Palabras finales

Si llegaste a este blog, espero que lo disfrutes y  si te gustó, que lo compartas, que lo recomiendes, que le digas a tus amigos tu opinión sobre esta historia. Y tambien te pido que me dejes algún comentario, tu opinión, qué sentiste, porque cada libro se completa con la mirada del lector y gracias a la tecnología, hoy podemos saber qué te gustó o qué no del libro.

Es la enorme diferencia con un libro de papel, que puede venderse porque su autor es de renombre, pero que en realidad queda tirado sobre una mesa u olvidado en algun rincón de la biblioteca. Yo no gano nada a través de este medio, pero si vos lo difundís, me ayudás a que otros conozcan este escrito y lo lean.

Gracias por haber llegado. Gracias por haberte quedado a leer. Gracias por haberme permitido entrar por un rato a tu vida y contarte esta historia.

Cristina Vañecek.

Epílogo



   Había pasado más un año. La chica se estiró en su enorme cama, la luz entraba por el ventanal y comenzaba la primavera. Se levantó recordando su infancia, cuando mamá preparaba el desayuno, mientras sus hermanas protestaban porque querían ver diferentes programas de televisión. Nunca logró saber qué ocurrió con su mamá.

   Aún recordaba las caras de Juliana y Beatriz a través de la video conferencia mediante la cuenta de Germán, que las había contactado y pedido estar a determinada hora conectadas, porque tenía algo muy importante qué decirles. Y que además debía quedar en el más absoluto secreto. Nadie de la familia podría saber que Florencia se había comunicado con ellas, que estaba viva y que el chico tenía una participación importante en su hallazgo.

   Lloraron. Se prometieron volver a verse, abrazarse fuerte. También así supo por sus hermanas que Osvaldo había muerto hacía unos años, que Beatriz tenía dos niños y que Juliana había logrado vencer sus traumas. Ese día se enteró que había sido Roberto quien la abusaba, que su tío había pergeñado el plan de acusar a Fabio ante Osvaldo para poder manipularlo a su antojo y meterlo en sus negocios turbios.

   Caminó hacia la terraza. La mucama ya le había traído su desayuno y ella sabía que ese día maravilloso guardaba un hecho especial. Se dio un baño, y se vistió con una ropa muy particular, una ropa que se había prometido a sí misma no volver a ponerse. Pero esta vez era el disfraz para concretar su venganza.

   German entró con un sobre. El día que se encontraron en el hotel, le prometió ayudarla, sacarla de ese infierno y ofrecerle venganza. Le pagó una buena suma al dueño del prostíbulo y un extra para fingir la muerte de su prima. Pagó a algunos funcionarios que firmaron el acta de defunción. Florencia para el mundo estaba muerta. Y ese día nació Natasha, la mujer que se había propuesto ver morir a Roberto.

   German la llevó hasta un lugar, en donde ella se cambió a una camioneta que le produjo cierto escalofrío, tenía cortinas en los vidrios, pero esta vez no se sentaría en el suelo y sabía muy bien en donde estaba. Llegó a la casa de Roberto, sabiendo que ya no había vuelta atrás.

   Le repugnaba hacer el papel de prostituta ante él, verlo baboseante, con los ojos vidriosos de lujuria. Pensaba en los tocamientos a su hermana, tan pequeña, que nunca nadie advirtió. Se sintió triunfal cuando Roberto bebió el licor ofrecido por ella, que contenía una dosis de una droga suficiente para provocarle un paro cardíaco, matándolo lentamente.

   Disfrutó de verlo retorcerse, jadeante, pidiendo auxilio. Recordaba cuando ella se descubrió en aquella habitación cerrada, desnuda, violada, indefensa, y él burlándose y vendiéndola como si fuera un mueble viejo. Cuando su tío estaba en sus últimos momentos se fue, dejándolo morir solo. Llamó a la ambulancia, a la policía, lloró desesperada, usando un acento extraño para que creyeran que era de un país del norte. Presentó sus papeles, absolutamente legales. Era Natasha y nadie podía pensar otra cosa.

   Había fingido tantas veces placer con sus clientes, que no le había costado nada fingir desesperación ante los oficiales y paramédicos. Roberto había muerto. Habiendo contratado a una prostituta, no era ilógico pensar que había tomado alguna pastilla para mejorar su virilidad. Y ese remedio para un hombre tan mayor, era mortal.

