Capítulo 35



   Roberto acomodó sus últimas cosas en la valija. Tenía que aprovechar que aún no estaban investigándolo para salir del país y acomodarse en su Italia natal. Si lograban descubrir sus actividades, pedir una orden de detención internacional y traerlo a juicio iba a demorar muchísimo tiempo. Bendita burocracia que en cuestiones legales caminaba para atrás!


   No podía darse el lujo de dejar cabos sueltos. La planta pesquera iba a ser cerrada por vacaciones, y el personal cobraría un último sueldo antes de que todo estallara por los aires y eso ocurriría cuando él estuviera muy lejos. El piso del centro lo había dejado para vender en una inmobiliaria, y la casona de las sierras por medio de otra. Tenía que ver cómo solucionaba a su sobrino, ya que era un tema muy espinoso.


   Decidió ir a verlo a su casa en el horario que tenía el negocio cerrado. Esperaba que no se hubiera ido a ningún mayorista, ni que estuviera profundamente dormido. Halló la reja de entrada entreabierta. La perra, al reconocerlo, salió a su encuentro moviendo la cola y sin ladrar. Le acarició la cabeza y caminó hacia la puerta. Tocó el timbre y esperó. La voz de una de las chicas fue la que respondió a su llamado. Era Juliana. Ante la demora a su requerimiento, dijo en un tono de voz muy poco amable:


"Abrime que vengo a ver a tu padre".

"Mi papá no está, no se da cuenta de que no está la camioneta?"

"La pudo llevar al taller, no soy adivino, abrime, que lo espero adentro... ¿o vas a ser tan maleducada que me vas a dejar esperando afuera?"

   Juliana no quería abrirle. Quería que se fuera y no volviera nunca. Tenía pánico de ese hombre y más estando ella sola en casa.

"No sé si mi viejo va a venir, llámelo, encuéntrense en otro lado".

"Mirá que me resultaste ordinaria, pendeja de mierda, abrime la puerta que no tengo ni tiempo ni ganas para estupideces".


   Ella apenas abrió, dejando la cadena puesta. Roberto se sorprendió del aspecto de la joven. Tenía un extraño piercing en la nariz y otro en un labio, y se había teñido el cabello de varios colores, que ahora lucía opaco y desgastado, lo que le daba un aspecto bastante deslucido. Había engordado, y tenía puesta una remera sucia y algo rota.


"¿Qué parte de que mi papá no está no entendés, viejo hijo de puta?"


   La agresividad de Juliana lo sorprendió. Ya no era la gatita tierna que le tenía miedo. Esta Juliana era un ser oscuro y agresivo.


"Tranquila, putita, que si quiero te puedo hacer reventar".


"No me caben dudas, sos un reverendo hijo de mil putas, ojalá te mueras y te pudras en el infierno".

"Jajajaja...el infierno, eso te enseñó tu mamá?  El infierno es algo que puedo hacerte conocer si te hacés mucho la guapa conmigo"...


   El sonido de un motor los interrumpió. Era la camioneta de Osvaldo, quien recién llegaba. Roberto cambió rápidamente su gesto, con una amplia sonrisa hacia su sobrino y Juliana arrimó discretamente la puerta, quitó la cadena de la traba y abrió para que su padre ingresara.


"Al fin, tío, te estuve llamando y no conseguí comunicarme con vos".

"Es que perdí el celular, y no podía avisarle a todos, además...no sabés que alivio es que ese aparatito no esté sonando a cada rato! jajaja, creo que no voy a tener otro teléfono celular nunca más", contestó Roberto simulando estar risueño.


   Entraron juntos a la casa. Roberto se sentó en uno de los sillones del living y Osvaldo se puso a hacer un café. Juliana le preguntó si necesitaba algo.


"No, hijita, si querés andá a tu cuarto que yo tengo que hablar algo privado con el tío".


   La joven se dirigió a la escalera y Roberto le dijo:


"¿Cómo, no hay un besito para el tío Roberto?"


   Ella lo miró con todo su odio acumulado. Bajó lentamente, se acercó al rostro del hombre y en voz muy baja, le dijo:


"Sos un viejo gordo, puto y asqueroso, que te merecés que te caguen bien a palos y después te corten en  pedacitos...pero vivo"


   Mientras ella volvía a la escalera para retirarse, Roberto le dijo alegremente:


"Yo también te quiero mucho, sobrinita"


   Ella, sabiendo que su padre no podía verla, le hizo un gesto con su dedo mayor desde la escalera y subió para no ver más la cara de ese hombre por el que sentía tanto asco.


