Osvaldo entró al hotel en
donde se realizaba la fiesta por la llegada de la primavera. Sabía que esa
noche muchas cosas podían cambiar en su vida. Pero debía apostar y jugarse a
perder.
Se había separado de Clide
desde hacía un par de semanas. Necesitaba que ella reaccionara de alguna forma
y dejara de ir a su templo, de estar todo el día enfrascada con libros
religiosos, mirando programas de pastores y escuchando la radio en donde
continuaban dando los mismos mensajes de redención.
Ya no soportaba llegar a su
casa y que su esposa no le prestase atención, comer solo, que sus hijas también
siguieran a su madre en ese camino espiritual que a él, en un principio, no le
había molestado ya que lo tomaba como un entretenimiento, pero que ahora les
absorbía la mayor parte del tiempo y era el único tema de conversación entre
las mujeres de su casa.
Había una mujer. Una muy
particular que le había llamado la atención. Concurría a su negocio y poco a
poco había comenzado a esperar su llegada. Le parecía misteriosa, cerrada,
demasiado seria tal vez. Le provocaba curiosidad su historia y no sabía cómo
acercarse a ella.
Una mañana escuchó su voz,
él estaba ordenando cosas en su local y ella hablaba por teléfono desde la
vereda. Reía. Pocas veces la había escuchado reír. Prestó atención y supo que
iría con alguien a una fiesta. Por la forma de hablar no parecía que estuviera
hablando con un hombre. Debería aprovechar esta oportunidad para aproximarse y
saber qué oportunidades tenía.
Ella cortó la comunicación y
entró al puesto. Se saludaron y ella, como siempre, mantenía la distancia.
Osvaldo necesitaba buscar la forma de averiguar más sobre su vida, sobre ella,
si estaba con alguien. El corazón le latía con fuerza, como hacía muchísimo
tiempo que no le pasaba. Era una extraña sensación, que lo llenaba de una
energía que desconocía.
Ella cumplía su trabajo y se
retiraba. Osvaldo buscó temas de conversación para retenerla. Buscaba en su
mente y sólo se le ocurrió la situación actual de la economía, las dificultades
para comerciantes como él. Necesitaba fumar. Afuera llovía. Le pidió seguir la
charla en la vereda, refugiados por el toldo, mientras calmaba su ansiedad con
un cigarrillo.
Siguió hablando de nada,
investigando en el rostro de esa mujer alguna emoción. Quería decirle que algo
le estaba pasando, que ella podría ser la puerta a otro mundo, que lo atraía
como la luz a una mariposa. Pero tenía miedo de asustarla, de que lo tratara
como si estuviera loco, de que huyera y destruir para siempre esa oportunidad
de conocer qué era lo que lo conmovía tanto.
No supo cómo seguir. Ella lo
escuchaba asintiendo o negando, con muy pocas palabras. De repente pensó en la
conversación que escuchó. Iría a esa fiesta. Si ella concurría con un hombre,
sabría que no tenía chances, si iba sola, existía la posibilidad de abrir una
puerta al corazón de esa mujer.
Entró al salón y la media
luz le impedía saber si ya había llegado o en donde estaba. Caminó, con el paso
firme y dispuesto a todo. Sentía que era su oportunidad de ser feliz, de
renunciar a todo, de comenzar una vida nueva. Incluso, renunciaría a continuar
con el negocio de Roberto. Quería ordenar su vida de una vez y para siempre.
Al comenzar la música
decidió recorrer el lugar. Había muchas mujeres hermosas, solas, pero él
buscaba a una sola. De repente la vio. Bailaba y reía. Muy pocas veces la había
visto reír. Se dio cuenta de que estaba sola, charlaba con otra mujer. No
estaba llamativa, pero tenía una energía radiante. La miró desde un rincón,
dudando qué hacer. Le gustaba verla así, suelta, libre, riendo, emanando luz.
Respiró profundo. Era ahora
o nunca. Se acercó a ella, le tomó la mano. Ella lo miró sorprendida y con una
enorme sonrisa. Osvaldo tenía un nudo en la garganta pero debía decir algo.
“Hola, ¿bailamos?”
Ella miró a su amiga. Tuvo
un gesto de duda y aceptó. Osvaldo la llevó hasta un lugar más espacioso, no
quería que se sintiera invadida, quería conquistarla y a la vez quería llevarla
muy lejos de ahí, tenerla solo para él. Pero debía ser paciente.
Supo que no tenía
compromisos, esperó a que ella sintiera confianza. De repente no pudo aguantar
más la necesidad de abrazarla, de sentir su perfume. La proximidad de su rostro
lo llenaba de ansiedad. No resistió y le dio un beso, largo y profundo. Sintió
que toda la vida había estado esperando ese beso. Sintió que jamás había dejado
de besarla.
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