Capítulo 16



   Roberto no iba a permitir que nadie se le interpusiese en su camino. Menos un sobrino santurrón defendiendo a una putita que se había dejado hacer lo que él había querido. Si no le gustase a esa zorrita, hubiera gritado desde el primer día, se hubiera levantado, pero ella se quedó ahí, quieta, se dejó hacer. Si bien se le escabullía, era para calentarle más la sangre, para hacerse desear, porque era una putita y como tal, no iba a irle con bobadas a nadie.

    Y menos se iba a dejar amenazar por un tipo que se la pasaba pagando culpas de vaya saber quién, convenciendo a los pibes de los barrios para que dejasen el mal camino y que le compraban la porquería que le sobraba de lo que él mandaba a Europa y que eran capaces de matar a su madre con tal de conseguir los cinco pesos que le faltaban para comprar la dosis de vidrio molido, aspirinas y un poco de paco.


    Tomó su teléfono y buscó un nombre entre los contactos. Había un pibe escondido, que se había fugado de un centro oficial, en donde había ido a parar por intentar matar a alguien en un asalto, que quería demostrar que podía formar parte de una banda, principalmente porque su padre también era un delincuente y, con tal de lograr que le prestara atención, sería capaz de todo. Y Roberto sabía qué hilos tocar para que las cosas se hicieran a su manera.

“Te va a llamar mi sobrino, desde un número que no es su teléfono. Te va a dar un nombre. Mandalo al pibe ese, el que está guardado, esperando dar la prueba, para que cumpla la orden. Y no se te ocurra cuestionar la palabra de mi sobrino. Porque esa orden la voy a estar dando yo”.


    Fabio lo había confrontado. Se había atrevido a decirle que era una basura, un hijo de puta, la peor mierda que había conocido. Había escuchado a Juliana, que se había animado a contarle qué le hacía Roberto desde hacía un largo tiempo. Esa basurita también lo iba a escuchar. Pero primero tenía que ocuparse de Fabio, antes de que le estropeara la relación con Osvaldo.


    Osvaldo ya sabía demasiado y era riesgoso que se diera vuelta. Tenía demasiada información para dejarlo librado a la posibilidad de que un odio inmenso le ganara de mano y arruinara su imperio. Tenía que pensar rápido antes de que todo se fuera de control. Tenía que encontrar la forma de que todo eso se volviese a su favor y domesticar a la fiera antes de que cualquier sentimiento o enojo lo perjudicara de una manera definitiva.


    Luego de esa llamada, se comunicó con Osvaldo.


“Tengo ganas de ir a practicar un poco tiro al blanco y no hay nadie como vos para que me acompañe, ¿te organizás este fin de semana? “.


   A Osvaldo le encantaba que Roberto le propusiera ir de cacería. Saciaba su inmensa necesidad de poder, de ver morir a su presa de una manera indecible.


“Por supuesto, tío, vos sabés que la escopeta está siempre preparada para acompañarte a donde digas”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario