Capítulo 37



   Nunca hubiera pensado que Fabio era inocente. Su hermano, su confidente, su mejor amigo, jamás había intentado abusar a su hija, al contrario, había sido el único que se percató de lo que le estaba pasando y el primero en saber el horror por el que la chica había pasado. Fabio había sido el que se enfrentó a Roberto, increpándole su baja actitud con una criatura indefensa.


   Y él, tan ciego, tan soberbio, había creído las palabras de su tío sin una sola duda, sin sospechar nada. Nunca había visto el tremendo cambio de su hija, el dolor en sus ojos. Ni él ni Clide se habían dado cuenta de qué le estaba pasando, tan metidos en sus respectivas cosas estaban, tan egoístas, tan individualistas, obsesionados y empecinados en convencer al otro de algo que ninguno estaba dispuesto a ceder.


   Fue una mañana, después de que Roberto se fuera a Italia, en donde todo su universo comenzó a caerse a su alrededor. La predicción de que el gobierno no iba a profundizar su investigación sobre los proveedores de drogas no se cumplió, al contrario, cada semana caía algún pez gordo y toda su estructura económica era secuestrada y mostrada ante la población en sendos operativos.


   Esa mañana, al llegar al mercado, vio unos patrulleros de la policía federal en el mercado. Camiones hidrantes, oficiales de las brigadas especiales, perros. Decidió retroceder y volver al negocio. Era muy temprano y aún no había llegado Ramiro, su empleado. Le envió un mensaje de whatsapp.


"Rama, hoy no vengas, tomate el día, perdoná que te avise de esta forma, pero surgió algo importante y no voy a abrir el negocio. Después te explico bien. Cualquier cosa te aviso a la noche."

   Encendió un cigarrillo. Fue hasta la bodega y observó. Quería cerciorarse de que no había ningún paquete dentro que lo involucrara. Tomó un bidón de lavandina y directamente lo echó en el piso. Con un haragán y un trapo se puso a limpiar todo lo que pudo, quería borrar cualquier rastro de droga que los perros pudieran oler. Nadie lo había visto, ya que a esa hora había muy poco movimiento por la calle. Decidió ir a su casa. Dejó un cartel en la puerta en el que decía que por un problema ese día permanecería cerrado.

   Necesitaba pensar. Sentía que en cualquier momento las fuerzas policiales podrían caer sobre él. Tenía miedo por sus hijas. Tenía miedo de que descubrieran que él había sido el responsable de la muerte de Clide y de que le dieran la espalda.

   Regresó a su casa pensando en los paquetes que había dejado escondidos debajo de su cama y que aún permanecían allí. Tenía que deshacerse de ellos en forma urgente.

   Al subir a su cuarto encontró a Juliana dentro de su dormitorio con los paquetes sobre la cama.

"¿Qué es esto, papá?"

"Dejalos ahí y no te metas en lo que no te importa".

"¡Es droga!"

   Osvaldo se acercó para tomar los paquetes y Juliana los sostuvo con suficiente fuerza como para romper el envoltorio. Toda la habitación fue invadida por un polvo blanco.

"Papá, vos sos un narco hijo de puta!"

   Osvaldo veía la droga a su alrededor. Miraba a su hija sin saber qué decirle. Veía que ella se había convertido en algo que desconocía. Su carácter, su violencia, su mirada no eran las de la nena que se sentaba en su falda y jugaba con su cadena de plata en la que llevaba un crucifijo bastante grande, regalo que Roberto le había traído de Italia. 

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