   Cuando concluyeron todos los trámites, la joven tomó un taxi para despistar a quien pudiera seguirla. Bajó a las pocas cuadras y Germán apareció en un coche negro. Ella subió. Ahora sí, era definitivamente libre.



Fin...¿...?

Capítulo 65



   Roberto había logrado escapar de la justicia. Los investigadores que el gobierno había puesto para seguir la ruta del narcotráfico casi le habían pisado los talones, pero él se encontraba radicado en Italia y gracias a su doble ciudadanía, apenas podían tocarlo.

   Los largos trámites de extradición diluyeron toda intención de llevarlo a declarar. Además, era una persona mayor,  con algunos problemas de salud que, sabiamente exagerados, lograban postergar cualquier intento de sacarlo del país. Podía burlarse tranquilamente de la justicia de los hombres, manipulable y corrupta, ya que algunos se vendían por un poco de dinero y falseaban datos, que desvirtuaban cualquier pista que condujera a él.

   Había disfrutado de la vida. Con dinero había podido comprar todo lo que se le antojara. No había persona que no tuviera precio. Había doblegado voluntades. Nacido en una cuna humilde, había logrado poner el mundo a sus pies.

   Osvaldo había muerto tras pasar muchos años internado en una clínica, inválido y mudo, como consecuencia de un disparo desviado. Era un escollo en su camino que se había resuelto solo. Jamás hubiera sospechado que silenciar a su sobrino sería tan sencillo. La vida le hacía muchos favores.

   Aquélla mañana había despertado con ganas de recordar sus tiempos viriles. Llamó a un prostíbulo que había inaugurado hacía poco tiempo. Prometían chicas jóvenes y conocedoras de todos los placeres del sexo. La encargada le había dado una tarjeta en una reunión a la que habían asistido, acompañando a un empresario italiano al que le gustaba mostrarse con distintas mujeres despampanantes. La mujer le había dicho que no se arrepentiría si llamaba. Le dijo que conocería el cielo y el infierno con sus chicas.

   Pidió a la chica más sexy y experimentada que tuvieran. Se quedó en su habitación, esperando a la prostituta que le devolviera por unos minutos su juventud.

   Llegó una mujer vestida provocativamente. Era pequeña de cuerpo, joven pero ya madura, le habían enviado exactamente lo que quería, belleza y experiencia. La chica llevaba un antifaz puesto. Había un halo de misterio en ella que lo provocaba terriblemente.

“Sacate eso de la cara.”

   La chica hizo con un dedo que no. Sonreía, caminaba en forma sensual. Se acercó a una mesilla en donde había bebidas. Miró a Roberto y tomó una copa, invitándolo con un gesto a beber.

“Si, dale, servite un trago y traeme uno a mí.”

   Ella mostraba su espalda mientras servía las bebidas. Con paso seguro se dirigió hacia Roberto extendiendo uno de los vasos. Lo miró fijamente y cuando el hombre quiso tomar el vaso ofrecido, lo retiró y lo acercó a su boca. Con los labios marcó su maquillaje en el borde, sonriendo traviesamente y colocó la parte manchada en la boca de Roberto, para que bebiera de su mano.

   Roberto aceptó el juego que la mujer le ofrecía. Era extraña, no había pronunciado ni una sola palabra. Quizás era extranjera, como tantas chicas que traían de otros países con la excusa de un trabajo o un estudio y luego las obligaban a prostituirse.

   Tuvo un recuerdo fugaz. Él había hecho eso con una de sus sobrinas. La había convencido de viajar a Italia para que asistiera a una escuela de arte y la vendió a un traficante de personas. Había pasado mucho tiempo. Seguramente su sobrina habría muerto en algún tugurio.

   Bebió el contenido del vaso que la joven le ofrecía. Quiso abrazarla y ella lo alejó. El jueguito de rechazarlo lo excitaba más. La chica se alejó de la cama y comenzó a quitarse sensualmente los zapatos. Roberto quiso levantarse para poder tomarla, pero ella le señaló que no. Estaba ansioso por demostrarse a sí mismo que aún era viril.

   La chica caminaba por el cuarto. Se contoneaba, se acercaba a una distancia prudencial, lo provocaba y luego se alejaba. Lo miraba siempre sonriendo, siempre a través del antifaz.

