Una enfermera la condujo a un cuarto. Le habló de un
paciente muy especial. Un hombre que hacía muchos años estaba internado, que no
podía moverse ni hablar, pero que comprendía todo lo que le decían. La
enfermera le contó que sentía un cariño muy especial por ese anciano, que casi
nadie lo visitaba y que, muy probablemente, sólo esperaba la muerte. Era una
situación muy triste y seguramente estaría pagando algún error muy grande para
sufrir de una forma semejante.
Entraron al cuarto y la enfermera saludó alegremente
al paciente. Se paralizó al escuchar su nombre.
“Señor La Villa, ¿cómo amaneció hoy? ¡Le traje una
sorpresa! La señora es una colaboradora del sanatorio y va a venir a leerle,
hacerle un poco de compañía y ayudarme a convencerlo para pasear por el
jardín!”
Cuando sus miradas se cruzaron, Osvaldo abrió los ojos
en forma descomunal. Su corazón comenzó a latir locamente. Gemía a la
enfermera. Sabía quién era esa mujer. No podía creer que la vida fuera tan
cruel o tan burlona.
“Los dejo, hoy faltó una de las chicas y tengo doble
trabajo. Gracias por venir, ¡a usted la mandó un ángel! Si se pone caprichoso,
rezongón o le dice que no a algo, usted no le haga caso y siga con sus planes,
al final termina aceptando lo que le proponemos…bueno, (bajando la voz) tampoco puede oponerse”.
La asistente lo miró con mucha compasión al decir esta
frase. Al cerrar la puerta, ignoraba qué ocurriría en esa habitación. Osvaldo
era un paciente difícil y la vida en el sanatorio lo había convertido en un
vegetal gruñón.
Ella lo miró. Dejó el libro que había elegido para
leer, y se quedó parada mirándolo. Ese hombre por el que había sentido tanto,
que casi la hizo enloquecer, estaba hecho un despojo, más viejo de lo que
realmente era, inválido y mudo, tirado en esa cama que se había convertido en
una horrible cárcel.
“Vos”.
Osvaldo se sorprendió de sí mismo. Era la primera vez
que escuchaba el sonido de su voz en más de veinte años. Una lágrima corrió por
la mejilla de esa mujer a la que los años habían conservado generosamente. Tenían
la misma edad, pero Osvaldo parecía
duplicarla en años. El encierro, el dolor y la culpa lo habían envejecido.
Al oírlo ella se sintió perpleja. Le habían dicho que
ese hombre estaba afásico.
“Vos”.
Repitió esa palabra como una oración. No se animaba a
decir otra cosa por temor a que nada saliera de su boca.
Ella movió la cabeza en forma afirmativa. No sabía qué
decirle. ¡Había pensado tantas veces en ese reencuentro, se había imaginado
durante tanto tiempo qué le diría si se lo volvía a cruzar! Pero en ese momento
había olvidado todo. El rencor que le había tenido se había esfumado gracias a un
amor sano y sabio. Una profunda tristeza la invadía al ver así a un hombre que
siempre había sido soberbio, fuerte, autosuficiente, altivo.
No podía moverse de ese lugar en donde se había
quedado parada. No podía articular palabra. Sólo pensar en cuánto tenía que
agradecer, porque la vida la había vuelto piadosa. No podía evitar las
lágrimas.
Increíblemente, Osvaldo levantó una mano hacia ella.
No supo de dónde sacó fuerzas para hacerlo. Tampoco supo cómo pudo hablar, tal
vez fueron todos esos años de silencio, que llevaba acumulando pensamientos y
culpas.
“Siempre tuve miedo de este momento. Tuve miedo de tus
ojos acusadores, duros, que me decían lo estúpido que estaba siendo, que
siempre fui”.
Ella hizo un gesto para calmarlo, no comprendía nada
de lo que estaba pasando.
“No, dejame hablar, hace tantos años que no hablo con
nadie! Supe en carne propia lo que hice con Clide, con vos, con mis hijas,
cuando fue tan soberbio, tan necio, tan egoísta. Aprendí de la forma más dura,
más dolorosa, que el dinero y el poder no era todo, que elegí el camino
equivocado…y vos me lo dijiste tantas veces!”
Osvaldo volvió a extender la mano hacia esa mujer que
jamás había pensado volver a encontrar.
“Sólo puedo pedirte perdón, a vos y a todos los que hice
tanto daño. Cometí crímenes, fui una basura, permití las peores cosas sólo por
ambición…y pagué, te juro que pagué cada día de los últimos veinte años todo lo
que hice”.
Ella se acercó y le tomó la mano. Sólo podía llorar.
“¿Me perdonás?”
“Si, hace muchos años que te perdoné”.
Osvaldo en ese momento sonrió. Su cuerpo se desplomó
sobre la almohada.
“Gracias”
Sus ojos se quedaron mirando los de ella, fijamente.
Su mano se resbaló de la de ella, cayendo pesadamente sobre la cama. Respiró
profundamente, giró su cabeza, suspiró. En ese pedido de perdón estaban Clide,
su hermano Fabio, sus hijas a las que había dejado solas tanto tiempo y a
quienes en lugar de amor, les había dado dinero para llenarlas de caprichos.
Los dos años que habían vivido juntos habían sido más
fuertes que los años que vivió junto a su esposa. Ella lo había acompañado y
apuntalado durante todo el proceso de la búsqueda del asesino de su hermano.
Jamás le había contado que él, Osvaldo La Villa, había dado la orden de
matarlo. Jamás se había atrevido a decirle que él había sido el responsable de
la muerte de Kevin. Jamás había develado sus negocios con su tío.
Ella nunca hubiera aceptado permanecer al lado de un
ser tan oscuro y tenía miedo de perderla, pese a lo cual, igual ella se alejó.
Lo había amado como nunca a nadie en su vida. La había amado como nunca a
ninguna mujer. Pero pese a eso, ninguno pudo continuar con el otro, porque
Osvaldo no quiso perder su poder y ella no podía aceptar sus oscuridades con los
ojos cerrados.
Osvaldo cerró
sus ojos y sintió una oleada de paz en su interior. Supo que nada de lo que se
había aferrado valía la pena y que el mejor regalo era una consciencia
tranquila. Supo que su vida había sido en vano, que hizo todo mal y que el más
perjudicado había sido él mismo. Cuando abrió los ojos, esa mujer ya no estaba
ahí y su cuerpo había vuelto a morir. Pensó que había sido un sueño, pero el
libro que había quedado sobre la mesilla le demostró que todo lo que había
pasado hacía instantes, había sido real.
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