Capítulo 5



   La escena se había repetido varias veces a lo largo del tiempo. Las cosquillas del tío habían comenzado a ser molestas y Juliana trataba de evitar encontrarse a solas con él. Se había vuelto una niña hosca, cerrada y muy malhumorada cuando Roberto era invitado a la casa, o ellos asistían a alguna invitación suya. Cada vez que se le acercaba, Juliana sentía que su cuerpo iba a estallar ante el menor contacto con el cuerpo de Roberto. Hasta el simple beso en la mejilla, cordial y afectuoso, le causaba un asco insoportable.


    Una tarde la escena de aquélla primera vez se repitió. Juliana se había recostado y el tío fue a buscarla a la habitación con la excusa de saludarla. Ella intentó rechazar las caricias, fingió dormir, pero el tío fue más allá.


   Sintió en su mejilla una lengua húmeda, en su cuello un beso asqueroso, mientras las manos del tío buscaban no sólo sus pechos, presionándolos de una manera impúdica, sino que también escudriñaban su pubis. Un susurro le heló la sangre:

“Si le contás algo de esto a tus papis, no te van a creer, es más, te van a echar de tu casa, porque sos una putita, una sucia putita, y a nadie le gusta tener en su casa a una putita, ¿entendiste?”.


    Desde ese día, Juliana evitó recostarse cada vez que venía alguien, cualquiera, a la casa. Por más que se cayera de cansancio. Miraba a su padre con rabia, con odio, con asco. Sobre todo porque papá era tan cordial con ese tío repugnante y asqueroso. Se sentía sucia.

    Mamá no se daba cuenta de nada. Ella estaba en su mundo, más ahora que había comenzado a asistir a menudo al templo evangélico al que iba con su tía. Y no se atrevía a contarle nada porque, mamá también, cada vez que el tío Roberto los visitaba, se deshacía en halagos y atenciones. Sin el dinero del tío Roberto, ellos seguramente estarían en la calle.

No hay comentarios:

Publicar un comentario