejado, en donde nadie escucharía nada. Ni Antonio movería un
dedo por el chico, ya que estaba en juego su propia vida y su libertad. Además,
Antonio jamás se había interesado por sus hijos. Sólo le interesaba la plata,
ir a los bares a tirar lo que se ganaba transportando droga o robando camiones
en las rutas. Comprarse autos nuevos, lucirse con mujeres. Tenía otros hijos
para superar la tristeza que la muerte de Kevin podría llegar a provocarle.
Traerían al chico, que estaría desorientado y lo
harían correr como si fuera un animalito salvaje. Osvaldo sería el encargado de
matarlo. Se había encargado de hacerle ver que era justicia divina. Kevin había
asesinado a su hermano y era justo que Osvaldo se vengara matándolo. Era muy
bueno saber usar la religión en algunas oportunidades.
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