Algo no andaba bien...Le dolía todo el cuerpo. Sentía
que un tornado había pasado sobre ella. Sentía un sabor acre en los labios, que
le ardían. Le costaba abrir los ojos. No sabía muy bien en donde estaba y trató
de acomodar sus recuerdos. Intentó moverse, pero su cuerpo no le respondía. La
voz de Juliana se le hacía cada vez más lejana, recordó el aeropuerto, su
emoción ante el primer viaje a Europa que hacía, la incertidumbre sobre cómo
sería su nueva vida, miles de preguntas que la rondaban.
Recordó a su tío Roberto recibiéndola, con los brazos
abiertos, secándole las lágrimas que brotaban ante muchas emociones
encontradas. Una nueva vida se abría ante ella, y dejaba a su familia lejos, a
su papá inválido. De repente dudó si había hecho bien en viajar, en tomar esa
decisión tan repentinamente, si su rabia ante la reacción de su hermana menor
no la habría hecho actuar en una forma intempestiva.
No quería demostrar sus dudas. Era muy orgullosa para
eso y tampoco se podía dar el lujo de mostrarse débil. Ahora tendría una gran
oportunidad de hacer lo que le gustaba, de prepararse para ser mejor y
deslumbrar al mundo...
Roberto la condujo a un auto negro, gigante, con
vidrios polarizados. Ambos se sentaron en la parte de atrás. ¡Roberto tenía
chofer! Un lujo que jamás se habría dado en Argentina! Cuando se lo contara a
sus hermanas no le creerían, dirían que fanfarroneaba para darse aires de importancia.
Su tío dio una orden en italiano al conductor y comenzaron el viaje.
Charlaron de cosas banales sobre si estaba cansada, nerviosa,
sobre la salud de Osvaldo, de las chicas que habían quedado en Argentina. Las
palabras que Juliana le había dicho sobre su tío volvieron a su mente. Una sombra pasó por su rostro e
inmediatamente buscó pensar en otra cosa. Roberto se percató del cambio y le
preguntó qué le pasaba.
"Nada, cosas, fueron tantas cosas en tan poco
tiempo".
"Si, pero eso es la vida, un sinfín de cosas, de
sucesos, que depende de nosotros tomarlos como buenos o malos".
"¿Sabés?
Me duele mucho que Juliana se haya enojado tanto porque me vine para
acá".
"¿Cómo que Juliana se enojó?"
"Si, me dijo que no viajara, que vos eras malo,
que seguramente algo ibas a hacerme".
Roberto frunció el ceño. Tenía que averiguar bien qué
le había dicho la chica a su hermana, pero evidentemente no mucho, ya que
Florencia estaba ahí.
"Mirá, los hermanos son muy celosos cuando uno
tiene talento y oportunidades. Me pasó a mí con Feliciano, que siempre miró
desde afuera mis triunfos y nunca supo aprovechar las cosas buenas que le
sucedieron. Al contrario, sabés que su vida es complicada, se lleva mal con tu
abuela, tus tíos y tu padre siempre discutieron con él porque vivía de
joda..."
Siempre había estado enfrentada a su hermana. De niñas
Juliana se refugiaba en los brazos de Beatriz y le contaba llorando que
Florencia le había tirado de las trenzas, o le había roto una muñeca, o
estropeado un dibujo. Beatriz trataba de ser la mediadora entre sus hermanas,
pero siempre protegía a July ya que era la más pequeña y Florencia se divertía
haciéndole muchas bromas.
Pronto llegaron a una propiedad enorme, custodiada por
unos gigantescos portones negros de hierro. El chofer bajó la ventanilla y casi
susurrando habló por un intercomunicador. Dijo algo que resultó incomprensible
para Florencia. Los portones se abrieron y transitaron un largo sendero
bordeado de árboles. Al fondo, cada vez más grande, un caserón antiguo pero
perfectamente conservado, les marcaba el punto final de su viaje.
"¿Vivís acá?" preguntó la chica sorprendida.
"Más o menos", respondió Roberto con una
sonrisa enigmática.
Bajaron del vehículo, Roberto dio la orden al chofer
de bajar el equipaje de su sobrina y llevarlo a la casa. Ellos ingresaron por
una importante escalinata de mármol. La casa por dentro era tan imponente como
por fuera. Florencia no salía de su asombro.
"Tío, no me digas que sos un duque o algo así!"
"No, querida, yo son un hombre común y silvestre
que supo hacer las cosas bien... ¿querés tomar un té?"
Florencia tenía más ganas de darse un baño y acostarse
que otra cosa, pero no quería ser descortés con un tío tan amable.
"Dale, un tecito no me va a venir nada mal".
Roberto tocó un timbre, mientras se sentaban en unos
comodísimos sillones en una sala de estar que era más grande que la casa en
donde había vivido toda su vida.
"Las chicas no me van a creer cuando les cuente..."
dijo divertida.
"Mejor no les digas nada, al menos un tiempo, ya
sabes que la envidia mata"...
Una mujer vestida de negro apareció con una bandeja en
donde traía una taza. La chica miró sorprendida.
"¿Vos no tomás?"
"Tomé un té antes de irme, ahora no tengo ganas,
pero vos tomalo tranquila".
Le resultó algo desagradable de sabor. Un poco amargo.
Pero siguió tomando para no demostrar que era una mal educada o mal agradecida
y porque tanto lujo la intimidaba un poco.
Comenzó a sentir sueño. De repente el cuerpo le
pesaba, los párpados parecían de plomo y cayó en un profundo sueño del que
hubiera preferido no despertar jamás.
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