Clide
se ponía mal cuando él se iba a cazar con Roberto, ya que siempre le reprochaba
que ella dejara a su familia para ir a las reuniones del templo y eso traía
varias peleas como consecuencia. Él contestaba que era quien trabajaba todo el
día como un burro para mantenerlas, que era el único que aportaba en la casa,
que ellas sin él no podrían comprar ni siquiera un poco de pan y que muy
probablemente habrían perdido todo lo que él había logrado si él no estuviera.
Que en definitiva él podía hacer lo que quería y ella, su mujer, debía aceptar
calladamente sus decisiones.
Salieron ese jueves por la noche. Charlaron por el camino de cosas intrascendentes. Al llegar, un casero los recibió. En la casa, los esperaba una comida ligera y una chimenea encendida, ya que, si bien era principio de verano, por las noches hacía muchísimo frío. Tomaron algo de vino, comieron queso y algunos embutidos y se fueron a dormir. La cita con las escopetas y las liebres sería al amanecer.
Se levantaron unas horas después. Salieron al campo y cazaron algunos ejemplares. Osvaldo, cada vez que conseguía una presa, se sentía dueño del mundo. Matar le daba el poder sobre el otro. Luego, esos animales, serían transformados en escabeches que degustaría en alguna cena con sus amigos.
Al llegar la tarde volvieron al caserón. Se dieron una ducha, comieron carne asada que les preparó el hombre que cuidaba la propiedad, y se fueron a los sillones que estaban frente a la chimenea a tomar algo de licor y fumar unos habanos que Roberto había traído de un viaje a Cuba.
De repente Roberto se puso muy serio.
“Tengo
que contarte algo muy grave y no sé cómo hacerlo”.
“Dale,
contestó Osvaldo, “sabés que yo no tengo problemas”.
Roberto
lo miró fijamente.
“Se
trata de algo muy feo, no sé cómo vas a reaccionar”.
Osvaldo
lo miró intrigado. Roberto sabía muy bien cómo generar interés en su sobrino.
“Largá
de una vez, no me des vueltas”.
“Tu
hija menor hace un tiempo está muy rara, cambiada”.
“Si,
cosas de mujeres cuando les viene el período”, respondió Osvaldo en tono de
sabelotodo.
Roberto
disfrutó de la ignorancia y de la soberbia de su sobrino, ¡era tan fácil
manejarlo!
“No,
es algo mucho más grave que supe hace un tiempo”.
Osvaldo se inclinó hacia adelante en su sillón para escucharlo mejor.
“Contame
ya”.
“Fabio,
supe que Juliana tuvo un problema con él hace un tiempo. Los escuché un día en
la casa de la sierra, que medio discutían, ella quería zafarse de él, y tu
hermano le decía que ella no se le iba a escapar”.
Los
ojos de Osvaldo se abrieron ante esas palabras. Se levantó lleno de ira y
comenzó a resoplar por la nariz. Roberto siguió.
“Me
quedé un rato escondido detrás de una pared y vi que él la manoseaba, ella,
pobrecita, intentaba resistirse, pero Fabio le decía que si gritaba iba a pasar
algo muy feo, que no le convenía hablar. Vi cuando la apretó contra la pared,
intentó bajarle el short que llevaba puesto y él tenía el miembro afuera. Le
había puesto la mano en la boca para que ella no grite y ahí aparecí. Fue una
situación muy fea”
Osvaldo no podía creer lo que le estaba contando. Su hermano, su amigo, su cómplice en tantas travesuras, abusando de su hija. Era inconcebible, pero el cambio del comportamiento de su hija podría explicarse con ese suceso y debía hacer algo pronto para cobrarse ese dolor.
“Lo voy a matar, esto no va a quedar así”, gritó furioso.
Intentó
salir y Roberto lo detuvo.
“¿A
dónde vas?”.
“A
matar a Fabio”.
“Pará,
a esta hora? De noche? Si vos no tenés vehículo y no conocés el camino para
llegar a la ruta!”.
Osvaldo
se sintió impotente. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Desde que
estuvo a punto de perder su casa por una deuda que no era suya.
“Vení, tranquilízate”.
“Pero
quiero matarlo, tío, quiso abusar de mi hija”.
“¿Y
qué vas a hacer? ¿Ensuciarte vos las manos con esa basura? Vas y lo matás… ¿y qué
ganás? ¿Ir preso y comerte el resto de tu vida en la cárcel por homicidio?”.
Osvaldo
lo miró confundido. Sabía que Roberto tenía razón, pero no podía dejar que esa
afrenta de honor quedara así.
“Tío,
mi hija…”.
”
Tu hija lo va a olvidar, quédate tranquilo, pero vos no podés ensuciarte las
manos e ir preso por culpa de esa basura”.
Roberto volvió al sillón, tomo el copón con licor que estaba en la mesilla y fumó el puro. Osvaldo lo miraba incrédulo, la tranquilidad de su tío lo enfurecía.
“Cómo
se nota que no tenés hijas mujeres”…le espetó.
“No,
pero entiendo lo que sentís. Yo adoro a tus hijas y te aseguro que me da la
misma rabia que a vos, pero no puedo dejar que las emociones y los sentimientos
me ganen de mano y tirar por la borda todo lo que logré”.
Osvaldo
se sentó a su vez en el silloncito y lo miraba desesperado.
.
“¿Te pensás que no me dieron ganas de matarlo cuando vi esa escena? ¿Qué no me
hubiera encantando romperle la cara en ese momento? Pero iba a quedar expuesta
la chiquita ante todos, la situación iba a generar una ruptura familiar, vos
ibas a pedir que tus viejos se pongan de parte de uno de los dos. Y si ellos
elegían a Fabio? No, mejor es evitar enfrentamientos y que las cosas se
solucionen de otro modo”.
“¿Cuál?”.
“¿Vos
qué querés hacer?”.
“Quiero
que Fabio se muera.”
Roberto
lo miró. Buscó su cartera y le dio un papel con un teléfono.
“Comprate
un chip en cualquier kiosco y poneselo a algún teléfono viejo que tengas y ya
no uses. Llamá a este número y deciles qué querés. Deciles que llamás de mi
parte.”
“¿Eso
es todo?”, preguntó Osvaldo intrigado y confuso.
“Querido
sobrino, ¿para qué ensuciarte las manos vos si hay gente que ya está hundida en
el barro y hundirse un poco más no le cambia la situación?”
Osvaldo
miró el papel. Le quemaba en las manos, pero a su vez tenía un poder hipnótico.
Tuvo el instinto de tirarlo al fuego, pero una fuerza superior le impidió
hacerlo. Tenía la imagen de su hija siendo forzada por Fabio en la mente, le
daba rabia que uno de los suyos hubiera hecho tan solo el intento de abusarla y
más rabia le causaba no poder matarlo con sus propias manos.
Pero el tío le brindaba una opción. Una salida segura y limpia. Algo que no afectaría a la familia.
“Matan
a tantos por dos pesos o unas zapatillas mugrientas hoy en día…que maten a un
tipo que tiene un negocio, que factura plata en contante y sonante, que puede
ser asaltado porque sospechan que traslada mucho dinero… no sería nada raro”,
le dijo mientras sorbía un poco del coñac.
“¡Pero
yo no tengo tanta plata como para pagarle a un asesino!”
“Vos
no te preocupes, ¿no te ayudé otras veces? Cuando pudiste me devolviste el
dinero…y si no podías, a mí no me afectaba, no lo necesito”.
“Pero
estamos hablando de una cifra que desconozco!”.
“Vos
llamá y sólo decí el nombre de quien tienen que limpiar. Después tirá ese chip,
rompé el aparato desde donde hagas la llamada y tené la precaución de tirarlos
por distintos lugares.”
Osvaldo
aún no estaba convencido. Roberto dio la estocada final.
“Sobrino,
tu hija fue ultrajada, y vos sabés que en estos casos a las chicas nadie les
cree, menos cuando Fabio tiene fama de santurrón, con toda esa perorata del
templo, que se la pasa hablando de Dios, del bien…y esos son los peores. ¿Qué
querés, tenerlo en tu casa y que se te burle? ¿Qué toda la familia diga que
Julieta es una mentirosa, que está loca? El cambio del carácter puede dar lugar a que digan que toma o consume algo, que
miente porque necesita ser el centro de atención, que busca dividir a la
familia, que está enferma... ¿para qué exponer a la pobre criatura? ¿Lo vas a
denunciar? ¿Y vas a exponer a tu hija a exámenes, visitas con psicólogos,
psiquiatras, revivir todo esos momentos horribles? No, es mejor que esto quede
ahí y que ella olvide todo.”
Los argumentos de Roberto eran absolutamente válidos. Si saltaba este asunto en la familia, tenía que matar él a Fabio e ir a la cárcel y no había trabajado toda su vida para perder lo que había logrado. Tampoco podía hacer la denuncia, ya que el único testigo era Roberto, y por los favores que le había hecho no podía exponerlo a esa situación.
Tampoco
creía conveniente para su hija todo el manoseo en tribunales, declaraciones y
revisaciones que la traumarían aún más. No, Roberto tenía razón, mejor que ella
olvidara todo eso y comenzara de nuevo.
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