La
vida había sido buena para Roberto. Una vez llegada la madurez, había logrado
lo que él quería, tener dinero y poder. Había sabido conectarse con quienes
podían darle la oportunidad de mejorar y no la había desperdiciado. Para dejar
de ser pobre no había que tener pruritos ni dejarse vencer por prejuicios y
conceptos.
El
primero de todos los secretos que aprendió fue a ser discreto, a no
despilfarrar desde el principio. Aprendió de otros que ante los primeros flujos
importantes de dinero, comenzaron a empavonarse y muy pronto cayeron ante la
evidencia. No, él debía manejarse distinto.
Su origen italiano le daba una ventaja. Podía ir y venir de Europa sin que nadie lo cuestionase. Montó una discreta empresa, una procesadora de pescado, la mejor forma de disimular el otro negocio, el verdadero. Nadie iba a estar abriendo un contenedor con pescado congelado en bloques sin una orden judicial, y menos sin la certeza de que podrían encontrar algo, ya que el daño provocado económicamente si no hallaban nada, sería impredecible, sin hablar del desprestigio mediático.
El tío Roberto traficaba droga a Europa en buques portacontenedores. El escáner de la Aduana local no distinguía entre productos biológicos y minerales, de manera que nunca podrían saber que escondía cada bloque de pescado procesado. Poco a poco había logrado establecerse en una ciudad pequeña de Italia, en donde uno de sus hijos manejaba el resto del negocio. Poseía varias camionetas, había adquirido propiedades, todo en forma muy discreta, para que ninguno de sus parientes sospechase de él, o le pidiese algo que no estaba dispuesto a dar.
Sin embargo tenía que mantener alejados a sus otros hijos del negocio. Eran chicos y podían traerle problemas. Primero tenía que formarlos, hacerlos fuertes, tener la cabeza lo suficientemente fría para no consumir eso que vendía. Su idea no era que ellos probaran de aquello que les daba el nivel de vida que llevaban.
Tenía
que preparar a alguno de sus sobrinos para ser su hombre de confianza en caso
de que él tuviera algún problema de salud o legal. Y Osvaldo era el adecuado.
Servil, con hambre de poder, insaciable de soberbia y altanero, pero a la vez
tenía la inteligencia de no mostrar demasiado. Sí, Osvaldo le había pedido
varios favores que él había podido cumplir, y se daba cuenta hasta donde podría
llegar. Tenía un gran ascendente sobre su sobrino y nada le impediría
adiestrarlo. El único obstáculo era la posibilidad de que los prejuicios se
antepusieran al hambre de poder.
Pero Osvaldo era dócil con él. Roberto sabía que tras el malhumor, su carácter agrio se escondía un enorme complejo de inferioridad. Conocía la gran admiración que su sobrino sentía por él y su progreso y sabía cómo manipularlo para que hiciera exactamente lo que quisiera.
En cierta oportunidad lo llevó todo un fin de semana al campo de un amigo que tenía un coto de caza. Compartieron bastante tiempo como para charlar sobre los proyectos que Osvaldo tenía para su vida y la de sus hijas. Fue allí, lejos de la influencia de su mujer, en la que Roberto comenzó a hablar de posibilidades, de números, de ascenso social, de poder. No tenía mucho más que decir para convencerlo de que colaborase en lo que fuera. Osvaldo acataría cada uno de los pedidos de Roberto y también sería una buena oportunidad para ampliar el negocio.
La
droga que venía del norte, escondida en los camiones que transportaban
verduras, tendrían quién las recibiera en la ciudad. El pequeño negocio de
Osvaldo sería un buen y discreto lugar para trasladar el producto y llevarlo
hasta la planta procesadora, en donde sería mezclada con el pescado.
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