Capítulo 44



   Algo no andaba bien...Le dolía todo el cuerpo. Sentía que un tornado había pasado sobre ella. Sentía un sabor acre en los labios, que le ardían. Le costaba abrir los ojos. No sabía muy bien en donde estaba y trató de acomodar sus recuerdos. Intentó moverse, pero su cuerpo no le respondía. La voz de Juliana se le hacía cada vez más lejana, recordó el aeropuerto, su emoción ante el primer viaje a Europa que hacía, la incertidumbre sobre cómo sería su nueva vida, miles de preguntas que la rondaban.

   Recordó a su tío Roberto recibiéndola, con los brazos abiertos, secándole las lágrimas que brotaban ante muchas emociones encontradas. Una nueva vida se abría ante ella, y dejaba a su familia lejos, a su papá inválido. De repente dudó si había hecho bien en viajar, en tomar esa decisión tan repentinamente, si su rabia ante la reacción de su hermana menor no la habría hecho actuar en una forma intempestiva.

   No quería demostrar sus dudas. Era muy orgullosa para eso y tampoco se podía dar el lujo de mostrarse débil. Ahora tendría una gran oportunidad de hacer lo que le gustaba, de prepararse para ser mejor y deslumbrar al mundo...

   Roberto la condujo a un auto negro, gigante, con vidrios polarizados. Ambos se sentaron en la parte de atrás. ¡Roberto tenía chofer! Un lujo que jamás se habría dado en Argentina! Cuando se lo contara a sus hermanas no le creerían, dirían que fanfarroneaba para darse aires de importancia. Su tío dio una orden en italiano al conductor y comenzaron el viaje.

   Charlaron de cosas banales sobre si estaba cansada, nerviosa, sobre la salud de Osvaldo, de las chicas que habían quedado en Argentina. Las palabras que Juliana le había dicho sobre su tío volvieron a su  mente. Una sombra pasó por su rostro e inmediatamente buscó pensar en otra cosa. Roberto se percató del cambio y le preguntó qué le pasaba.

"Nada, cosas, fueron tantas cosas en tan poco tiempo".

"Si, pero eso es la vida, un sinfín de cosas, de sucesos, que depende de nosotros tomarlos como buenos o malos".

"¿Sabés?  Me duele mucho que Juliana se haya enojado tanto porque me vine para acá".

"¿Cómo que Juliana se enojó?"

"Si, me dijo que no viajara, que vos eras malo, que seguramente algo ibas a hacerme".

   Roberto frunció el ceño. Tenía que averiguar bien qué le había dicho la chica a su hermana, pero evidentemente no mucho, ya que Florencia estaba ahí.

"Mirá, los hermanos son muy celosos cuando uno tiene talento y oportunidades. Me pasó a mí con Feliciano, que siempre miró desde afuera mis triunfos y nunca supo aprovechar las cosas buenas que le sucedieron. Al contrario, sabés que su vida es complicada, se lleva mal con tu abuela, tus tíos y tu padre siempre discutieron con él porque vivía de joda..."

   Siempre había estado enfrentada a su hermana. De niñas Juliana se refugiaba en los brazos de Beatriz y le contaba llorando que Florencia le había tirado de las trenzas, o le había roto una muñeca, o estropeado un dibujo. Beatriz trataba de ser la mediadora entre sus hermanas, pero siempre protegía a July ya que era la más pequeña y Florencia se divertía haciéndole muchas bromas.

   Pronto llegaron a una propiedad enorme, custodiada por unos gigantescos portones negros de hierro. El chofer bajó la ventanilla y casi susurrando habló por un intercomunicador. Dijo algo que resultó incomprensible para Florencia. Los portones se abrieron y transitaron un largo sendero bordeado de árboles. Al fondo, cada vez más grande, un caserón antiguo pero perfectamente conservado, les marcaba el punto final de su viaje.

"¿Vivís acá?" preguntó la chica sorprendida.

"Más o menos", respondió Roberto con una sonrisa enigmática.

   Bajaron del vehículo, Roberto dio la orden al chofer de bajar el equipaje de su sobrina y llevarlo a la casa. Ellos ingresaron por una importante escalinata de mármol. La casa por dentro era tan imponente como por fuera. Florencia no salía de su asombro.

"Tío, no me digas que sos un duque o algo así!"

"No, querida, yo son un hombre común y silvestre que supo hacer las cosas bien... ¿querés tomar un té?"

   Florencia tenía más ganas de darse un baño y acostarse que otra cosa, pero no quería ser descortés con un tío tan amable.

"Dale, un tecito no me va a venir nada mal".

   Roberto tocó un timbre, mientras se sentaban en unos comodísimos sillones en una sala de estar que era más grande que la casa en donde había vivido toda su vida.

"Las chicas no me van a creer cuando les cuente..." dijo divertida.

"Mejor no les digas nada, al menos un tiempo, ya sabes que la envidia mata"...

   Una mujer vestida de negro apareció con una bandeja en donde traía una taza. La chica miró sorprendida.

"¿Vos no tomás?"

"Tomé un té antes de irme, ahora no tengo ganas, pero vos tomalo tranquila".

   Le resultó algo desagradable de sabor. Un poco amargo. Pero siguió tomando para no demostrar que era una mal educada o mal agradecida y porque tanto lujo la intimidaba un poco.

   Comenzó a sentir sueño. De repente el cuerpo le pesaba, los párpados parecían de plomo y cayó en un profundo sueño del que hubiera preferido no despertar jamás.

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