Capítulo 25



“Quedate guardado, tenés que esperar a que pase la bulla, en poco tiempo habrá otro crimen y nadie se va a acordar de vos, ni de nada de lo que pasó”. Las palabras del viejo gordo resonaban en su cabeza. Le habían garantizado seguridad. Que nada le pasaría. Que su crimen quedaría impune.

   No comprendía qué hacía encerrado en una cárcel, trasladado a una localidad lejana, alejado de su familia, de sus amigos. Este era un mundo en donde había pibes más crueles y fuertes que él. Chicos que nunca habían tenido nada que perder y se la jugaban a lo que fuera. Mientras esperaba que le hicieran las curaciones por las heridas de la última golpiza que le propinaron los muchachos que se autodenominaban “dueños del pabellón”, buscaba alguna respuesta a sus preguntas.

   El viejo le había asegurado que si cumplía el trabajo, nadie lo tocaría. Precisamente su ventaja era la edad: ser menor le garantizaba un trato muy liviano por parte de la justicia, con el pretexto de que era un chico que había sido desfavorecido por las distintas políticas de gobierno de los anteriores mandatarios y ahora había que ser tolerantes con los “errores” que estos chicos, excluidos por la sociedad, cometían.

   Pura demagogia para sostener un sistema corrupto y beneficiarse algunos de la pésima situación de otros. Pero a Kevin solo le importaba que el trato no se hubiera cumplido. No había recibido su pago, lo tuvieron preso en una habitación con apenas lo mínimo indispensable, luego lo dejaron a su suerte solo porque no había cumplido la orden de permanecer “guardado”, sin embargo, había recibido la visita de un abogado, enviado por su padre, recomendándole que no hablara.

   El fiscal le había pedido que firmara un acuerdo, confesando el crimen. Le darían “tan solo” 14 años de condena. ¡¡Catorce años encerrado!! Y quienes lo enviaron a ese agujero, disfrutando de los beneficios que la muerte de ese hombre les habría proporcionado. Debía encontrar una forma de huir, de salir de ese lugar, en donde su vida corría riesgo. Quería volver a caminar por las calles, libre, tal y como le habían prometido.

   El abogado que lo visitaba podía comunicarse con su padre. Pronto saldría de la cárcel y quería presentarse ante él y mirarlo a los ojos, quería ver cuán orgulloso se sentía de su hijo, que supiera que quería seguir sus pasos y su ejemplo.

“Necesito fugarme de acá. Conseguí la forma de que pueda hacerlo. Y asegurame que no me van a agarrar.”

   El abogado lo miró.

“¿Vos estás loquito, pibe?”

“No, estoy podrido de estar acá. Esto no fue lo que arreglé con el viejo, a mí me dijeron que no iba a caer y si no me sacan de acá, hablo”.

“Pará, pará, no te pongas nervioso que estás hablando de gente muy pesada.”

“¿Pesada? Decile al más pesado, al viejo ese que me cagó, que si me pasa algo acá adentro, hay un video guardado que le va a llegar a un fiscal que él no va a poder comprar. Que si me muero de forma sospechosa, ese video ve la luz en todos los noticieros. Que no se va a llevar de arriba el muerto que tienen, él y el sobrino. Y no solo el fiambre, la mercadería que exporta a Italia también sale a la luz, decile eso.”

   El abogado miró a Kevin a los ojos. El chico tenía la mirada fiera y dura. Había pasado demasiadas cosas como para estar haciendo una broma o una bravuconada de pibe acorralado por la desesperación. Sabía muy bien de qué hablaba y, por lo visto, se había asegurado pruebas que iban a poner nerviosa a mucha gente.

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