No sabía en donde estaba. Luego de que emboscaran la
camioneta del ministerio, los muchachos que había conocido en el correccional
lo llevaron en una de las motos hasta una casa. Allí lo hicieron subir a un
coche y le dijeron que se tirara al piso y que por ninguna razón asomara la
cabeza. Lo taparon con una manta y lo condujeron a su nuevo escondite.
Al llegar, el auto había sido guardado en un garaje y
recién allí le permitieron a Kevin bajarse. Lo llevaron por una puerta interna
a un comedorcito, en donde había algo de comida. El que aparentaba más edad de
todos lo miró fijamente.
“Tenés que entender que ahora sos un prófugo de la
justicia. Que hayas matado a un tipo no te da chapa de ganador, para serlo no
tendrían que haber descubierto nunca que fuiste vos el asesino y, mucho menos,
salir a la luz a hacerte el guapo para que te agarraran.”
Kevin lo miró con odio. Hubiera deseado matarlo en ese
mismo instante, pero gracias a ese tipo él estaba libre y debía obedecer un
tiempo sus instrucciones.
“Vas a quedarte guardado, hasta que nosotros te
digamos y sin quejarte ni chistar, porque nosotros pusimos el pellejo en juego
por vos y esa, hermano, nos la debés.”
Kevin tomó un trago de cerveza. No le gustaba para
nada ese chico, ni mucho menos que le diera órdenes, pero debía mantenerse
tranquilo ya que por ahora no sabía dónde estaba ni qué posibilidades de huida
tenía.
“Te vas a quedar acá unos días, después te van a
llevar a otro lado, siempre vas a salir escondido y si te hacés el loquito,
olvidate de volver a ver la luz del sol. Una más y nadie va a apostar un
centavo por vos.”
Tras comer, le indicaron a Kevin dónde quedaba su
dormitorio y todos se fueron a descansar. Se recostó en la pequeña cama y pensó
que casi no tenía diferencia con la del centro en donde había estado alojado,
salvo por la posibilidad de tomar algo de cerveza cuando comía.
Se había quedado profundamente dormido. De repente una
voz lo despertó. Lo iluminaban directamente a la cara con una linterna, lo que
le impedía reconocer quien era la persona que le hablaba.
“Movete, dale, que tenemos que salir.”
“¿A dónde?”
“Vamos, que no tenemos tiempo.”
“¿Pero a donde me van a llevar, si dijeron que me iba
a quedar unos días acá?”
“Cambio de planes, flaco.”
De mala gana, Kevin se levantó. El chico de la
linterna le indicó con un gesto que caminara delante de él. Salieron de la casa
y se encontraron en medio de una especie de bosque.
“¿En dónde estamos?”
“Cuanto menos sepas, menos peligro corremos nosotros, así
que caminá por donde yo te indico con la luz.”
Fueron a través de un camino que atravesaba unos
enormes árboles. Kevin pensaba que tal vez lo llevarían a encontrase con su
padre y huirían hacia otro país. Era una gran idea escapar de noche,
aprovechando la oscuridad.
Efectivamente llegaron a un camino de tierra bastante
alejado de la casa en donde había permanecido escondido. Un coche viejo de
grandes dimensiones los estaba esperando. No era su papá el que lo conducía.
“Metete en el baúl, tapate con la manta que hay
adentro y no se te ocurra hacer un solo ruido.”
Kevin obedeció. Imaginaba que lo estarían buscando y
debía ser cauteloso. La libertad estaba cada vez más cerca.
Nunca supo cuánto duró el viaje, ni hacia donde se
dirigieron. Solo sabía que el auto había transitado por caminos muy olvidados
mediante el traqueteo que sintió. Le dolía el cuerpo por los golpes que se
había dado con las paredes del baúl. Sólo quería que lo sacaran de ahí y
estirarse un poco.
Cuando el vehículo se detuvo, debió esperar un buen
rato hasta que alguien abrió el baúl y lo destapó. No logró ver quién era. Aún
estaba oscuro y las luces de las linternas que alumbraban al coche lo encandilaban.
“Así que vos nos querés mandar al frente.”
