El silencio del campo aumentaba más las voces dentro
de su cabeza. Un remolino de imágenes iba y venía, haciendo que sintiera una
puntada en el corazón por cada hecho ocurrido. Fabio, Clide, Juliana, el
negocio, Roberto, sus hijas mayores, sus padres, sus hermanos, sus sobrinos. Su
vida completa se había convertido en un completo desastre.
El único remanso que habría logrado, él mismo lo
destruyó por codicia, por soberbia, por hambre de poder. Todo lo que había
logrado, se derrumbaba a sus pies como si fuera un castillo de naipes. Bebió
otro sorbo de la petaca de whisky, se miró las manos, las sintió manchadas de
sangre, de su propia sangre, de los seres que había amado, que habían formado
parte de su vida.
Recordaba a Clide en la casona, horrorizada al
enterarse de que él había dado la orden de matar a Fabio, corriendo hacia el
cuarto, la discusión, el cachetazo, la caída y su cuerpo inerte. En ese momento
no comprendía quién era él cuando decidió quemarla y llevarla hasta un lugar
alejado e inventar que se había ido a una misión religiosa.
Se había convertido en un monstruo, en un ser dominado
por el dinero. Sus propias hijas lo odiaban, sobre todo Juliana, a quien no
había sabido escuchar, a quien no había podido ver. El horror que había vivido
su hija menor no le cabía en la cabeza. Y él creyendo que su propio hermano
había sido el degenerado que la había abusado, dejándose llevar por todas las
palabras de su tío, que sabiamente lo había envuelto en una maraña de engaños.
Sólo le quedaba una opción. La única salida digna para
él estaba ahí, a su lado, dentro de su escopeta. Tomó el arma. El árbol a cuyo
pie se encontraba sentado lo ocultaba de cualquiera que pudiera estar mirando.
Pero estaba solo en esa inmensidad. Él mismo se había ocupado de alejar a
cualquiera que hubiera intentado acercarse. Incluyéndola a ella, a la única
mujer que hubiera podido rescatarlo de la porquería que lo rodeaba.
En el campo sólo se escuchaba en viento ronroneando
entre las ramas de los árboles, el canto de algunas aves y, cada tanto, el
lejano ruido de algún motor que transitaba por la ruta. Un estruendo rompió el
silencio y provocó que los pájaros volaran espantados.
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