Se había jubilado. La vida había sido buena con ella.
Tras curar su dolor por ese amor dañino, había encontrado a un compañero,
alguien con quien compartir caminatas, charlas, días y noches llenas de paz.
Tenía la mirada mansa, la palabra precisa. La pasión desenfrenada, el deseo
loco, la obsesión casi animal que había sentido por él, había desaparecido por
un remanso. ¿Quién le había dicho que lo otro era amor? ¿Quién le había
enseñado que el amor era algo adictivo y enfermizo?
Afortunadamente, había conocido otra clase de
amor, pleno, puro, transparente. Pero lo bueno no dura eternamente, y una
mañana, de esas en las que el sol comienza a entibiar la tierra, al abrir las
ventanas para sentir el aroma de las rosas que él había cultivado con tanto
cariño, su sueño se prolongó para siempre. Lo llamó varias veces, pero él, que
tenía el sueño liviano, no la escuchaba.
Un nudo le cerró la garganta. Aquélla noche previa, la
había mirado a los ojos de una forma especial. Le había agradecido esos años de
ensueño, de paraíso en la tierra. Le había dado un beso en la frente y la había
estrechado en sus brazos antes de dormirse. Tomó su mano y la notó helada. Cayó
sobre la sábana, pesada, sin vida. De repente se sintió sola. Él le había
enseñado a quitarse la armadura, a no tener miedos. Ambos sabían que este
momento llegaría, lo habían hablado muchas veces, pero vivirlo era tan
distinto!
Lo extrañaba terriblemente. En su casa solo había
silencio. Cuidar las flores no le alcanzaba para llenar su tiempo. Una amiga le
contó que colaboraba en sanatorios, acompañando a gente sola, leyéndoles,
compartiendo con ellos música o haciéndolos pasear por el parque que poseían.
Cerca de su casa había una clínica de rehabilitación y
decidió ir. Habló con el director, acordaron los días que ella podía asistir,
qué actividades haría con los distintos pacientes. Ella sentía que podría ser
útil a alguien y que él, en donde estuviera, estaría sonriéndole, con esa
mirada limpia que la llenaba de paz.
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