Todas las mujeres, sus amigas, siempre se quejaban de
que sus parejas, luego de tener sexo, se daban la vuelta y dormían. Ella misma
había pasado por esa experiencia. Sin embargo, él no hacía eso, al contrario,
era cuando más hablaba.
Osvaldo habitualmente era parco, de pocas palabras,
cuando se le hacía una pregunta contestaba casi con monosílabos. Evitaba
mostrarse y cuanta menos información diera, mejor. Pero con ella, desnudo,
luego de la intimidad, desnudaba también el alma.
Eran cosas inconexas, sobre su infancia, la relación
con su padre, las razones por las que eligió no estudiar y trabajar, ganar
dinero. Hablaba de su primera experiencia sexual, de su vida con sus hijas, de
su escasa relación con Clide.
Ella al principio lo había considerado algo pasajero.
No comprendía a ese hombre que de repente soltaba palabras a borbotones, pero
que evidentemente tenía una enorme necesidad de hablar o, tal vez, de ser
escuchado. Y lo dejaba decir todo lo que quisiera, con alguna que otra
pregunta, comentando algo que no había comprendido bien.
En algún punto la llenaba de ternura ese hombre que
tenía tanta gente a su alrededor y que parecía estar tan solo. Muchas veces se
quedaba dormido abrazándola, después de haber hablado casi toda la noche.
Un domingo sonó su teléfono. Era él. Le propuso que se
encontraran y ella aceptó. Fueron hasta un hotel de paso, desataron la extraña
pasión que se provocaban y luego él, como siempre, habló. Pero esta vez le
habló de su soledad.
“¿Si estás tan mal, por qué no te vas?”
“Por miedo.”
“¿Miedo a qué?”
“Cuando termina el día y cerrás la puerta de tu casa,
no hay nadie.”
“¿Pero no es peor estar rodeado de gente y a pesar de
eso estar solo?”
“No tengo pelotas para irme.”
Ella se encontraba sentada cerca de él, que estaba
recostado a lo largo sobre su costado. Descruzó las piernas y se acercó a él,
recostándose a su vez.
“Estoy convencida de que hemos venido a este mundo a
ser felices, a construirnos una y otra vez si hace falta, tenemos una sola
vida, Osvaldo, si no sos feliz, tu deber es buscar tu camino para lograrlo, ya
sea conmigo, con otra mujer, pero si estás tan mal, quedándote sólo estás
enseñando a tus hijas que el amor es la hipocresía de estar junto a otra
persona por costumbre, por miedo, por conveniencia, por dependencia, por
cualquier razón menos por amor.”
Osvaldo la miró extrañado. Ella no era de decir mucho,
pero cada vez que respondía a sus soliloquios, le clavaba una estaca en el
corazón.
“No es tan fácil.”
“Supongo que no, pero vivir así tampoco es bueno.”
La miró, como la miraba siempre que le decía algo que
lo dejaba pensando en mil cosas. No sabía cómo manejarse con esa mujer, a la
que por alguna razón siempre buscaba. Sabía que ponía en juego su matrimonio,
pero no le importaba. Mil veces hubiera deseado que Clide descubriera esa
relación que él tenía. Mil veces hubiera preferido que fuera Clide quien lo
echase de su casa, para poder tener una excusa real e irse, acusándola a ella.
Mil veces rogó que alguien los viera y le contara a su
esposa que lo habían visto entrar a un hotel con otra mujer, que ella olvidara
algún objeto personal en su camioneta, que Clide percibiera el perfume que ella
usaba. Que algo le diera el motivo para romper con su matrimonio. Porque él no
tenía el valor necesario para hacerlo. Porque sabía que si se marchaba él,
perdería todo lo que había logrado.
Y Clide jamás iba a confrontarlo con su infidelidad.
Porque ella tampoco tenía el valor de perderlo todo. Porque ella también se
encontraba perdida, sin rumbo y esperando que un milagro cambiara su vida.
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