Capítulo 19



   Clide se ponía mal cuando él se iba a cazar con Roberto, ya que siempre le reprochaba que ella dejara a su familia para ir a las reuniones del templo y eso traía varias peleas como consecuencia. Él contestaba que era quien trabajaba todo el día como un burro para mantenerlas, que era el único que aportaba en la casa, que ellas sin él no podrían comprar ni siquiera un poco de pan y que muy probablemente habrían perdido todo lo que él había logrado si él no estuviera. Que en definitiva él podía hacer lo que quería y ella, su mujer, debía aceptar calladamente sus decisiones.


    Salieron ese jueves por la noche. Charlaron por el camino de cosas intrascendentes. Al llegar, un casero los recibió. En la casa, los esperaba una comida ligera y una chimenea encendida, ya que, si bien era principio de verano, por las noches hacía muchísimo frío. Tomaron algo de vino, comieron queso y algunos embutidos y se fueron a dormir. La cita con las escopetas y las liebres sería al amanecer.


    Se levantaron unas horas después. Salieron al campo y cazaron algunos ejemplares. Osvaldo, cada vez que conseguía una presa, se sentía dueño del mundo. Matar le daba el poder sobre el otro. Luego, esos animales, serían transformados en escabeches que degustaría en alguna cena con sus amigos.


    Al llegar la tarde volvieron al caserón. Se dieron una ducha, comieron carne asada que les preparó el hombre que cuidaba la propiedad, y se fueron a los sillones que estaban frente a la chimenea a tomar algo de licor y fumar unos habanos que Roberto había traído de un viaje a Cuba.


    De repente Roberto se puso muy serio.


“Tengo que contarte algo muy grave y no sé cómo hacerlo”.


“Dale, contestó Osvaldo, “sabés que yo no tengo problemas”.

   Roberto lo miró fijamente.

“Se trata de algo muy feo, no sé cómo vas a reaccionar”.

   Osvaldo lo miró intrigado. Roberto sabía muy bien cómo generar interés en su sobrino.

“Largá de una vez, no me des vueltas”.

“Tu hija menor hace un tiempo está muy rara, cambiada”.

“Si, cosas de mujeres cuando les viene el período”, respondió Osvaldo en tono de sabelotodo.

   Roberto disfrutó de la ignorancia y de la soberbia de su sobrino, ¡era tan fácil manejarlo!

“No, es algo mucho más grave que supe hace un tiempo”.

     Osvaldo se inclinó hacia adelante en su sillón para escucharlo mejor.

“Contame ya”.


“Fabio, supe que Juliana tuvo un problema con él hace un tiempo. Los escuché un día en la casa de la sierra, que medio discutían, ella quería zafarse de él, y tu hermano le decía que ella no se le iba a escapar”.


   Los ojos de Osvaldo se abrieron ante esas palabras. Se levantó lleno de ira y comenzó a resoplar por la nariz. Roberto siguió.


“Me quedé un rato escondido detrás de una pared y vi que él la manoseaba, ella, pobrecita, intentaba resistirse, pero Fabio le decía que si gritaba iba a pasar algo muy feo, que no le convenía hablar. Vi cuando la apretó contra la pared, intentó bajarle el short que llevaba puesto y él tenía el miembro afuera. Le había puesto la mano en la boca para que ella no grite y ahí aparecí. Fue una situación muy fea”


    Osvaldo no podía creer lo que le estaba contando. Su hermano, su amigo, su cómplice en tantas travesuras, abusando de su hija. Era inconcebible, pero el cambio del comportamiento de su hija podría explicarse con ese suceso y debía hacer algo pronto para cobrarse ese dolor.


“Lo voy a matar, esto no va a quedar así”, gritó furioso.


   Intentó salir y Roberto lo detuvo.

“¿A dónde vas?”.

“A matar a Fabio”.


“Pará, a esta hora? De noche? Si vos no tenés vehículo y no conocés el camino para llegar a la ruta!”.


   Osvaldo se sintió impotente. Hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación. Desde que estuvo a punto de perder su casa por una deuda que no era suya.


“Vení, tranquilízate”.

“Pero quiero matarlo, tío, quiso abusar de mi hija”.


“¿Y qué vas a hacer? ¿Ensuciarte vos las manos con esa basura? Vas y lo matás… ¿y qué ganás? ¿Ir preso y comerte el resto de tu vida en la cárcel por homicidio?”.

   Osvaldo lo miró confundido. Sabía que Roberto tenía razón, pero no podía dejar que esa afrenta de honor quedara así.


“Tío, mi hija…”.