   De repente Roberto sintió una puntada en el pecho. El aíre le estaba faltando. Quiso levantarse de la cama y se sintió mareado. La chica lo miró.

“Llamá al servicio, que venga un médico.”

   Ella se había quedado quieta.

“Puta barata, movete, hacé algo, serví de algo.”

   Roberto intentó levantarse nuevamente y volvió a trastabillar. Intentó acercarse al teléfono, pero la mujer fue más rápida que él y se lo sacó.

“¿Qué haces, pelotuda? Dame eso, me estoy sintiendo mal.”

   Ella volvió a negar con el dedo. En ese momento Roberto notó que tenía unos finos guantes de encaje en las manos.

“Dame el teléfono, imbécil, tengo que llamar al doctor. ¡Albertino, Francesca!”

   Llamaba a la servidumbre, alguien debía sacar a esa estúpida mujer de su habitación y traerle un médico. Le estaba faltando el aire. La prostituta habló por primera vez.

“No va a venir nadie. Estamos solos. Hoy es el día que le das permiso para salir a tu personal.”

   El tono de voz le resultó familiar.

“¿Cómo sabés eso?”

“Porque sé todo lo que pasa en esta casa.”

   Roberto sentía cada vez más fuerte la puntada en el pecho. Se le dificultaba respirar.

“Dame el teléfono, estúpida, no ves que me estoy  sintiendo mal.”

   La chica rió. Una carcajada fuerte y sonora. Una carcajada que conocía, que le estremeció la memoria hasta lo más profundo. La chica lo miró fijamente y se quitó el antifaz.

“¿No me reconocés, tío querido?”

   Era Florencia. Convertida en una bellísima mujer. Le dirigió una mirada dura.

“¿No me reconocés, viejo puto?”

   Roberto volvió a sentir una puntada más fuerte esta vez. Su sobrina Florencia estaba allí, dispuesta a cobrarle el destino que le había marcado. Roberto intentó congraciarse con su ejecutora.

“Flo, sobrina, necesito que me des ese teléfono.”

   Florencia se acercó a él, pero no tanto como para que pudiera alcanzarla. Roberto estiró la mano para tomar el celular, pero ella alejó su mano antes de que él lo tomara.

“Tío, pobrecito, te estás muriendo y no hay nadie cerca que pueda ayudarte.”

“Vos no podés hacerme esto.”

“¿Que no puedo?  Jajajaja, viejo estúpido, pensás que me vas a dar lástima? Me engañaste, me traicionaste, me hiciste vivir un infierno, me vendiste a quien se te cruzó por delante como si fuera una cosa y me decís que no puedo hacerte esto?  De tan hipócrita y basura me hacés reír!”

   Florencia caminó por el cuarto, sin dejar de observar a su tío.
 
“Te preguntarás cómo es que estoy acá, no? Jamás podrías imaginarte que yo iba a venir. Deberías creer que estaría tirada en algún cuarto miserable, siendo usada por vaya a saber cuántos enfermos, quizás drogada, enferma o tal vez hasta muerta, no?”

   Al hombre se le dificultaba cada vez más respirar. Sentía cada vez más puntadas en el pecho y la presencia de ese fantasma de su pasado lo ponía más nervioso y empeoraba más su situación.

“Vine a matarte, mirándote a los ojos, a decirte que yo libero a mi familia de tu influencia. Que vos metiste a papá en un mundo de mierda, si, lo supe. También supe que abusabas de Juliana, y que siempre buscaste que el viento soplara a tu favor. Pero se te acabó la suerte, hasta acá llegaste con tus manipulaciones, con tus mentiras, con tus traiciones.”

   Sacó de entre sus ropas un frasco pequeñito.

“¿Sabés qué es esto?”

   Como pudo Roberto negó con la cabeza.

“Viagra, si, viagra, un hombre como vos, de tu edad, con tus problemas de salud, que quiere tener un rato de placer, llama a un prostíbulo y pide una mujer a domicilio. Y para no fallarle, para sentirse macho, viril, poderoso, se toma esta inocente pastillita azul. Pero que en un viejo choto como vos es fatal.”

   Florencia volvió a reír sonoramente. Una carcajada fuerte, desde lo más profundo de su ser, retumbó en el cuarto. Había pensado tantas veces ese momento, en que pudiera vengarse de todo el daño que ese hombre le había hecho a su familia.

