Capítulo 26



   Osvaldo y Roberto caminaban por el campo, cada uno con su escopeta en mano, buscando cazar alguna liebre salvaje. Desde hacía un tiempo, Osvaldo había comenzado a secundar a Roberto en sus “otros negocios”. La oferta había sido tentadora. Roberto le había dado una importante cantidad de dinero a Osvaldo para salvar su casa de un embargo y éste no sabía ni cómo ni cuándo iba a poder devolvérsela. Roberto parecía no estar muy preocupado por ese asunto.


    Sin embargo, poco a poco, Roberto le habló de una forma indirecta de reintegro. Osvaldo tenía proyectado poner su propio negocio y tampoco tenía el capital necesario para hacerlo. Roberto le dijo que lo hiciera, que sacara un crédito, que él sería su aval.


“Pero si me va mal en el negocio, no voy a poder devolverte nunca el dinero que me diste para lo del embargo!”.


“Vos no te preocupes, no te va a ir mal”.

“Pero, tío…”.

   Roberto lo miró fijo.

“Necesito que pongas ese local, vos me vas a ayudar en un negocio que tengo, del que casi nadie sabe, y que sólo con las ganancias que me va a reportar, si me ayudás, voy a recuperar esa plata y muchísimo más”.


   Osvaldo lo miraba sin comprender nada.


“De hecho, no sólo voy a ganar plata yo, también vas a ganar plata vos…y mucha, más de la que pensaste ver en toda tu vida”.


   Osvaldo estaba sorprendido. No comprendía muy bien de qué se trataba el tema, pero si era para tener dinero y poder darse la vida que él esperaba, estaba abierto a todo lo que Roberto le propusiera.


“Eso sí, requiere de un gran esfuerzo, de que no andes por ahí mostrando que tenés mucha guita de golpe. Vas a tener que tener la paciencia de una hormiga, trabajar como si todo te costase mucho, porque la gente es envidiosa y mala, y lo que te voy a proponer puede derrumbarse de un momento a otro. El secreto de mi negocio es ser invisible, no llamar la atención. La discreción, querido sobrino, es el centro del poder”.


   Ante esa palabra los ojos de Osvaldo brillaron. Le gustaba la idea de sentirse poderoso ante los demás, de demostrarle a los otros de lo que él era capaz.


    Roberto sonrió. Sabía lo ambicioso que era su sobrino…si bien la soberbia podía perderlo, debía correr el riesgo, ya que no consideraba aptos para ese trabajo a los hermanos de Osvaldo. Uno se había volcado a la religión y era asiduo asistente de un templo evangélico, el otro era un empedernido jugador y apostaba más de lo que ganaba y el más chico tenía una vida bastante desordenada y lo que Roberto vendía…era lo que consumía. No le convenía meter en el negocio a un cliente.


“¿Qué es ser invisibles?” preguntó Osvaldo curioso, confuso y sorprendido, adivinando sobre qué se trataban los negocios de su tío.


“No llamar la atención, sobrino. Seguir laburando como si las cosas te costasen mucho, pero tener una base para que, si te va mal, puedas sostener el negocio. Que no te hagan manifestaciones en la calle como a otros pesqueros, como en mi caso, pagar en término los sueldos, los alquileres, llorar la carta de que todo te cuesta, que mientras tapas un agujero destapás otro, decir que estás atrasado con el teléfono, la luz, los impuestos…pero no estarlo, cumplir con todo en tiempo y forma.”


   Osvaldo escuchaba atento. Jamás había imaginado todo lo que su tío había logrado “con tanto esfuerzo” y que en realidad era el producto de sus negocios oscuros.


“La discreción es el gran secreto. Que tus vecinos vean que salís a la hora de siempre, que digan que sos un buen miembro de la comunidad, que sos un trabajador, gente de bien. Vas a disponer de un capital que no te imaginás…pero no vas a poder terminar de construir tu casa en dos días. Vas a tener que ir de a poco, diciendo que te cuesta mucho. Quizás vas a tener peleas con tu familia, porque ellas te van a marcar prioridades y esas prioridades significan que tenés que poner plata…y no podés mostrar que tenés plata…Llorar que todo es un sacrificio, que todo cuesta, que las cosas no están bien. Ser discreto también significa que le vas a tener que mentir a ellas”.


    Esa era la parte que menos le preocupaba a Osvaldo, siempre y cuando las cosas resultasen bien y lograra dinero y poder. Ante una sombra de dudas en el rostro de su sobrino, Roberto dijo


“¿Supiste de algún quilombo en el que yo estuviera metido? ¿Me nombraron alguna vez en los diarios? ¿El personal de la planta se quejó de mí por falta de pagos? ¡Nunca! ¿Por qué? Porque aprendí que si quiero permanecer en este negocio, tengo que hacer las cosas bien. Tengo que ser un ilustre desconocido para todos. Mis vecinos dicen que soy un buen tipo, todos saben que tuve que trabajar mucho para lograr lo que tengo. Los que no me conocían antes, saben que soy un empresario y ya no les asombra que me cambie el coche, porque ellos también piensan que hay que mantener el capital invertido en un vehículo.”


   Osvaldo sentía que un mundo nuevo se abría ante él.


“No le vas a comprar un coche a cada una de tus hijas. Pero vos vas a poder tener una camioneta mejor, y quizás, diciendo que sacaste un plan, que lo pagás en cuotas, comprarle una a tu mujer para que se mueva. Pero siempre, siempre, diciendo que todo te cuesta un sacrificio enorme. Eso es ser invisible”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario