Osvaldo no lograba
comunicarse con Roberto. Estaba preocupado por los acontecimientos recientes y
necesitaba hablar con su tío para tranquilizarse. Pero Roberto tenía el
teléfono apagado. No había ido a la empresa, no respondía las llamadas, había
desaparecido de los lugares comunes.
En la bodega del negocio
había mercadería para ser transportada a la planta de pescado. Sin embargo, la orden
del tío no llegaba y Osvaldo tenía temor de que alguien llegara con alguna
orden de allanamiento a su local. No sabía qué hacer con esos paquetes, se
sentía desorientado.
Decidió darle la tarde libre
a Ramiro, su empleado, y quedarse solo en el negocio. Así sería mucho más fácil
tomar una decisión. Abrió a la hora habitual, atendió a unos clientes, charló.
Intentaba estar tranquilo, ser invisible, como siempre le decía el tío Roberto.
Cuando tuvo un momento de soledad, trasladó en un cajón los paquetes a la
cabina de su camioneta. Lo dejó en el piso del asiento trasero, tapándolo con
una campera que llevaba siempre por precaución.
Nadie sabía qué era lo que
llevaba. Siempre iba y venía con los cajones, a veces porque transportaba
pedidos a algunos clientes, a veces porque llevaba mercadería para su casa.
Todo salía sin sobresaltos.
Al caer la noche, cerró su
local. Muy pocas personas caminaban por la calle. Subió a la camioneta y
encendió el motor. Miró hacia atrás y levantó un poco la campera para verificar
que el cajón y su contenido seguían allí.
Fue hacia su casa. Las
chicas aún no habían llegado. Bajó el cajón y lo llevó a su habitación. Lo
escondió debajo de la cama. Luego vería de encontrarle otro lugar más seguro.
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