Roberto acomodó sus últimas cosas en la valija. Tenía
que aprovechar que aún no estaban investigándolo para salir del país y
acomodarse en su Italia natal. Si lograban descubrir sus actividades, pedir una
orden de detención internacional y traerlo a juicio iba a demorar muchísimo
tiempo. Bendita burocracia que en cuestiones legales caminaba para atrás!
No podía darse el lujo de dejar cabos sueltos. La
planta pesquera iba a ser cerrada por vacaciones, y el personal cobraría un
último sueldo antes de que todo estallara por los aires y eso ocurriría cuando
él estuviera muy lejos. El piso del centro lo había dejado para vender en una
inmobiliaria, y la casona de las sierras por medio de otra. Tenía que ver cómo
solucionaba a su sobrino, ya que era un tema muy espinoso.
Decidió ir a verlo a su casa en el horario que tenía
el negocio cerrado. Esperaba que no se hubiera ido a ningún mayorista, ni que
estuviera profundamente dormido. Halló la reja de entrada entreabierta. La
perra, al reconocerlo, salió a su encuentro moviendo la cola y sin ladrar. Le
acarició la cabeza y caminó hacia la puerta. Tocó el timbre y esperó. La voz de
una de las chicas fue la que respondió a su llamado. Era Juliana. Ante la
demora a su requerimiento, dijo en un tono de voz muy poco amable:
"Abrime que vengo a ver a tu padre".
"Mi papá no está, no se da cuenta de que no está
la camioneta?"
"La pudo llevar al taller, no soy adivino,
abrime, que lo espero adentro... ¿o vas a ser tan maleducada que me vas a dejar
esperando afuera?"
Juliana no quería abrirle. Quería que se fuera y no
volviera nunca. Tenía pánico de ese hombre y más estando ella sola en casa.
"No sé si mi viejo va a venir, llámelo, encuéntrense
en otro lado".
"Mirá que me resultaste ordinaria, pendeja de
mierda, abrime la puerta que no tengo ni tiempo ni ganas para
estupideces".
Ella apenas abrió, dejando la cadena puesta. Roberto
se sorprendió del aspecto de la joven. Tenía un extraño piercing en la nariz y
otro en un labio, y se había teñido el cabello de varios colores, que ahora
lucía opaco y desgastado, lo que le daba un aspecto bastante deslucido. Había
engordado, y tenía puesta una remera sucia y algo rota.
"¿Qué parte de que mi papá no está no entendés,
viejo hijo de puta?"
La agresividad de Juliana lo sorprendió. Ya no era la
gatita tierna que le tenía miedo. Esta Juliana era un ser oscuro y agresivo.
"Tranquila, putita, que si quiero te puedo hacer
reventar".
"No me caben dudas, sos un reverendo hijo de mil
putas, ojalá te mueras y te pudras en el infierno".
"Jajajaja...el infierno, eso te enseñó tu mamá? El infierno es algo que puedo hacerte conocer
si te hacés mucho la guapa conmigo"...
El sonido de un motor los interrumpió. Era la
camioneta de Osvaldo, quien recién llegaba. Roberto cambió rápidamente su
gesto, con una amplia sonrisa hacia su sobrino y Juliana arrimó discretamente
la puerta, quitó la cadena de la traba y abrió para que su padre ingresara.
"Al fin, tío, te estuve llamando y no conseguí
comunicarme con vos".
"Es que perdí el celular, y no podía avisarle a
todos, además...no sabés que alivio es que ese aparatito no esté sonando a cada
rato! jajaja, creo que no voy a tener otro teléfono celular nunca más",
contestó Roberto simulando estar risueño.
Entraron juntos a la casa. Roberto se sentó en uno de
los sillones del living y Osvaldo se puso a hacer un café. Juliana le preguntó
si necesitaba algo.
"No, hijita, si querés andá a tu cuarto que yo
tengo que hablar algo privado con el tío".
La joven se dirigió a la escalera y Roberto le dijo:
"¿Cómo, no hay un besito para el tío
Roberto?"
Ella lo miró con todo su odio acumulado. Bajó
lentamente, se acercó al rostro del hombre y en voz muy baja, le dijo:
"Sos un viejo gordo, puto y asqueroso, que te
merecés que te caguen bien a palos y después te corten en pedacitos...pero vivo"
Mientras ella volvía a la escalera para retirarse,
Roberto le dijo alegremente:
"Yo también te quiero mucho, sobrinita"
Ella, sabiendo que su padre no podía verla, le hizo un
gesto con su dedo mayor desde la escalera y subió para no ver más la cara de
ese hombre por el que sentía tanto asco.
