Nunca hubiera pensado que Fabio era inocente. Su
hermano, su confidente, su mejor amigo, jamás había intentado abusar a su hija,
al contrario, había sido el único que se percató de lo que le estaba pasando y
el primero en saber el horror por el que la chica había pasado. Fabio había
sido el que se enfrentó a Roberto, increpándole su baja actitud con una
criatura indefensa.
Y él, tan ciego, tan soberbio, había creído las
palabras de su tío sin una sola duda, sin sospechar nada. Nunca había visto el
tremendo cambio de su hija, el dolor en sus ojos. Ni él ni Clide se habían dado
cuenta de qué le estaba pasando, tan metidos en sus respectivas cosas estaban,
tan egoístas, tan individualistas, obsesionados y empecinados en convencer al
otro de algo que ninguno estaba dispuesto a ceder.
Fue una mañana, después de que Roberto se fuera a
Italia, en donde todo su universo comenzó a caerse a su alrededor. La
predicción de que el gobierno no iba a profundizar su investigación sobre los
proveedores de drogas no se cumplió, al contrario, cada semana caía algún pez
gordo y toda su estructura económica era secuestrada y mostrada ante la
población en sendos operativos.
Esa mañana, al llegar al mercado, vio unos patrulleros
de la policía federal en el mercado. Camiones hidrantes, oficiales de las
brigadas especiales, perros. Decidió retroceder y volver al negocio. Era muy
temprano y aún no había llegado Ramiro, su empleado. Le envió un mensaje de
whatsapp.
"Rama, hoy no
vengas, tomate el día, perdoná que te avise de esta forma, pero surgió algo
importante y no voy a abrir el negocio. Después te explico bien. Cualquier cosa
te aviso a la noche."
Encendió un cigarrillo. Fue hasta la bodega y observó.
Quería cerciorarse de que no había ningún paquete dentro que lo involucrara.
Tomó un bidón de lavandina y directamente lo echó en el piso. Con un haragán y
un trapo se puso a limpiar todo lo que pudo, quería borrar cualquier rastro de droga
que los perros pudieran oler. Nadie lo había visto, ya que a esa hora había muy
poco movimiento por la calle. Decidió ir a su casa. Dejó un cartel en la puerta
en el que decía que por un problema ese día permanecería cerrado.
Necesitaba pensar. Sentía que en cualquier momento las
fuerzas policiales podrían caer sobre él. Tenía miedo por sus hijas. Tenía
miedo de que descubrieran que él había sido el responsable de la muerte de
Clide y de que le dieran la espalda.
Regresó a su casa pensando en los paquetes que había
dejado escondidos debajo de su cama y que aún permanecían allí. Tenía que
deshacerse de ellos en forma urgente.
Al subir a su cuarto encontró a Juliana dentro de su
dormitorio con los paquetes sobre la cama.
"¿Qué es esto, papá?"
"Dejalos ahí y no te metas en lo que no te
importa".
"¡Es droga!"
Osvaldo se acercó para tomar los paquetes y Juliana
los sostuvo con suficiente fuerza como para romper el envoltorio. Toda la
habitación fue invadida por un polvo blanco.
"Papá, vos sos un narco hijo de puta!"
Osvaldo veía la droga a su alrededor. Miraba a su hija
sin saber qué decirle. Veía que ella se había convertido en algo que
desconocía. Su carácter, su violencia, su mirada no eran las de la nena que se
sentaba en su falda y jugaba con su cadena de plata en la que llevaba un
crucifijo bastante grande, regalo que Roberto le había traído de Italia.
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