Capítulo 51



   Desde la entrada de la parroquia hasta el púlpito había una distancia que a Roberto lo fatigaba. No le gustaba caminar y la buena vida que se daba lo había hecho subir de peso. Cualquier movimiento que hiciera le provocaba agitación y cansancio, mucho más en ese verano que por alguna razón había sido el más caluroso que recordara.

   Se sentó en la primera fila de bancos frente al altar. Dentro de la iglesia estaba fresco y se sentía una pequeña corriente que provenía de la sacristía. Poco a poco entraron otros feligreses, gente mayor que tenía la costumbre de asistir a la misa de las once, sin importar la temperatura ni las condiciones climáticas.

   Puntualmente el sacerdote comenzó su oficio frente a un grupo de no más de quince personas. Roberto lo escuchaba con los ojos casi cerrados, repitiendo en voz apenas audible cada palabra que el clérigo pronunciaba, con un fervor que emocionaba al párroco. Se sabía todo el ritual de memoria y era el primero en la fila en el momento de impartir la comunión.

   Roberto miraba cada movimiento del cura, las bendiciones que le daba al vino, cómo elevaba la hostia hacia el cielo, sentía que había algo misterioso que jamás podría comprender y que hubiera querido alcanzar.

   Al término del oficio religioso se dirigió a la sacristía. Necesitaba hablar con el cura. Tenía que pedirle algunas cosas y entregarle un cheque para cumplimentarlas.

“Don Roberto, que alegría verlo! ¡Con este calor, hombre!”

“Padre, no existen excusas para visitar la casa del Señor y escuchar su palabra.”

   Se dieron un abrazo.

“¿Quiere tomar algo fresco? Tengo limonada preparada en la heladera de mi casa y si se lo pido, el monaguillo me la trae en dos minutos.”

“No, no se preocupe, Padre, yo estoy bien.”

“Dígame, en qué lo puedo ayudar?”

“Voy a viajar a Italia por un tiempo, mi hijo se va a operar de la vesícula y no sé cuánto demorará la rehabilitación, así que venía para traerle el cheque de ayuda para sostener las actividades de la parroquia”.

   Roberto buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó su billetera, ya tenía preparado el cheque con una cifra más abultada que lo habitual. El sacerdote no pudo ocultar su asombro al leerlo.

“Es mucho, don Roberto, usted siempre tan generoso.”

“Nunca se es suficientemente generoso para agradecer al Señor los dones que hemos recibido en la vida, Padre.”

“Ojalá hubiera otros feligreses que colaboraran con una pequeña parte de lo que usted nos da.”

“Padre, cada uno con su consciencia, yo tengo la mía muy tranquila.”

“No me caben dudas de eso, don Roberto. Usted tiene ganado un espacio en el cielo, muy cerca del Señor.”

“Padre, necesito un favor, no crea que todo es gratis en esta vida.”

   El sacerdote miró a Roberto con curiosidad, había dicho esa frase muy seriamente, pero lo que pidiera ese hombre tan generoso sería cumplido.

“Dígame, lo escucho,”

“Le pido que en cada misa pida por el alma de mi sobrino, no lo veo nada bien desde que su esposa se fue de misión con un grupo evangélico y me preocupa su estado anímico.”

“Si, su sobrino es un colaborado de esta parroquia y un hombre de mucha fe.”

“Lo sé, lo sé, mi sobrino fue el único que siguió la costumbre de nuestra familia de seguir a San Basilio y homenajearlo en su fecha.”

   Roberto había hecho traer la imagen del santo desde Italia, ya que era el patrono del pequeño pueblo en el que había nacido. Si bien él casi no había vivido en ese sitio, cuando viajó por primera vez se sorprendió de las historias que escuchó en ese pueblo. Y esa imagen le serviría perfectamente para disimular la verdad sobre sus actividades. El cura jamás imaginaría el secreto que se ocultaba tras la adoración por parte de Roberto y Osvaldo a ese santo.

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