” Tu hija lo va a olvidar, quédate tranquilo, pero vos no podés ensuciarte las manos e ir preso por culpa de esa basura”.


    Roberto volvió al sillón, tomo el copón con licor que estaba en la mesilla y fumó el puro. Osvaldo lo miraba incrédulo, la tranquilidad de su tío lo enfurecía.


“Cómo se nota que no tenés hijas mujeres”…le espetó.


“No, pero entiendo lo que sentís. Yo adoro a tus hijas y te aseguro que me da la misma rabia que a vos, pero no puedo dejar que las emociones y los sentimientos me ganen de mano y tirar por la borda todo lo que logré”.


   Osvaldo se sentó a su vez en el silloncito y lo miraba desesperado.


. “¿Te pensás que no me dieron ganas de matarlo cuando vi esa escena? ¿Qué no me hubiera encantando romperle la cara en ese momento? Pero iba a quedar expuesta la chiquita ante todos, la situación iba a generar una ruptura familiar, vos ibas a pedir que tus viejos se pongan de parte de uno de los dos. Y si ellos elegían a Fabio? No, mejor es evitar enfrentamientos y que las cosas se solucionen de otro modo”.


“¿Cuál?”.

“¿Vos qué querés hacer?”.

“Quiero que Fabio se muera.”


   Roberto lo miró. Buscó su cartera y le dio un papel con un teléfono.


“Comprate un chip en cualquier kiosco y poneselo a algún teléfono viejo que tengas y ya no uses. Llamá a este número y deciles qué querés. Deciles que llamás de mi parte.”

“¿Eso es todo?”, preguntó Osvaldo intrigado y confuso.


“Querido sobrino, ¿para qué ensuciarte las manos vos si hay gente que ya está hundida en el barro y hundirse un poco más no le cambia la situación?”


   Osvaldo miró el papel. Le quemaba en las manos, pero a su vez tenía un poder hipnótico. Tuvo el instinto de tirarlo al fuego, pero una fuerza superior le impidió hacerlo. Tenía la imagen de su hija siendo forzada por Fabio en la mente, le daba rabia que uno de los suyos hubiera hecho tan solo el intento de abusarla y más rabia le causaba no poder matarlo con sus propias manos.


    Pero el tío le brindaba una opción. Una salida segura y limpia. Algo que no afectaría a la familia.


“Matan a tantos por dos pesos o unas zapatillas mugrientas hoy en día…que maten a un tipo que tiene un negocio, que factura plata en contante y sonante, que puede ser asaltado porque sospechan que traslada mucho dinero… no sería nada raro”, le dijo mientras sorbía un poco del coñac.


“¡Pero yo no tengo tanta plata como para pagarle a un asesino!”

“Vos no te preocupes, ¿no te ayudé otras veces? Cuando pudiste me devolviste el dinero…y si no podías, a mí no me afectaba, no lo necesito”.


“Pero estamos hablando de una cifra que desconozco!”.

“Vos llamá y sólo decí el nombre de quien tienen que limpiar. Después tirá ese chip, rompé el aparato desde donde hagas la llamada y tené la precaución de tirarlos por distintos lugares.”


   Osvaldo aún no estaba convencido. Roberto dio la estocada final.


“Sobrino, tu hija fue ultrajada, y vos sabés que en estos casos a las chicas nadie les cree, menos cuando Fabio tiene fama de santurrón, con toda esa perorata del templo, que se la pasa hablando de Dios, del bien…y esos son los peores. ¿Qué querés, tenerlo en tu casa y que se te burle? ¿Qué toda la familia diga que Julieta es una mentirosa, que está loca? El cambio del carácter puede dar  lugar a que digan que toma o consume algo, que miente porque necesita ser el centro de atención, que busca dividir a la familia, que está enferma... ¿para qué exponer a la pobre criatura? ¿Lo vas a denunciar? ¿Y vas a exponer a tu hija a exámenes, visitas con psicólogos, psiquiatras, revivir todo esos momentos horribles? No, es mejor que esto quede ahí y que ella olvide todo.”


    Los argumentos de Roberto eran absolutamente válidos. Si saltaba este asunto en la familia, tenía que matar él a Fabio e ir a la cárcel y no había trabajado toda su vida para perder lo que había logrado. Tampoco podía hacer la denuncia, ya que el único testigo era Roberto, y por los favores que le había hecho no podía exponerlo a esa situación.


   Tampoco creía conveniente para su hija todo el manoseo en tribunales, declaraciones y revisaciones que la traumarían aún más. No, Roberto tenía razón, mejor que ella olvidara todo eso y comenzara de nuevo.

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