Epílogo



   Había pasado más un año. La chica se estiró en su enorme cama, la luz entraba por el ventanal y comenzaba la primavera. Se levantó recordando su infancia, cuando mamá preparaba el desayuno, mientras sus hermanas protestaban porque querían ver diferentes programas de televisión. Nunca logró saber qué ocurrió con su mamá.

   Aún recordaba las caras de Juliana y Beatriz a través de la video conferencia mediante la cuenta de Germán, que las había contactado y pedido estar a determinada hora conectadas, porque tenía algo muy importante qué decirles. Y que además debía quedar en el más absoluto secreto. Nadie de la familia podría saber que Florencia se había comunicado con ellas, que estaba viva y que el chico tenía una participación importante en su hallazgo.

   Lloraron. Se prometieron volver a verse, abrazarse fuerte. También así supo por sus hermanas que Osvaldo había muerto hacía unos años, que Beatriz tenía dos niños y que Juliana había logrado vencer sus traumas. Ese día se enteró que había sido Roberto quien la abusaba, que su tío había pergeñado el plan de acusar a Fabio ante Osvaldo para poder manipularlo a su antojo y meterlo en sus negocios turbios.

   Caminó hacia la terraza. La mucama ya le había traído su desayuno y ella sabía que ese día maravilloso guardaba un hecho especial. Se dio un baño, y se vistió con una ropa muy particular, una ropa que se había prometido a sí misma no volver a ponerse. Pero esta vez era el disfraz para concretar su venganza.

   German entró con un sobre. El día que se encontraron en el hotel, le prometió ayudarla, sacarla de ese infierno y ofrecerle venganza. Le pagó una buena suma al dueño del prostíbulo y un extra para fingir la muerte de su prima. Pagó a algunos funcionarios que firmaron el acta de defunción. Florencia para el mundo estaba muerta. Y ese día nació Natasha, la mujer que se había propuesto ver morir a Roberto.

   German la llevó hasta un lugar, en donde ella se cambió a una camioneta que le produjo cierto escalofrío, tenía cortinas en los vidrios, pero esta vez no se sentaría en el suelo y sabía muy bien en donde estaba. Llegó a la casa de Roberto, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

   Le repugnaba hacer el papel de prostituta ante él, verlo baboseante, con los ojos vidriosos de lujuria. Pensaba en los tocamientos a su hermana, tan pequeña, que nunca nadie advirtió. Se sintió triunfal cuando Roberto bebió el licor ofrecido por ella, que contenía una dosis de una droga suficiente para provocarle un paro cardíaco, matándolo lentamente.

   Disfrutó de verlo retorcerse, jadeante, pidiendo auxilio. Recordaba cuando ella se descubrió en aquella habitación cerrada, desnuda, violada, indefensa, y él burlándose y vendiéndola como si fuera un mueble viejo. Cuando su tío estaba en sus últimos momentos se fue, dejándolo morir solo. Llamó a la ambulancia, a la policía, lloró desesperada, usando un acento extraño para que creyeran que era de un país del norte. Presentó sus papeles, absolutamente legales. Era Natasha y nadie podía pensar otra cosa.

   Había fingido tantas veces placer con sus clientes, que no le había costado nada fingir desesperación ante los oficiales y paramédicos. Roberto había muerto. Habiendo contratado a una prostituta, no era ilógico pensar que había tomado alguna pastilla para mejorar su virilidad. Y ese remedio para un hombre tan mayor, era mortal.

   Cuando concluyeron todos los trámites, la joven tomó un taxi para despistar a quien pudiera seguirla. Bajó a las pocas cuadras y Germán apareció en un coche negro. Ella subió. Ahora sí, era definitivamente libre.



Fin...¿...?

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