Osvaldo fue con dos tazas de café hacia el saloncito y
se sentó en el otro sillón. Tenía cara de preocupación.
"Tío, estos días la pasé muy mal, no sabía qué
hacer".
"Shhh, vos nada, seguí como siempre, nadie
sospecha de vos, mucho menos de tu participación en el negocio".
"No es tan así, en el mercado saben..."
"Y si a ellos tampoco les conviene que se sepa,
hombre! ¿O vos pensás que van a ir a hablar así porque sí? Pero no, mientras
menos se hable del asunto, más desapercibidos van a pasar todos!"
Osvaldo bebió
su café. Miraba al tío sorprendido de verlo tan tranquilo y risueño.
"Si alguno es indagado, si alguno es allanado,
caigo yo..."
Roberto sabía hacia a donde iba a parar la
conversación. Su sobrino comenzaba a verse entre la espada y la pared. Sabía
que la posibilidad de que alguna investigación llegara a sus contactos en el
mercado era grande y necesitaba que nada quedara librado al azar antes de irse.
"Mirá, esto fue un poco de ruido para mostrar que
están haciendo algo serio por el tema del narcotráfico. Como a todos los políticos,
les importa todo muy poco, solo hacer circo para los votantes, porque tienen a
mucha gente en contra, ¿en serio pensás que van a ir más allá? Pibe, recordá
que estoy en esto hace mucho más que vos, que vi pasar muchos gobiernos y
ninguno hizo nada serio para terminar con el negocio, porque la realidad es que
hay mucha gente metida y que cobra su cuotita para que todo siga funcionando
como hasta ahora".
Osvaldo lo miraba sin creerle mucho. Conocía al
propietario de una de las agencias que habían allanado. En algo tenía razón su
tío, nunca se había imaginado que esa persona, pariente de su esposa, con una
vida sencilla, estaba en el negocio de la venta de drogas.
"Quedate tranquilo, no va a pasar nada más, todo
va a quedar en esto, ya te digo, es pura pompa para la gilada".
Roberto se daba
cuenta de que no sería tan fácil de convencer a su sobrino de que nada pasaría.
Menos cuando le dijera que se iría a Italia y que no sabía cuándo volvería.
Tenía que ser muy inteligente para informarle de la noticia y que las cosas no
se fueran de madre.
"Mirá, hace unos días Germán me llamó y me dijo
que tiene que operarse de la vejiga, que el médico le dijo que esta vez no zafa
y si no se opera, la próxima vez que tenga un ataque, puede no contarla".
Osvaldo lo miró sorprendido. Su primo Germán vivía en
Italia desde hacía varios años, y si llamó a su padre...significaba que Roberto
debería viajar a ese país...justo en este momento.
"¿Vas a viajar?", le preguntó secamente.
"Lo estoy evaluando, allá también tengo negocios
y no sé cuánto puede aguantar Germán en esa situación".
Osvaldo encendió un cigarrillo. Comprendía lo que su
tío le estaba diciendo, pero pensaba que el momento en que todo esto estaba
sucediendo no era el mejor para realizar semejante viaje.
"¿Y cómo queda todo, lo del negocio?"
"Por ahora vamos a quedarnos quietos, yo voy a
dar vacaciones en la planta, viajo, vos seguí haciendo tu vida como hasta
ahora, que todo esto se calme un poco y cuando vuelva seguramente esta situación
va a estar olvidada y nosotros podremos seguir trabajando normalmente".
Osvaldo no comprendía como su tío veía todo de una
forma tan tranquila. Admiraba cómo nada lo perturbaba.
"Tengo unos paquetes que quedaron en la
verdulería, del último cargamento".
"Escondelos, no los muevas, olvidate de que los
tenés. Cuando todo esto se calme, los sacás a la calle, los vendés, si llego
antes de lo que pienso que puede demorar la recuperación de Germán, los
mandamos para Europa. No te preocupes, que todo va a estar bien".
Hasta ahora todo había salido bien. Osvaldo necesitaba
disipar sus dudas. Lo mejor sería hacerle caso al tío Roberto y olvidar todo
por un tiempo hasta que nadie se ocupara más del tema.
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