Durante
el funeral, Osvaldo mantuvo una actitud calmada. Había tomado las riendas de
todo el caso, desde decidir en donde velar el cuerpo, el modelo del cajón, el
cementerio a donde llevarían el cuerpo. Era Osvaldo quien había hablado con los
medios, tratado con los fiscales, con los comisarios. Él mismo había dejado
bien en claro que nadie más de la familia dijera nada, para no exponerse. Él,
en nombre de su hermano, sería quien se pondría sobre sus hombros la pesada
mochila de representar a sus sobrinos y a sus padres ante todos, para buscar
justicia.
Mostraba
su rostro dolido, la voz quebrada, cada tanto salía de la casa fúnebre a fumar
un cigarro y calmarse un poco. Necesitaba algún momento de tranquilidad, ya que
mostrarse fuerte ante los demás le representaba un esfuerzo sobrehumano. En
esos momentos de soledad, recordaba aquélla conversación con su tío Roberto,
que se encontraba de viaje por Europa, en la que le reveló la verdad sobre su
hermano.
““Sobrino, tu hija
fue ultrajada, y vos sabés que en estos casos a las chicas nadie les cree,
menos cuando Fabio tiene fama de santurrón, con toda esa perorata del templo,
que se la pasa hablando de Dios, del bien…y esos son los peores. ¿Qué querés,
tenerlo en tu casa y que se te burle? ¿Qué toda la familia diga que Juliana es
una mentirosa, que está loca? El cambio del carácter puede dar lugar a que
digan que toma o consume algo, que miente porque necesita ser el centro de
atención, que busca dividir a la familia, que está enferma... ¿para qué exponer
a la pobre criatura? ¿Lo vas a denunciar? ¿Y vas a exponer a tu hija a
exámenes, visitas con psicólogos, psiquiatras, revivir todo esos momentos
horribles? No, es mejor que esto quede ahí y que ella olvide todo!””
Fabio
había ultrajado a su hija menor. La había manoseado casi en su propia nariz y
él jamás se había dado cuenta de nada. Le había pedido favores, lo había
llevado en su camioneta cada vez que le pedía, ya que Fabio había vendido la
suya y estaba a la espera de que le entregaran la nueva. Cuando el banco no le
acreditaba los pagos de las tarjetas, le pedía dinero prestado para cubrir sus
deudas en el mercado y luego se lo había devuelto con creces.
Era
el hermano con quien mejor se llevaba, con el que más cosas habían compartido.
Le dolía en el alma haber tenido que ordenar su asesinato, pero no podía permitir
que se burlara de él ante todos. Prefería verlo muerto. Dentro de la sala, sus
hijas lloraban desconsoladamente al lado del cajón de Fabio.
No
permitió que Juliana asistiera. La convenció de que se quedara junto con Melina,
con el pretexto de que la pequeña ya había sufrido demasiado y no era
conveniente que estuviera durante los funerales. Su venganza hacia el daño que
Fabio le había provocado a su familia fue mostrarle a la niña el cuerpo sin
vida de su padre, aún dentro de la camioneta, bajo el pretexto de que ella
debía saber que él había fallecido, que era mejor eso a pintarle una mentira
piadosa.
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