Osvaldo
había llegado a su casa tras una jornada de trabajo nada despreciable. Su local
estaba ubicado en uno de los paseos comerciales más importantes de la ciudad y
la proximidad del primer fin de semana posterior a las fiestas de fin de año,
sumado al anuncio de un excelente clima para esos días, habían atraído un
aluvión de visitantes que no tenían mesura a la hora de gastar. Estaba satisfecho
y proyectando sus compras para abastecerse, mientras recalentaba algo de la
comida que le habían dejado en la heladera.
En
su casa estaba una de sus hijas, encerrada en su cuarto, escuchando música y, a
pesar de los auriculares, podía adivinarse que era rock pesado. Su esposa había
acudido a una celebración del templo evangélico del cual era miembro y volvería
cuando él ya se habría acostado. Eran casi las doce de la noche cuando comenzó
a sonar su teléfono. Ana, la novia de su hermano Fabio, lo estaba llamando.
Pensó
que habría tenido algún inconveniente con la camioneta y que le pediría que lo
llevara al mercado al día siguiente, o que le preste la chequera para pagar sus
compras, que luego le devolvería cuando el banco le acreditase las ventas
realizadas con tarjetas de crédito, como en otras ocasiones. Estaba cansado y
no tenía ganas de responder. Con su malhumor característico respondió y lo que
escuchó del otro lado de la línea lo paralizó. En medio de gritos y llantos
alcanzó a comprender algo.
“Mataron
a Fabio”.
Así
como estaba, vestido con un pantalón vaqueros, salió corriendo hasta su
vehículo y fue lo más rápido que pudo hasta la casa de su hermano. No pensó,
sólo estaba reaccionando, sin saber qué hacer. La imagen de su madre, de los
hijos de Fabio, de su pequeña nieta que aún no tenía un año, se le agolpaban en
la mente. Fabio muerto y miles de recuerdos juntos, nadando, en la playa,
haciendo travesuras. Fabio había sido su amigo, además de su hermano, su
contraparte alegre, chistosa, vivaz.
Al llegar al edificio en donde había ocurrido el crimen, una pequeña multitud se agolpaba reclamando a la policía. Osvaldo bajó de su camioneta y el griterío hacía más inexplicable la situación. Se había generado un pequeño tumulto entre los vecinos y los agentes, lo que hizo que tiraran gases lacrimógenos.
Se
decía que había sido un ajuste de cuentas, debido al incidente protagonizado
por Fernando anteriormente, que los habían marcado, que su muerte era una más
de las tantas ocurridas en esos tiempos. Los vecinos en la calle estaban convulsionados
y en el medio de todo eso, Osvaldo vio a Melina, la pequeña de nueve años,
aferrada a la puerta del garaje, llorando desconsolada.
La tomó de la mano, la llevó hasta la
camioneta en donde estaba el cuerpo de su padre, a quien le cerró los ojos que
aún estaban fijos en la nada. Con la voz quebrada y en un tono muy bajo, le
dijo:
“Tu
papá ya no está, se fue al cielo, Dios se lo llevó.”
La
niña se arrodilló en el cemento de la trotadora y se aferró al pie de su padre
llorando de una forma más desgarradora. Osvaldo la tomó por los hombros, la
levantó en brazos y la llevó hasta el interior de la cochera.
“Quedate
acá, no te muevas, afuera la gente está muy enojada y te pueden lastimar”.
Luego
fue a enfrentarse con la policía, a intentar calmar a los vecinos indignados
que podían llegar a hacer destrozos en los patrulleros y ocuparse de todos los
detalles sobre lo ocurrido. Era él quien debía hacerse cargo de todo, controlar
que nada escapase a su mirada y se hiciesen las cosas como él pensaba.
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