La ruta estaba
casi desierta a esa hora de la madrugada. Era la misma hora de siempre, sin
embargo esa mañana era distinta. Osvaldo manejaba tranquilo, con la ventanilla
baja a pesar de ser invierno. Quizás la ansiedad de no cometer ningún error no
le permitía sentir la baja temperatura. Fumaba, mientras veía algún que otro
vehículo dirigiéndose a la ciudad.
El tío Roberto
le había aconsejado que durmiera bien, que comiera liviano y si los nervios le
jugaban una mala pasada, que tomara una pastillita que lo relajaría. Esa noche
tanto Clide como las chicas se asombraron mucho al ver esos cambios en los
hábitos de Osvaldo. Él acostumbraba a cenar en abundancia, tomar vino y
quedarse mirando televisión hasta tarde mientras bebía whisky. Normalmente
dormía tres o cuatro horas antes de levantarse para ir al mercado a proveerse.
Al llegar
Osvaldo respiró profundamente. Le dio la última pitada al cigarro y lo tiró al
piso. Había ido tantas veces durante tantos años, le conocía cada rincón, cada
puesto, sin embargo esa mañana se le hacía un lugar diferente, nuevo
desconocido. Saludaba a todos los vendedores como de costumbre, pero ahora
tenían algo distinto. Sabía, por el tío Roberto, que varios de ellos tenían un
secreto, que vender frutas, verduras y hortalizas no era a lo único que se
dedicaban.
Al fin llegó al
puesto que necesitaba. José lo saludó con la sonrisa de siempre.
"Qué hacés,
Osvaldito, ¿cómo andás?"
"Bien, don
José, todo bien"
"¿Qué andas
necesitando? ¿Ya te quedaste sin limones?" le dijo José a modo de
chascarrillo.
"No, de los
que llevé el otro día tengo, necesito otro producto", dijo Osvaldo
jugueteando con la caja de cigarrillos.
José lo miró
extrañado.
"¿Qué otro
producto podés necesitar, muchacho?"
Osvaldo se
acercó al puestero y le dijo a media voz:
"Me dijeron
que usted trae unos cítricos especiales de Bolivia, que acá no se
consiguen".
José lo miró asombrado.
Nunca imaginó que Osvaldo pudiera dedicarse a ese rubro del que pocos
participaban.
"Ajá, pero
mirá que eso vale mucha plata", le respondió sin afirmar nada, ya que
había que ser muy precavido.
"Lo sé, por
la plata no se haga problema,¡ o acaso yo alguna vez le fallé?”
José le hizo una
seña para que se acercara más y poder hablar sin que los vieran.
"¿Quién te
habló de mí?"
"Gente que
sabe, que me propuso algo y yo acepté. Quédese tranquilo, don José, que a mí
tampoco me interesa que nadie sepa que estoy en este asunto, si?"
José llamó a uno
de los muchachos que lo ayudaban.
"Preparale
un cajón de los cítricos de Bolivia a Osvaldo, fijate que esté bien armado el
cajón".
El chico salió
disparando hacia otro sector del puesto. Al rato trajo consigo un cajón de
limones que no tenía nada de diferente a los otros.
"¿Es eso?
¿Seguro?"
"Quedate
tranquilo, que acá nadie jode a nadie, menos con estos temas."
Osvaldo pagó el
importe que José le anotó en un papel. Puso el cajón en un carro y fue a otros
puestos tratando de fingir tranquilidad. Rodeó el cajón con otros productos,
llevó toda la compra hasta la camioneta y subió el personalmente a la caja toda
la mercadería.
Se fue con la
sensación extraña de que nada había pasado y, sin embargo, todo había sido
nuevo. Ahora llevaba en la parte trasera de su camioneta un cajón lleno de
drogas y eso lo ponía algo nervioso. Condujo hasta su local, le pidió a su
empleado que lo ayude a bajar todo y ubicarlo en el depósito y, cuando hubieron
terminado, se sentó a fumar un cigarrillo en el patiecito trasero, mirando el
cajón de falsos cítricos bolivianos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario