“Quedate
guardado, tenés que esperar a que pase la bulla, en poco tiempo habrá otro
crimen y nadie se va a acordar de vos, ni de nada de lo que pasó”. Las palabras
del viejo gordo resonaban en su cabeza. Le habían garantizado seguridad. Que
nada le pasaría. Que su crimen quedaría impune.
No
comprendía qué hacía encerrado en una cárcel, trasladado a una localidad
lejana, alejado de su familia, de sus amigos. Este era un mundo en donde había
pibes más crueles y fuertes que él. Chicos que nunca habían tenido nada que
perder y se la jugaban a lo que fuera. Mientras esperaba que le hicieran las
curaciones por las heridas de la última golpiza que le propinaron los muchachos
que se autodenominaban “dueños del pabellón”, buscaba alguna respuesta a sus
preguntas.
El
viejo le había asegurado que si cumplía el trabajo, nadie lo tocaría.
Precisamente su ventaja era la edad: ser menor le garantizaba un trato muy
liviano por parte de la justicia, con el pretexto de que era un chico que había
sido desfavorecido por las distintas políticas de gobierno de los anteriores
mandatarios y ahora había que ser tolerantes con los “errores” que estos
chicos, excluidos por la sociedad, cometían.
Pura
demagogia para sostener un sistema corrupto y beneficiarse algunos de la pésima
situación de otros. Pero a Kevin solo le importaba que el trato no se hubiera
cumplido. No había recibido su pago, lo tuvieron preso en una habitación con
apenas lo mínimo indispensable, luego lo dejaron a su suerte solo porque no
había cumplido la orden de permanecer “guardado”, sin embargo, había recibido
la visita de un abogado, enviado por su padre, recomendándole que no hablara.
El
fiscal le había pedido que firmara un acuerdo, confesando el crimen. Le darían
“tan solo” 14 años de condena. ¡¡Catorce años encerrado!! Y quienes lo enviaron
a ese agujero, disfrutando de los beneficios que la muerte de ese hombre les
habría proporcionado. Debía encontrar una forma de huir, de salir de ese lugar,
en donde su vida corría riesgo. Quería volver a caminar por las calles, libre, tal
y como le habían prometido.
El
abogado que lo visitaba podía comunicarse con su padre. Pronto saldría de la
cárcel y quería presentarse ante él y mirarlo a los ojos, quería ver cuán
orgulloso se sentía de su hijo, que supiera que quería seguir sus pasos y su
ejemplo.
“Necesito
fugarme de acá. Conseguí la forma de que pueda hacerlo. Y asegurame que no me
van a agarrar.”
El
abogado lo miró.
“¿Vos
estás loquito, pibe?”
“No,
estoy podrido de estar acá. Esto no fue lo que arreglé con el viejo, a mí me
dijeron que no iba a caer y si no me sacan de acá, hablo”.
“Pará,
pará, no te pongas nervioso que estás hablando de gente muy pesada.”
“¿Pesada?
Decile al más pesado, al viejo ese que me cagó, que si me pasa algo acá
adentro, hay un video guardado que le va a llegar a un fiscal que él no va a
poder comprar. Que si me muero de forma sospechosa, ese video ve la luz en
todos los noticieros. Que no se va a llevar de arriba el muerto que tienen, él
y el sobrino. Y no solo el fiambre, la mercadería que exporta a Italia también
sale a la luz, decile eso.”
El
abogado miró a Kevin a los ojos. El chico tenía la mirada fiera y dura. Había
pasado demasiadas cosas como para estar haciendo una broma o una bravuconada de
pibe acorralado por la desesperación. Sabía muy bien de qué hablaba y, por lo
visto, se había asegurado pruebas que iban a poner nerviosa a mucha gente.
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