   Ahora lo veía ahí, retorciéndose de dolor, intentando respirar el poco aire que entraba a sus pulmones. Mirando como sus ojos le imploraban piedad.

“Te vas a morir. Y te confieso que creía que iba a sentir algo de culpa, porque matar no es bueno. Pero matar no es bueno para alguien que está vivo…y vos me mataste el día que me vendiste, que me entregaste a John Smith para que me tirara en un prostíbulo. Y cada vez que me obligaban a tener sexo con un tipo, sentía ganas de matarte, pensaba en cómo sería la mejor forma de que te mueras, de que pagaras mi dolor, de cobrarte la vida que perdí.”

   Roberto casi no escuchaba la voz de su sobrina. Poco a poco sentía que se iba alejando, la veía borrosa, las puntadas en el pecho eran cada vez más insoportables. La vida, ese bien que él había apreciado tanto, se le escapaba de las manos y no había nadie para ayudarlo.

   La mujer se puso los zapatos. Se acercó al cuerpo gimiente de Roberto.

“Chau, querido tío, ojala ardas en el infierno.”

   Roberto intentaba tomar aire a bocanadas, pero cada vez sentía la garganta más cerrada, el dolor en el pecho se le hizo agudo mientras miraba a su sobrina que se iba y cerraba la puerta detrás de ella.

Capítulo 64



   Florencia no la había pasado nada bien en ese mundo al que su tío la había obligado a vivir. Golpes, castigos, abusos, buscaron doblegar su voluntad. Pasaba días encerrada en un cuarto oscuro y frío, casi sin comida y apenas una botella de agua, de la cual casi no quería probar por temor a que tuvieran algún narcótico.

   Tuvo que aprender a enfrentar a sus captores. Cada vez que traían a una chica nueva, lloraba igual que el primer día que la secuestraron a ella. Buscaba calmarla, pero infundirle el ánimo de que nada estaba perdido y que ellas, ahí encerradas e incomunicadas con el mundo, aún tenían esperanza.

   Había visto morir a más de una mujer debido a las sobredosis de drogas que les daban para que fueran sumisas y soportaran estar con diez, con quince, con veinte clientes por día. Había visto a sus compañeras cargando sus vientres, siendo llevadas a los cuartos en donde algunos hombres buscaban la fantasía de tener sexo con mujeres embarazadas, las había visto parir en el cuarto común en donde las mantenían encerradas, las había visto dar sus últimos suspiros en la última contracción, mientras las otras mujeres oficiaban de improvisadas parteras.

   Y había visto cómo los guardaespaldas del prostíbulo se llevaban a las criaturas apenas recién nacidas, antes de que sus madres pudieran darle un beso o tenerlos unos momentos en sus regazos, para desaparecer con ellos detrás de la puerta y del ruido de las llaves que las mantenían encerradas, para no volver a verlos nunca más.

   Rasguñaba en el fondo de su alma la poca esperanza que tenía y pensaba que iba a llegar un día en que saldría de esa vida, en que volvería a ser libre, a abrazar a sus hermanas. Pensaba qué habría sido de su padre, qué habría ocurrido con su madre, cómo sería la vida de sus hermanas. Y pensaba en que un día ella le iba a cobrar a su tío el engaño que la había llevado hasta allí.

   A medida que pasaba el tiempo, sentía que el día de su liberación nunca llegaría, las humillaciones a las que era sometida no tenían nombre, jamás las había imaginado. Toda su vida anterior había vivido entre almohadones, sin preocupaciones, ocupándose de sí misma. Y de repente todo dio un vuelco y su mundo cambió.

   Fue comprendiendo que debería ser inteligente para sobrevivir en ese infierno, para que no la droguen para entregarla a los clientes más ruines. Debía sobresalir entre las mujeres del burdel para ser pedida por los grandes clientes, los que más pagaban e incluso algunos pagaban dinero extra para asegurarse la exclusividad de la mujer solicitada. Alguna vez una de sus compañeras había escuchado que un jeque árabe había comprado a una mujer que le presentaron en un prostíbulo para tenerla en su harem. Para ella era cambiar una prisión por otra, más allá de los beneficios que tuviera.

