Capítulo 34



   Osvaldo no lograba comunicarse con Roberto. Estaba preocupado por los acontecimientos recientes y necesitaba hablar con su tío para tranquilizarse. Pero Roberto tenía el teléfono apagado. No había ido a la empresa, no respondía las llamadas, había desaparecido de los lugares comunes.


   En la bodega del negocio había mercadería para ser transportada a la planta de pescado. Sin embargo, la orden del tío no llegaba y Osvaldo tenía temor de que alguien llegara con alguna orden de allanamiento a su local. No sabía qué hacer con esos paquetes, se sentía desorientado.


   Decidió darle la tarde libre a Ramiro, su empleado, y quedarse solo en el negocio. Así sería mucho más fácil tomar una decisión. Abrió a la hora habitual, atendió a unos clientes, charló. Intentaba estar tranquilo, ser invisible, como siempre le decía el tío Roberto. Cuando tuvo un momento de soledad, trasladó en un cajón los paquetes a la cabina de su camioneta. Lo dejó en el piso del asiento trasero, tapándolo con una campera que llevaba siempre por precaución.


   Nadie sabía qué era lo que llevaba. Siempre iba y venía con los cajones, a veces porque transportaba pedidos a algunos clientes, a veces porque llevaba mercadería para su casa. Todo salía sin sobresaltos.


   Al caer la noche, cerró su local. Muy pocas personas caminaban por la calle. Subió a la camioneta y encendió el motor. Miró hacia atrás y levantó un poco la campera para verificar que el cajón y su contenido seguían allí.


   Fue hacia su casa. Las chicas aún no habían llegado. Bajó el cajón y lo llevó a su habitación. Lo escondió debajo de la cama. Luego vería de encontrarle otro lugar más seguro.

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