Nunca se perdonaría haber sido tan ciego. La voz de
Fabio comentándole sobre los cambios de comportamiento de Juliana; su hija
huyendo de todos, cada vez más huraña, triste, oscura, deprimida. Clide, tirada
en el piso, con la mirada fija en algún punto lejano, tras el golpe que él le
había dado en medio de la discusión que tuvieron cuando ella supo que había dado
la orden de matar a su hermano.
El tío, sonriéndole, siendo amable, acorralándolo con
palabras y más palabras, metiéndolo en su negocio de drogas. Él mismo,
soberbio, altanero, sintiéndose omnipotente ante todos, sólo porque tenía algo
más de dinero.
Ella, diciéndole que la vida era una rueda, que todo,
más tarde o más temprano, se pagaba. Sus ojos oscuros llenos de dolor, un dolor
contenido porque jamás se había permitido llorar en su presencia. Ella había
sido la única que le mostró los caminos y le dio la libertad de elegir cuál
tomar. Él se había burlado de sus palabras, porque creía que el dinero y el
poder compraban todo.
Manejó sin saber exactamente a dónde. Se detuvo al
borde de la ruta y miró. Estaba cerca de uno de los campos a donde iban a cazar
con su tío. Era el mejor lugar para entrar con una escopeta e irse caminando
hacia la nada, solo y sin que nadie le hiciera preguntas.
La única solución que veía clara era desaparecer. Si
aún le quedaba algo de dignidad, tenía que matarse porque no podría mirar a sus
hijas, ni a nadie más a los ojos. Ya no tenía sentido ocultar todo lo que había
hecho. Su familia lo repudiaría, sus amistades le darían vuelta el rostro y
todo lo que había logrado se habría perdido para siempre. Morir. Era la única
opción que tenía.
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