Capítulo 55



   Un oficial apareció en la celda de Kevin.

“Vení, pibe, tenés visitas.”

   Kevin estaba acostado en su cama, Se levantó con mala gana y atravesó los pasillos que conducían a la sala de visitas casi arrastrando los pies. Estaba harto de seguir ahí encerrado, con una comida de pésima calidad, una cama dura, sin poder hacer lo que se le ocurriera. Quería salir de allí cuanto antes, volver a andar por las calles. Al fin y al cabo, había matado a una persona y no podía mostrarse ante su grupo de amigos, ante otras pandillas y hacer alarde de su hazaña.


   Al abrir la puerta de saloncito no daba crédito a sus ojos. Su padre estaba sentado del otro lado de la mesita. Antonio se levantó y le abrió los brazos.

“Hijito!”

   Kevin fue corriendo hasta él y lo abrazo fuertemente.

“Viejo, no te das una idea de cuánto te extrañé y te necesité.”

   Antonio lo soltó y se sentaron.

“Lo hice, viejo, pasé la prueba.”

   Kevin quería la aprobación de su papá desesperadamente. Necesitaba que le dijera cuán orgulloso estaba de su hijo.

“Lo sé, flaquito, sé lo que hiciste.”

“¿Y no me vas a decir nada?”

   Antonio lo miró curioso.

“¿Y qué querés que te diga?”

“¿No estás orgulloso de mí? Quiero ser como vos, pá.”

   Antonio comenzaba a ponerse de malhumor. No era eso lo que quería hablar con su hijo. Si por él fuera, nunca hubiera ido a visitarlo. El chico se había metido solito en ese lío y solito debería salir. Le contestó en forma fastidiosa.

“Si, si, mucho. Pero no vine a hablar de esto. Necesito que tengas paciencia y aflojes un poquito con las amenazas de que vas a hablar y mostrar un vídeo en donde contás cómo fue que vos mataste al tipo ese. Porque si vos hacés eso, me metés en un problema a mí y estoy a punto de salir en libertad.”

“No entiendo.”

“Flaco, tengo negocios con el viejo La Villa, le hice muchos laburos. Si vos movés un dedo, el viejo puede hacerme meter de por vida en la cárcel…o matarme.”

   Kevin se levantó de su silla.

“¿Viniste solo para salvarte el trasero?”

   Antonio se dio cuenta de que su hijo podía cometer alguna locura y en lugar de solucionar el problema, lo iba a complicar aún más. No estaba acostumbrado a tratar con sus hijos.

“Pibe, te hago una promesa, vos cerrá el pico y te aseguro que salís de acá.”

“¿Cómo, cuándo? Estoy podrido de estar acá adentro, no fue lo que arreglamos con el viejo.”

“Yo voy a organizar que te saquen, vos quedate piola, pero si querés salir de este antro, mantenete calladito y tranquilito, si? Es gente muy pesada con la que estamos tratando, no son bebés de pecho y saben muy bien cómo hacer para caer bien parados.”

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