Osvaldo
pegó el grito en el cielo cuando su esposa le comunicó la decisión de llevar a
su hija menor al templo y prepararla para el ritual del bautizo de su línea
religiosa. La discusión duró varias horas y la tensión entre ellos se prolongó
por muchos días. Directamente él no hablaba con ninguna de las mujeres de su
familia y, para presionar a su mujer, decidió irse de su casa.
Ella
jamás había trabajado fuera del hogar o de ayudarlo en el negocio que había logrado
levantar. Le había proporcionado un vehículo para que se movilizase con las
chicas y una separación haría tambalear su estilo de vida. Era él quien pagaba
todo y con la amenaza de divorcio, Clide accedería a cualquier cosa que Osvaldo
le pidiera.
No
iba a ser la pesadilla de una de sus hijas quien le hiciera tambalear la
estructura de poder que había armado en su casa. Ya bastante con tolerar que
Clide terminase los estudios y soportar que fuera varias veces por semana al
templo.
Lo que Osvaldo no tenía en cuenta eran las veces que él dejaba a su mujer y a sus hijas para irse de cacería con su tío Roberto. O cada vez que éste lo requería para que lo acompañase a la capital a cerrar algún negocio y él aceptaba sin decir ni una palabra, dejando sola a su familia durante tres o cuatro días. Clide sabía lo que era estar sola, si bien nunca había logrado ganar su propio dinero.
También
sabía que, si actuaba de una forma sumisa, Osvaldo volvería callado la boca al
hogar. La familia debía estar unida. Todos los felicitaban por lo bien que se
llevaban, por lo perdurable de su pareja, por cuánto había progresado. Y Clide,
si bien no tenía certeza exacta de qué se trataba, si sabía cuánto tenía que
ver el tío Roberto en ese progreso.
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