   Pese a todo su sufrimiento, Florencia conservaba su belleza. Se había endurecido su mirada y muy pocos la habían visto sonreír. Había aprendido a sobresalir entre las otras, lo que también le había acarreado algunos conflictos con sus compañeras de infortunio.

   Aquella noche los guardias le avisaron que se arreglara, que alguien la había solicitado y que deberían trasladarla hasta un lugar fuera del burdel. A veces esas cosas ocurrían. Un cliente que no quería ser visto en un lugar de semejante calaña, que prefería guardar su privacidad y discreción, para fingir ante su familia y el mundo que era un hombre honesto. A la muchacha le daban asco esos vendedores de moralina barata. La experiencia vivida con su tío, siempre tan atento, tan correcto, tan religioso ante los demás y, sin embargo, tan hipócrita, tan mentiroso, tan cruel, que había vendido a su propia sangre.

   Los traslados los hacían siempre de noche, en una camioneta a la que era subida adentro de un garaje y con cortinas en las ventanillas. Debía sentarse en el suelo y mirar siempre hacia abajo. Nunca logró saber exactamente en qué ciudad, en qué país estaba. Todos hablaban con distintos acentos, muchas veces en un idioma que ella no comprendía. La mayor parte del tiempo se comunicaban con gestos, y golpes.

   Llegaron al punto del encuentro. La chica fue llevada a través de un pasillo hasta un ascensor. Uno de los guardaespaldas fue con ella. Marcó el piso 10. Al arribar, la condujo hasta una puerta, dio dos golpes y esperaron. Un joven los recibió, el guardia se quedó en el pasillo y Florencia entró a la habitación.

   Era un cuarto lujoso, con sillones y decoración clásica, de tonos dorados y suaves. El joven le indicó se sentara y comiera lo que quisiera de la mesa que estaba a un costado. Pronto vendría su patrón. El chico se retiró y ella quedó sola, caminando por el salón y pensando en lo viejo que sería su cliente y que, tal vez, sería un trámite fácil atenderlo.

   La sorprendió la voz de un hombre. Tardó en reconocerlo.

“Seguís siendo tan bonita como cuando éramos chicos.”

   Algo en él le resultaba conocido. Era un muchacho guapo, algo más joven que ella. Se acercó, le tomó la mano con delicadeza y mirándola a los ojos le dio un suave beso en la mejilla.

“Soy Germán.”

   Florencia abrió los ojos incrédula. El hijo de Roberto, su entregador, estaba ahí frente a ella, se le abalanzó con toda su furia pero él la detuvo.

“Tranquila, que yo no soy tu enemigo, al contrario, estás acá porque quiero ayudarte.”

   Ella se paró en seco. Una llamarada de odio la invadía. Si ese hombre, su primo, llegaba a ponerle un dedo encima, lo lamentaría.

“Te mandó tu papá para que te burles de mí, para que veas en la mierda en que me convertí?”

   La voz de German era increíblemente tranquilizadora.

“No, Flor, no te equivoques, comprendo que debés estar enojada, y que en mi estás viendo a mi viejo y tenés muchísimo odio acumulado, pero hace poco que supe lo que él te hizo, y me costó encontrarte.”

   Germán había dejado el país varios años antes de que Roberto la vendiera. Siempre había sentido algo especial por aquella prima en segundo grado, de mirada picarona y sonrisa eterna. La vida le había cambiado esa luz que tenía, ahora enfrente tenía a una mujer dura y que en casi nada se parecía a aquella otra.

“Bueno, acá me tenés, ¿qué querés, que tomemos un café, que charlemos de viejos tiempos, después nos acostamos y hacés rendir lo que pagaste por mí, y me devolvés a esa mierda de lugar? ¿Para eso me trajiste, para humillarme con tu riqueza?”

   Florencia le golpeaba el pecho con los puños cerrados. Lloraba y sentía impotencia. Estaba ante el hijo de su verdugo y ya no tenía esperanzas de salir de esa vida. Se sintió débil, ya no quería luchar más. Cayó al piso llorando, insultando, diciendo cosas incomprensibles.

   Germán se arrodilló a su lado. Le ofreció un pañuelo, comprendía que debería esperar mucho para que la joven se tranquilizara y lo pudiese escuchar. Él había esperado toda su vida y podía esperar un tiempo más.