No reconoció la voz de quien le hablaba. Notó un
cuerpo que se le acercaba, obeso, de su estatura. Era la voz de una persona más
grande que él. Ninguno de los que estaban ahí eran las mismas personas que lo
habían rescatado. Se puso la mano a modo de visera para lograr apaciguar las
luces.
“¿Quiénes son? ¿Dónde estamos? ¿Y mi papá?”
“Tu papá no va a venir, estás solo con nosotros y
vamos a arreglar cuentas de una vez por todas.”
“¿Qué cuentas?”
El hombre tomó una de las linternas y se iluminó el
rostro.
“¿Sabés quién soy, pendejo?”
Si, Kevin lo sabía perfectamente. Era el mismo hombre
que lo había contratado, a través de otras personas, para asesinar a alguien.
Era el propio tío del muerto. Roberto La Villa.
“¿Qué cuentas vamos a arreglar, la plata que me debe
por el favor que le hice a usted y a su sobrino?”
Roberto rió fuertemente.
“Hay que reconocer que el pibe tiene agallas, eh, con
todas las macanas que se mandó, encima me viene a reclamar!”
Kevin se paró con la mayor seguridad que pudo. Tenía
mucho miedo, pero no podía permitir que se dieran cuenta.
“¿Entonces? ¿Qué cuentas tenemos que arreglar?”
“Vos mataste a mi sobrino.”
“Por orden suya.”
“¿En serio pensás que alguien va a creer eso, mocoso?”
Kevin se daba cuenta de que algo no andaba bien. Su
papá le había dicho que cuando lo ayudaran a fugarse, se reunirían para irse
juntos a otro país. Que pronto podrían recuperar todo el tiempo que habían
estado separados. Que quería tener la oportunidad de ser el padre que nunca
había sido.
“¿Dónde está mi viejo”
Roberto lo miró. No tenía ganas de darle muchas más
vueltas al asunto, ni de darle explicaciones a este chico que le complicaba la
vida.
“Tu papá todavía está en la cárcel, esperando el
tiempo que le falta para cumplir su condena y salir en libertad, como
corresponde.”
Kevin comenzó a sentir que el cuerpo le temblaba.
“Pero él me dijo…”
“Lo que Antonio te haya dicho no tiene importancia. Lo
que importa es que vos estás acá. Y que te conviene empezar a correr si querés
ser libre.”
El chico miró hacia todos lados. No entendía que
estaba pasando.
“Te voy a dar diez minutos de ventaja para que salgas
corriendo y salves tu vida. Pasado ese tiempo, voy a salir de cacería y te
aseguro que jamás fallo un tiro.”
Kevin se quedó estático.
“¿No entendiste, pibe? Empezá a correr o te mato ahora
mismo!”
Kevin trastabilló y comenzó a correr. Se metió por el
monte que había a un costado, esperando poder ganar tiempo. Unos hombres
aparecieron detrás de unos árboles y lo detuvieron por los brazos. Estaban
encapuchados y uno de ellos llevaba una carabina.
“¿Qué está pasando?”
Uno de los hombres se quitó la capucha. Era el sobrino
de Roberto. Era el que llevaba la carabina. Dos más lo sostenían por los brazos
pese a que él luchaba por soltarse.
“Ojo por ojo, y diente por diente. Así lo dice la
Biblia.”
“Pero fuiste vos quien pidió matar a su propio
hermano!”
“Pero yo no le disparé. Vos podías haberte negado.”
Kevin sintió un fogonazo que le atravesó una rodilla.
El dolor era imposible de aguantar.
“Vamos a ver si así podés irte muy lejos.”
Los hombres soltaron a Kevin, que comenzó a caminar
rengueando hacia algún lugar. No sabía a donde se dirigía. No tenía idea de
cómo podría huir de ahí. En la oscuridad sonó otro disparo y algo le atravesó
la pierna sana. Cayó a tierra retorciéndose de dolor.
Lo único claro que tenía en ese momento era que su
padre lo había traicionado, entregándolo a Roberto y comprando su libertad a
cambio de su vida. A lo lejos escuchó un motor. Estaba en un recodo de un
camino. El vehículo, que cada vez se escuchaba más cerca, no llevaba las luces
encendidas. En medio de la noche se escuchó un grito indescifrable. El sonido
del auto se alejó. Poco a poco la noche volvió a estar en silencio.
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