Capítulo 48



   Habían pasado muchos años. Más de los que él pudiera recordar. Más de los que él hubiera deseadovivir. Sobre todo en las condiciones que su intento de suicidio lo habían dejado. Dios había encontrado el mejor castigo para sus pecados de orgullo, soberbia y codicia. El destino le cobraba de la forma más dura por sus crímenes. Ningún tribunal, ningún juez habría encontrado un castigo tan perfecto, descomunal y duradero. Una verdadera condena perpetua, padeciendo su propia inmovilidad, pero con plena consciencia de lo que sucedía a su alrededor.


   Sólo Juliana lo había visitado algunas veces, muy esporádicas. Se lo quedaba mirando fijamente. Le había contado que Florencia había viajado a Italia, invitada por el tío Roberto, para perfeccionarse como dibujante y pintora. Pero que nunca más supieron nada de ella. Que había desaparecido de la faz de la tierra. Que jamás había realizado una muestra.

   En las distintas escuelas de arte, nadie sabía nada de ella, no la conocían. Juliana, en sus soliloquios, le contaba sobre los miedos que tenía sobre el destino de su hermana. No sabía si estaba viva o muerta y, más allá de las diferencias que siempre habían tenido, esperaba que alguna vez, al abrirse la puerta, ella entrara con su enorme sonrisa, con sus chistes, con sus bromas pesadas.


   Osvaldo lloraba en soledad. Por su cabeza circulaban mil pensamientos. Sentía una profunda y enorme impotencia porque no podía hacer nada por su hija desaparecida, ni buscar a su tío para exigirle explicaciones, cobrarle de alguna forma el daño que había provocado en su vida. Pero, en el fondo, sabía que él había sido tan responsable como Roberto en toda la sucesión de hechos que hicieron el camino hacia este infierno en el que hoy se encontraba.


   A veces pensaba en ella, en la única persona que se le plantó sin miedos, en sus ojos oscuros, en esa última conversación en donde le había vaticinado que la vida, tarde o temprano, pasa la factura por todas las equivocaciones cometidas. Que él tenía ante sí mismo dos caminos, y que era el único que podía decidir cuál recorrer. Nunca se había atrevido a acercársele, a pedirle perdón, a decirle que ella había sido sabia y él un necio. Que si tuviera el poder, volvería el tiempo hacia atrás, para modificar sus pasos.

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