   Osvaldo fue con dos tazas de café hacia el saloncito y se sentó en el otro sillón. Tenía cara de preocupación.


"Tío, estos días la pasé muy mal, no sabía qué hacer".

"Shhh, vos nada, seguí como siempre, nadie sospecha de vos, mucho menos de tu participación en el negocio".

"No es tan así, en el mercado saben..."

"Y si a ellos tampoco les conviene que se sepa, hombre! ¿O vos pensás que van a ir a hablar así porque sí? Pero no, mientras menos se hable del asunto, más desapercibidos van a pasar todos!"


    Osvaldo bebió su café. Miraba al tío sorprendido de verlo tan tranquilo y risueño.


"Si alguno es indagado, si alguno es allanado, caigo yo..."


   Roberto sabía hacia a donde iba a parar la conversación. Su sobrino comenzaba a verse entre la espada y la pared. Sabía que la posibilidad de que alguna investigación llegara a sus contactos en el mercado era grande y necesitaba que nada quedara librado al azar antes de irse.


"Mirá, esto fue un poco de ruido para mostrar que están haciendo algo serio por el tema del narcotráfico. Como a todos los políticos, les importa todo muy poco, solo hacer circo para los votantes, porque tienen a mucha gente en contra, ¿en serio pensás que van a ir más allá? Pibe, recordá que estoy en esto hace mucho más que vos, que vi pasar muchos gobiernos y ninguno hizo nada serio para terminar con el negocio, porque la realidad es que hay mucha gente metida y que cobra su cuotita para que todo siga funcionando como hasta ahora".


   Osvaldo lo miraba sin creerle mucho. Conocía al propietario de una de las agencias que habían allanado. En algo tenía razón su tío, nunca se había imaginado que esa persona, pariente de su esposa, con una vida sencilla, estaba en el negocio de la venta de drogas. 


"Quedate tranquilo, no va a pasar nada más, todo va a quedar en esto, ya te digo, es pura pompa para la gilada".


    Roberto se daba cuenta de que no sería tan fácil de convencer a su sobrino de que nada pasaría. Menos cuando le dijera que se iría a Italia y que no sabía cuándo volvería. Tenía que ser muy inteligente para informarle de la noticia y que las cosas no se fueran de madre.


"Mirá, hace unos días Germán me llamó y me dijo que tiene que operarse de la vejiga, que el médico le dijo que esta vez no zafa y si no se opera, la próxima vez que tenga un ataque, puede no contarla".


   Osvaldo lo miró sorprendido. Su primo Germán vivía en Italia desde hacía varios años, y si llamó a su padre...significaba que Roberto debería viajar a ese país...justo en este momento.


"¿Vas a viajar?", le preguntó secamente.

"Lo estoy evaluando, allá también tengo negocios y no sé cuánto puede aguantar Germán en esa situación".


   Osvaldo encendió un cigarrillo. Comprendía lo que su tío le estaba diciendo, pero pensaba que el momento en que todo esto estaba sucediendo no era el mejor para realizar semejante viaje.


"¿Y cómo queda todo, lo del negocio?"

"Por ahora vamos a quedarnos quietos, yo voy a dar vacaciones en la planta, viajo, vos seguí haciendo tu vida como hasta ahora, que todo esto se calme un poco y cuando vuelva seguramente esta situación va a estar olvidada y nosotros podremos seguir trabajando normalmente".


   Osvaldo no comprendía como su tío veía todo de una forma tan tranquila. Admiraba cómo nada lo perturbaba.

"Tengo unos paquetes que quedaron en la verdulería, del último cargamento".

"Escondelos, no los muevas, olvidate de que los tenés. Cuando todo esto se calme, los sacás a la calle, los vendés, si llego antes de lo que pienso que puede demorar la recuperación de Germán, los mandamos para Europa. No te preocupes, que todo va a estar bien".


   Hasta ahora todo había salido bien. Osvaldo necesitaba disipar sus dudas. Lo mejor sería hacerle caso al tío Roberto y olvidar todo por un tiempo hasta que nadie se ocupara más del tema.

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