Capítulo 32



   Osvaldo entró al hotel en donde se realizaba la fiesta por la llegada de la primavera. Sabía que esa noche muchas cosas podían cambiar en su vida. Pero debía apostar y jugarse a perder.

   Se había separado de Clide desde hacía un par de semanas. Necesitaba que ella reaccionara de alguna forma y dejara de ir a su templo, de estar todo el día enfrascada con libros religiosos, mirando programas de pastores y escuchando la radio en donde continuaban dando los mismos mensajes de redención.

   Ya no soportaba llegar a su casa y que su esposa no le prestase atención, comer solo, que sus hijas también siguieran a su madre en ese camino espiritual que a él, en un principio, no le había molestado ya que lo tomaba como un entretenimiento, pero que ahora les absorbía la mayor parte del tiempo y era el único tema de conversación entre las mujeres de su casa.

   Había una mujer. Una muy particular que le había llamado la atención. Concurría a su negocio y poco a poco había comenzado a esperar su llegada. Le parecía misteriosa, cerrada, demasiado seria tal vez. Le provocaba curiosidad su historia y no sabía cómo acercarse a ella.

   Una mañana escuchó su voz, él estaba ordenando cosas en su local y ella hablaba por teléfono desde la vereda. Reía. Pocas veces la había escuchado reír. Prestó atención y supo que iría con alguien a una fiesta. Por la forma de hablar no parecía que estuviera hablando con un hombre. Debería aprovechar esta oportunidad para aproximarse y saber qué oportunidades tenía.

   Ella cortó la comunicación y entró al puesto. Se saludaron y ella, como siempre, mantenía la distancia. Osvaldo necesitaba buscar la forma de averiguar más sobre su vida, sobre ella, si estaba con alguien. El corazón le latía con fuerza, como hacía muchísimo tiempo que no le pasaba. Era una extraña sensación, que lo llenaba de una energía que desconocía.

   Ella cumplía su trabajo y se retiraba. Osvaldo buscó temas de conversación para retenerla. Buscaba en su mente y sólo se le ocurrió la situación actual de la economía, las dificultades para comerciantes como él. Necesitaba fumar. Afuera llovía. Le pidió seguir la charla en la vereda, refugiados por el toldo, mientras calmaba su ansiedad con un cigarrillo.

   Siguió hablando de nada, investigando en el rostro de esa mujer alguna emoción. Quería decirle que algo le estaba pasando, que ella podría ser la puerta a otro mundo, que lo atraía como la luz a una mariposa. Pero tenía miedo de asustarla, de que lo tratara como si estuviera loco, de que huyera y destruir para siempre esa oportunidad de conocer qué era lo que lo conmovía tanto.

   No supo cómo seguir. Ella lo escuchaba asintiendo o negando, con muy pocas palabras. De repente pensó en la conversación que escuchó. Iría a esa fiesta. Si ella concurría con un hombre, sabría que no tenía chances, si iba sola, existía la posibilidad de abrir una puerta al corazón de esa mujer.

   Entró al salón y la media luz le impedía saber si ya había llegado o en donde estaba. Caminó, con el paso firme y dispuesto a todo. Sentía que era su oportunidad de ser feliz, de renunciar a todo, de comenzar una vida nueva. Incluso, renunciaría a continuar con el negocio de Roberto. Quería ordenar su vida de una vez y para siempre.

   Al comenzar la música decidió recorrer el lugar. Había muchas mujeres hermosas, solas, pero él buscaba a una sola. De repente la vio. Bailaba y reía. Muy pocas veces la había visto reír. Se dio cuenta de que estaba sola, charlaba con otra mujer. No estaba llamativa, pero tenía una energía radiante. La miró desde un rincón, dudando qué hacer. Le gustaba verla así, suelta, libre, riendo, emanando luz.

   Respiró profundo. Era ahora o nunca. Se acercó a ella, le tomó la mano. Ella lo miró sorprendida y con una enorme sonrisa. Osvaldo tenía un nudo en la garganta pero debía decir algo.

“Hola, ¿bailamos?”

   Ella miró a su amiga. Tuvo un gesto de duda y aceptó. Osvaldo la llevó hasta un lugar más espacioso, no quería que se sintiera invadida, quería conquistarla y a la vez quería llevarla muy lejos de ahí, tenerla solo para él. Pero debía ser paciente.

   Supo que no tenía compromisos, esperó a que ella sintiera confianza. De repente no pudo aguantar más la necesidad de abrazarla, de sentir su perfume. La proximidad de su rostro lo llenaba de ansiedad. No resistió y le dio un beso, largo y profundo. Sintió que toda la vida había estado esperando ese beso. Sintió que jamás había dejado de besarla.

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