La
escena se había repetido varias veces a lo largo del tiempo. Las cosquillas del
tío habían comenzado a ser molestas y Juliana trataba de evitar encontrarse a
solas con él. Se había vuelto una niña hosca, cerrada y muy malhumorada cuando
Roberto era invitado a la casa, o ellos asistían a alguna invitación suya. Cada
vez que se le acercaba, Juliana sentía que su cuerpo iba a estallar ante el
menor contacto con el cuerpo de Roberto. Hasta el simple beso en la mejilla,
cordial y afectuoso, le causaba un asco insoportable.
Una tarde la escena de aquélla primera vez se repitió. Juliana se había recostado y el tío fue a buscarla a la habitación con la excusa de saludarla. Ella intentó rechazar las caricias, fingió dormir, pero el tío fue más allá.
Sintió
en su mejilla una lengua húmeda, en su cuello un beso asqueroso, mientras las
manos del tío buscaban no sólo sus pechos, presionándolos de una manera
impúdica, sino que también escudriñaban su pubis. Un susurro le heló la sangre:
“Si
le contás algo de esto a tus papis, no te van a creer, es más, te van a echar
de tu casa, porque sos una putita, una sucia putita, y a nadie le gusta tener
en su casa a una putita, ¿entendiste?”.
Desde ese día, Juliana evitó recostarse cada vez que venía alguien, cualquiera, a la casa. Por más que se cayera de cansancio. Miraba a su padre con rabia, con odio, con asco. Sobre todo porque papá era tan cordial con ese tío repugnante y asqueroso. Se sentía sucia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario