Habían pasado muchos años. Más de los que él pudiera
recordar. Más de los que él hubiera deseadovivir. Sobre todo en las condiciones
que su intento de suicidio lo habían dejado. Dios había encontrado el mejor
castigo para sus pecados de orgullo, soberbia y codicia. El destino le cobraba
de la forma más dura por sus crímenes. Ningún tribunal, ningún juez habría
encontrado un castigo tan perfecto, descomunal y duradero. Una verdadera
condena perpetua, padeciendo su propia inmovilidad, pero con plena consciencia
de lo que sucedía a su alrededor.
Sólo Juliana lo había visitado algunas veces, muy
esporádicas. Se lo quedaba mirando fijamente. Le había contado que Florencia
había viajado a Italia, invitada por el tío Roberto, para perfeccionarse como
dibujante y pintora. Pero que nunca más supieron nada de ella. Que había
desaparecido de la faz de la tierra. Que jamás había realizado una muestra.
En las distintas escuelas de arte, nadie sabía nada de
ella, no la conocían. Juliana, en sus soliloquios, le contaba sobre los miedos
que tenía sobre el destino de su hermana. No sabía si estaba viva o muerta y,
más allá de las diferencias que siempre habían tenido, esperaba que alguna vez,
al abrirse la puerta, ella entrara con su enorme sonrisa, con sus chistes, con
sus bromas pesadas.
Osvaldo lloraba en soledad. Por su cabeza circulaban
mil pensamientos. Sentía una profunda y enorme impotencia porque no podía hacer
nada por su hija desaparecida, ni buscar a su tío para exigirle explicaciones,
cobrarle de alguna forma el daño que había provocado en su vida. Pero, en el
fondo, sabía que él había sido tan responsable como Roberto en toda la sucesión
de hechos que hicieron el camino hacia este infierno en el que hoy se
encontraba.
A veces pensaba en ella, en la única persona que se le
plantó sin miedos, en sus ojos oscuros, en esa última conversación en donde le
había vaticinado que la vida, tarde o temprano, pasa la factura por todas las
equivocaciones cometidas. Que él tenía ante sí mismo dos caminos, y que era el
único que podía decidir cuál recorrer. Nunca se había atrevido a acercársele, a
pedirle perdón, a decirle que ella había sido sabia y él un necio. Que si
tuviera el poder, volvería el tiempo hacia atrás, para modificar sus pasos.
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