Desde la entrada de la parroquia hasta el púlpito
había una distancia que a Roberto lo fatigaba. No le gustaba caminar y la buena
vida que se daba lo había hecho subir de peso. Cualquier movimiento que hiciera
le provocaba agitación y cansancio, mucho más en ese verano que por alguna
razón había sido el más caluroso que recordara.
Se sentó en la primera fila de bancos frente al altar.
Dentro de la iglesia estaba fresco y se sentía una pequeña corriente que
provenía de la sacristía. Poco a poco entraron otros feligreses, gente mayor
que tenía la costumbre de asistir a la misa de las once, sin importar la
temperatura ni las condiciones climáticas.
Puntualmente el sacerdote comenzó su oficio frente a
un grupo de no más de quince personas. Roberto lo escuchaba con los ojos casi
cerrados, repitiendo en voz apenas audible cada palabra que el clérigo
pronunciaba, con un fervor que emocionaba al párroco. Se sabía todo el ritual
de memoria y era el primero en la fila en el momento de impartir la comunión.
Roberto miraba cada movimiento del cura, las
bendiciones que le daba al vino, cómo elevaba la hostia hacia el cielo, sentía
que había algo misterioso que jamás podría comprender y que hubiera querido
alcanzar.
Al término del oficio religioso se dirigió a la
sacristía. Necesitaba hablar con el cura. Tenía que pedirle algunas cosas y
entregarle un cheque para cumplimentarlas.
“Don Roberto, que alegría verlo! ¡Con este calor,
hombre!”
“Padre, no existen excusas para visitar la casa del
Señor y escuchar su palabra.”
Se dieron un abrazo.
“¿Quiere tomar algo fresco? Tengo limonada preparada
en la heladera de mi casa y si se lo pido, el monaguillo me la trae en dos
minutos.”
“No, no se preocupe, Padre, yo estoy bien.”
“Dígame, en qué lo puedo ayudar?”
“Voy a viajar a Italia por un tiempo, mi hijo se va a
operar de la vesícula y no sé cuánto demorará la rehabilitación, así que venía
para traerle el cheque de ayuda para sostener las actividades de la parroquia”.
Roberto buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó su
billetera, ya tenía preparado el cheque con una cifra más abultada que lo
habitual. El sacerdote no pudo ocultar su asombro al leerlo.
“Es mucho, don Roberto, usted siempre tan generoso.”
“Nunca se es suficientemente generoso para agradecer
al Señor los dones que hemos recibido en la vida, Padre.”
“Ojalá hubiera otros feligreses que colaboraran con
una pequeña parte de lo que usted nos da.”
“Padre, cada uno con su consciencia, yo tengo la mía
muy tranquila.”
“No me caben dudas de eso, don Roberto. Usted tiene
ganado un espacio en el cielo, muy cerca del Señor.”
“Padre, necesito un favor, no crea que todo es gratis
en esta vida.”
El sacerdote miró a Roberto con curiosidad, había
dicho esa frase muy seriamente, pero lo que pidiera ese hombre tan generoso
sería cumplido.
“Dígame, lo escucho,”
“Le pido que en cada misa pida por el alma de mi
sobrino, no lo veo nada bien desde que su esposa se fue de misión con un grupo
evangélico y me preocupa su estado anímico.”
“Si, su sobrino es un colaborado de esta parroquia y
un hombre de mucha fe.”
“Lo sé, lo sé, mi sobrino fue el único que siguió la
costumbre de nuestra familia de seguir a San Basilio y homenajearlo en su
fecha.”
Roberto había hecho traer la imagen del santo desde
Italia, ya que era el patrono del pequeño pueblo en el que había nacido. Si
bien él casi no había vivido en ese sitio, cuando viajó por primera vez se
sorprendió de las historias que escuchó en ese pueblo. Y esa imagen le serviría
perfectamente para disimular la verdad sobre sus actividades. El cura jamás
imaginaría el secreto que se ocultaba tras la adoración por parte de Roberto y
Osvaldo a ese santo.
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