Capítulo 36



   El silencio del campo aumentaba más las voces dentro de su cabeza. Un remolino de imágenes iba y venía, haciendo que sintiera una puntada en el corazón por cada hecho ocurrido. Fabio, Clide, Juliana, el negocio, Roberto, sus hijas mayores, sus padres, sus hermanos, sus sobrinos. Su vida completa se había convertido en un completo desastre.

   El único remanso que habría logrado, él mismo lo destruyó por codicia, por soberbia, por hambre de poder. Todo lo que había logrado, se derrumbaba a sus pies como si fuera un castillo de naipes. Bebió otro sorbo de la petaca de whisky, se miró las manos, las sintió manchadas de sangre, de su propia sangre, de los seres que había amado, que habían formado parte de su vida.

   Recordaba a Clide en la casona, horrorizada al enterarse de que él había dado la orden de matar a Fabio, corriendo hacia el cuarto, la discusión, el cachetazo, la caída y su cuerpo inerte. En ese momento no comprendía quién era él cuando decidió quemarla y llevarla hasta un lugar alejado e inventar que se había ido a una misión religiosa.

   Se había convertido en un monstruo, en un ser dominado por el dinero. Sus propias hijas lo odiaban, sobre todo Juliana, a quien no había sabido escuchar, a quien no había podido ver. El horror que había vivido su hija menor no le cabía en la cabeza. Y él creyendo que su propio hermano había sido el degenerado que la había abusado, dejándose llevar por todas las palabras de su tío, que sabiamente lo había envuelto en una maraña de engaños.

   Sólo le quedaba una opción. La única salida digna para él estaba ahí, a su lado, dentro de su escopeta. Tomó el arma. El árbol a cuyo pie se encontraba sentado lo ocultaba de cualquiera que pudiera estar mirando. Pero estaba solo en esa inmensidad. Él mismo se había ocupado de alejar a cualquiera que hubiera intentado acercarse. Incluyéndola a ella, a la única mujer que hubiera podido rescatarlo de la porquería que lo rodeaba.

   En el campo sólo se escuchaba en viento ronroneando entre las ramas de los árboles, el canto de algunas aves y, cada tanto, el lejano ruido de algún motor que transitaba por la ruta. Un estruendo rompió el silencio y provocó que los pájaros volaran espantados.

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