Clide
comenzó a sentir la ausencia de sus hijas y su marido. Las chicas habían
crecido, tenían sus actividades extraescolares, reuniones y salidas con sus
amigas…y él…él se iba por la mañana muy temprano al mercado, luego al negocio,
a veces al mediodía diferentes trámites le impedían regresar a casa, y cuando
lo hacía, apenas intercambiaban alguna palabra. Comía algo y se acostaba a
descansar un rato, para luego irse nuevamente hasta muy entrada la noche.
Se
sentía sola y en una casa en donde aún faltaban cosas. Mabel, una de sus tías,
le propuso una tarde acudir al templo al que era habitué. Ella accedió con una
media sonrisa. No le costaba nada darle un gusto a esa tía que siempre tenía
una palabra de alegría, de esperanza y de consuelo.
Al
ingresar al viejo teatro que era utilizado para las prácticas religiosas, Clide
sintió que en su interior se removían sentimientos dormidos. En el salón
central, dispersos, distintos grupos de fieles charlaban animosamente. Una
mujer se acercó a ellas y las abrazó cariñosamente.
“Bienvenida,
hermana”.
La
mujer la miró a los ojos, con un brillo especial, ¡hacía tanto tiempo que nadie
la abrazaba así! ¡Hacía tanto tiempo que no sentía ese calorcillo que le
recordaba sus tardes de infancia, escuchando a su abuela hablando de Dios!
Ingresaron
a la amplia sala en donde se predicaban los oficios, muy pronto el recinto se
fue llenando, la música era alegre, vivaz, hacía sentir que el cielo estaba ahí
cerca, que la paz era posible. De repente se sintió protegida, acariciada,
cuidada, mimada por muchísimas personas que no le pedían nada a cambio.
Personas que la recibían con una sonrisa, que no le hablaban de problemas, de
dinero, de deudas. Gente que sonreía, que reía, que cantaba, que bailaba
eufórica las alabanzas al Señor.
Desde ese día, Clide tuvo una sola necesidad: ir a ese templo en donde la trataban con cariño, en donde dejaba de ser “la señora de…” para volver a ser ella misma. Le daban la bienvenida con una sonrisa abierta, con un abrazo cálido, con una palabra venturosa.
Al
contrario de su marido, que la hacía sentir que no servía para nada, allí le
dijeron que tenía habilidades de liderazgo y podría ser la guía de algún grupo,
siempre y cuando concluyera sus estudios secundarios.
En el templo se le abrieron oportunidades que Clide había creído perdidas. ¡Podría hacer algo por sí misma! Se sentía rejuvenecida, con ganas de hacer cosas, de volver a sentirse útil, hacer y lograr algo, de tener una meta!
Pero
sus ganas chocaron con la negativa de Osvaldo a que ella hiciera algo fuera de
su casa, de su mundo. La dureza de su marido la dejó atónita.
“¿Estudiar?
¿Para qué? Vos tenés tu propio negocio! ¿Ellos se piensan que hace falta
estudiar para lograr algo? Son unos delincuentes, que viven de la plata de los
demás, que se levanten a las cuatro de la mañana, como hago yo, todos los días,
que se rompan la espalda de cargar y descargar cajones, que se ensucien con la
tierra y se astillen las manos con la madera de los cajones! ¡¡Ja!! La señora
ahora quiere ES-TU-DIAR. A la edad de ser abuela quiere estudiar! En vez de ir
a perder el tiempo a ese tugurio, deberías ir al negocio a ayudarme, ya que te
sobra tanto el tiempo!”
Clide
quedó en silencio ante su marido. Ella había trabajado muy duro a su lado para
que no tuviera que gastar en changarines. Muchas veces se había levantado con
él de madrugada, lo había acompañado al mercado y lo había ayudado a cargar
cajones a la camioneta para hacer más rápido. En pocas oportunidades había
visto que las mujeres de otros verduleros hicieran lo mismo. Como mucho, ellas
los acompañaban en las recorridas por los puestos, elegían alguna que otra
mercadería, participaban de las decisiones de compras y luego se quedaban
sentadas, esperando adentro del vehículo a que los chicos que iban hasta el
estacionamiento del mercado a ofrecerse para ayudar a los compradores a cargar
sus bultos en los vehículos, hicieran su trabajo.
Clide
jamás había podido opinar sobre las compras, la calidad de la mercadería o
algún aspecto del negocio. Cuando iba a reemplazarlo al negocio era porque
debía realizar algún trámite y tampoco tenía injerencia sobre alguna compra o
decisión. Sólo cuidar que el empleado cumpliera sus funciones, estar a cargo de
la caja y, una vez que él regresaba, ayudarlo con las entregas a domicilio de
algunos clientes especiales. Atender a sus hijas le llevaba mucho tiempo,
llevarlas y traerlas a las distintas actividades que tenían, preparar las
distintas comidas, arreglar la casa, eran todas tareas que para su marido no
tenían valor.
Lo
que en realidad le molestaba a Osvaldo era que Clide pudiera ser algo más que
él, supiera más y lograra salir de ese círculo en el cuál él se sentía un dios,
al que nadie podía contradecir. La inseguridad ante el despertar de Clide a una
nueva vida, fue lo que lo hizo tambalear.
Clide se sentía dividida entre sus creencias y su marido, que de repente veía como un inconveniente que ella practicara la fe en la que había nacido. Por un lado, ella sentía la plenitud de creer en sí misma…por otro lado, veía que su matrimonio podía tambalear y no sabía qué hacer.
Eligió
seguir su camino, sorteando todos los escollos que le pusieran por delante y
tratando de sostener esa familia resquebrajada que aún no había llegado a su
peor crisis. Iba a estudiar, a superarse, a hacer algo para su crecimiento
personal. Quería ser un ejemplo para sus hijas, que estuvieran orgullosas de
ella y no que la vieran como la sombra que hasta ahora había sido.
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