Capítulo 28



   La ruta estaba casi desierta a esa hora de la madrugada. Era la misma hora de siempre, sin embargo esa mañana era distinta. Osvaldo manejaba tranquilo, con la ventanilla baja a pesar de ser invierno. Quizás la ansiedad de no cometer ningún error no le permitía sentir la baja temperatura. Fumaba, mientras veía algún que otro vehículo dirigiéndose a la ciudad.


   El tío Roberto le había aconsejado que durmiera bien, que comiera liviano y si los nervios le jugaban una mala pasada, que tomara una pastillita que lo relajaría. Esa noche tanto Clide como las chicas se asombraron mucho al ver esos cambios en los hábitos de Osvaldo. Él acostumbraba a cenar en abundancia, tomar vino y quedarse mirando televisión hasta tarde mientras bebía whisky. Normalmente dormía tres o cuatro horas antes de levantarse para ir al mercado a proveerse.


   Al llegar Osvaldo respiró profundamente. Le dio la última pitada al cigarro y lo tiró al piso. Había ido tantas veces durante tantos años, le conocía cada rincón, cada puesto, sin embargo esa mañana se le hacía un lugar diferente, nuevo desconocido. Saludaba a todos los vendedores como de costumbre, pero ahora tenían algo distinto. Sabía, por el tío Roberto, que varios de ellos tenían un secreto, que vender frutas, verduras y hortalizas no era a lo único que se dedicaban.


   Al fin llegó al puesto que necesitaba. José lo saludó con la sonrisa de siempre.

"Qué hacés, Osvaldito, ¿cómo andás?"

"Bien, don José, todo bien"

"¿Qué andas necesitando? ¿Ya te quedaste sin limones?" le dijo José a modo de chascarrillo.

"No, de los que llevé el otro día tengo, necesito otro producto", dijo Osvaldo jugueteando con la caja de cigarrillos.

   José lo miró extrañado.

"¿Qué otro producto podés necesitar, muchacho?"

   Osvaldo se acercó al puestero y le dijo a media voz:

"Me dijeron que usted trae unos cítricos especiales de Bolivia, que acá no se consiguen".

   José lo miró asombrado. Nunca imaginó que Osvaldo pudiera dedicarse a ese rubro del que pocos participaban.

"Ajá, pero mirá que eso vale mucha plata", le respondió sin afirmar nada, ya que había que ser muy precavido.

"Lo sé, por la plata no se haga problema,¡ o acaso yo alguna vez le fallé?”

   José le hizo una seña para que se acercara más y poder hablar sin que los vieran.

"¿Quién te habló de mí?"

"Gente que sabe, que me propuso algo y yo acepté. Quédese tranquilo, don José, que a mí tampoco me interesa que nadie sepa que estoy en este asunto, si?"

   José llamó a uno de los muchachos que lo ayudaban.  

"Preparale un cajón de los cítricos de Bolivia a Osvaldo, fijate que esté bien armado el cajón".

   El chico salió disparando hacia otro sector del puesto. Al rato trajo consigo un cajón de limones que no tenía nada de diferente a los otros.

"¿Es eso? ¿Seguro?"

"Quedate tranquilo, que acá nadie jode a nadie, menos con estos temas."

   Osvaldo pagó el importe que José le anotó en un papel. Puso el cajón en un carro y fue a otros puestos tratando de fingir tranquilidad. Rodeó el cajón con otros productos, llevó toda la compra hasta la camioneta y subió el personalmente a la caja toda la mercadería.


Se fue con la sensación extraña de que nada había pasado y, sin embargo, todo había sido nuevo. Ahora llevaba en la parte trasera de su camioneta un cajón lleno de drogas y eso lo ponía algo nervioso. Condujo hasta su local, le pidió a su empleado que lo ayude a bajar todo y ubicarlo en el depósito y, cuando hubieron terminado, se sentó a fumar un cigarrillo en el patiecito trasero, mirando el cajón de falsos cítricos bolivianos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario