Clide
estaba dividida entre su fe y su marido. Tenía una férrea creencia en que su
dios la protegía de todo mal y amaba a su esposo, quizás más por la costumbre
que por verdadero afecto. Hacía más de veinte años que estaban casados, más los
años de novios. Había sido el único hombre en su vida, siempre había dependido
de él, aunque había trabajado a la par suya en todo lo que había podido. No
había escatimado esfuerzos. Pero era su obligación de esposa y de madre entregarse
y dar lo mejor de sí, por más que nadie lo reconociera.
Para Osvaldo el único que trabajaba era él. Nadie se esforzaba, nadie servía. El único que se sacrificaba, que hacía todo bien, que era útil, era él. Su frase favorita era “estoy rodeado de inútiles e inservibles”, ya sea para hablar de su familia o de sus empleados. Le molestaba profundamente que su esposa asistiese al templo, más que la impulsaban a terminar sus estudios, a superarse. Y él se sentía en desventaja, ya que desde pequeño tuvo que trabajar y la oportunidad de prepararse la dejó pasar de largo. Le gustaba el dinero. Eligió obtener poder y estabilidad económica.
Tras una crisis matrimonial y para apaciguar un poco el ánimo de su marido, Clide redujo sus visitas a la iglesia a la que asistía. Seguía leyendo, buscando horarios para ir a cursos, conversaba con otras creyentes, a veces iba a alguna reunión de mujeres, siempre tratando de que su marido no se enterase o minimizando el tiempo y la importancia que le daba.
Una tarde Osvaldo le propuso viajar juntos. El tío Roberto le había comentado de un campo para cazar y a él le había encantado la idea de ir. Podría ir con Clide, ya que siempre se quejaba de que no iban juntos a ningún lugar. Era una casa antigua grande, con poco personal, y el amigo de Roberto les dejaba la llave para que se manejasen como mejor les pareciera. A ella no le gustaba ni un poco que su marido fuera a matar animales inútilmente.
Aceptó, pensando en que esos días podrían afianzar su matrimonio. Armó su equipaje, dejó algunas cosas preparadas y se aprestó a disfrutar de una casa de campo con su esposo. Juliana estaba algo más calmada, tenía su medicación y Osvaldo insistía en que no había que ahogarla y tenían que dejarla que sintiera que le tenían confianza.
Al llegar, se encontraron con una enorme construcción, antigua, pero acogedora. Las habitaciones tenían grandes ventanales por donde ingresaba la luz del sol en todo momento. Iban a ser unos hermosos días de paz y amor…
Osvaldo se iba apenas amanecía y volvía casi entrada la noche. Se daba una ducha, comían juntos y se acostaba, muerto de cansancio por las largas caminatas que hacía para atrapar sus presas. Conejos, liebres, armadillos, se acumulaban en la cocina para que la mujer del casero las preparase en escabeche y ellos se las pudiesen llevar a su casa. La “luna de miel” no era como Clide se la había imaginado. Se pasaba el día sola, sin nada para hacer. Afortunadamente se había llevado una biblia escondida entre sus ropas, y reflexionaba sobre los distintos versículos.
La tarde del anteúltimo día, Osvaldo llegó más temprano. Los caseros se habían ido a un pueblo cercano a visitar a unos familiares, por lo que no volverían hasta el domingo por la noche. Clide escuchó la voz de su marido hablando por el teléfono fijo. La conversación la dejó helada. Osvaldo había dado la orden de matar a Fabio. No podía comprender el por qué. Osvaldo de repente hablaba entre dientes y apenas se le entendía. Pero si una cosa había quedado bien clara, el responsable de la muerte de su cuñado era su marido.
Horrorizada, intentó volver al cuarto. Se atropelló algo y cayó un objeto de una mesita. Osvaldo advirtió el ruido. Cortó la comunicación y fue hasta donde estaba ella. Clide corría hacia el dormitorio, lloraba incrédula, nerviosa, azorada, impotente. En la puerta de la habitación, Osvaldo la alcanzó y la tomó de los brazos.
“¿Qué
escuchaste?”
Ella
lo miró espantada.
“Vos…vos
mandaste matar a Fabio!”.
“Si,
pero fue por una razón”.
“¿Qué
razón podías tener para asesinar a tu propio hermano?”.
Osvaldo
la miró enfurecido.
“Vos lo querías mucho, pero parece que nunca te diste cuenta de que era un hijo de puta!”.
“¿Qué?
Fabio era un buen hombre, trabajador, buen padre”…
”Fabio
era un hijo de puta, le rugió, ¿o acaso te acostabas con él para defenderlo
tanto?”
“Sos
un asesino, le gritó ella, sos un animal, no tenés alma ni corazón, ¿cómo es
que pudiste matar a tu propio hermano?”
Osvaldo
levantó la mano y le dio un cachetazo a Clide. Ella cayó tras el golpe, su
cabeza dio contra el borde de un mueble.
“Tu
querido cuñado abusaba de tu hija y vos con la estupidez del templo ni te dabas
cuenta, imbécil”.
Clide
permanecía inmóvil.
“En
lugar de cuidar a tus hijas, vos te ibas a hacer no sé qué, a perder el tiempo,
mientras yo tenía que trabajar como un burro, para levantar una casa, mantener
una familia, vos te rascabas, te ibas a ver al pastor, de reunión en reunión,
paveando y hablando estupideces”.
Clide seguía inmóvil. Los ojos abiertos y fijos en un punto lejano. Osvaldo se acercó al lugar en donde ella había caído y la movió con un pie.
“Clide”.
Ella
no respondió. Se inclinó sobre el cuerpo de su esposa. No respiraba.
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