Florencia no la había pasado nada bien en ese mundo al
que su tío la había obligado a vivir. Golpes, castigos, abusos, buscaron
doblegar su voluntad. Pasaba días encerrada en un cuarto oscuro y frío, casi
sin comida y apenas una botella de agua, de la cual casi no quería probar por
temor a que tuvieran algún narcótico.
Tuvo que aprender a enfrentar a sus captores. Cada vez
que traían a una chica nueva, lloraba igual que el primer día que la
secuestraron a ella. Buscaba calmarla, pero infundirle el ánimo de que nada
estaba perdido y que ellas, ahí encerradas e incomunicadas con el mundo, aún
tenían esperanza.
Había visto morir a más de una mujer debido a las
sobredosis de drogas que les daban para que fueran sumisas y soportaran estar
con diez, con quince, con veinte clientes por día. Había visto a sus compañeras
cargando sus vientres, siendo llevadas a los cuartos en donde algunos hombres
buscaban la fantasía de tener sexo con mujeres embarazadas, las había visto
parir en el cuarto común en donde las mantenían encerradas, las había visto dar
sus últimos suspiros en la última contracción, mientras las otras mujeres
oficiaban de improvisadas parteras.
Y había visto cómo los guardaespaldas del prostíbulo
se llevaban a las criaturas apenas recién nacidas, antes de que sus madres
pudieran darle un beso o tenerlos unos momentos en sus regazos, para
desaparecer con ellos detrás de la puerta y del ruido de las llaves que las
mantenían encerradas, para no volver a verlos nunca más.
Rasguñaba en el fondo de su alma la poca esperanza que
tenía y pensaba que iba a llegar un día en que saldría de esa vida, en que
volvería a ser libre, a abrazar a sus hermanas. Pensaba qué habría sido de su
padre, qué habría ocurrido con su madre, cómo sería la vida de sus hermanas. Y
pensaba en que un día ella le iba a cobrar a su tío el engaño que la había
llevado hasta allí.
A medida que pasaba el tiempo, sentía que el día de su
liberación nunca llegaría, las humillaciones a las que era sometida no tenían
nombre, jamás las había imaginado. Toda su vida anterior había vivido entre
almohadones, sin preocupaciones, ocupándose de sí misma. Y de repente todo dio un
vuelco y su mundo cambió.
Fue comprendiendo que debería ser inteligente para
sobrevivir en ese infierno, para que no la droguen para entregarla a los
clientes más ruines. Debía sobresalir entre las mujeres del burdel para ser
pedida por los grandes clientes, los que más pagaban e incluso algunos pagaban
dinero extra para asegurarse la exclusividad de la mujer solicitada. Alguna vez
una de sus compañeras había escuchado que un jeque árabe había comprado a una
mujer que le presentaron en un prostíbulo para tenerla en su harem. Para ella
era cambiar una prisión por otra, más allá de los beneficios que tuviera.
Pese a todo su sufrimiento, Florencia conservaba su
belleza. Se había endurecido su mirada y muy pocos la habían visto sonreír.
Había aprendido a sobresalir entre las otras, lo que también le había acarreado
algunos conflictos con sus compañeras de infortunio.
Aquella noche los guardias le avisaron que se
arreglara, que alguien la había solicitado y que deberían trasladarla hasta un
lugar fuera del burdel. A veces esas cosas ocurrían. Un cliente que no quería
ser visto en un lugar de semejante calaña, que prefería guardar su privacidad y
discreción, para fingir ante su familia y el mundo que era un hombre honesto. A
la muchacha le daban asco esos vendedores de moralina barata. La experiencia
vivida con su tío, siempre tan atento, tan correcto, tan religioso ante los
demás y, sin embargo, tan hipócrita, tan mentiroso, tan cruel, que había
vendido a su propia sangre.
Los traslados los hacían siempre de noche, en una
camioneta a la que era subida adentro de un garaje y con cortinas en las
ventanillas. Debía sentarse en el suelo y mirar siempre hacia abajo. Nunca
logró saber exactamente en qué ciudad, en qué país estaba. Todos hablaban con
distintos acentos, muchas veces en un idioma que ella no comprendía. La mayor
parte del tiempo se comunicaban con gestos, y golpes.
Llegaron al punto del encuentro. La chica fue llevada
a través de un pasillo hasta un ascensor. Uno de los guardaespaldas fue con
ella. Marcó el piso 10. Al arribar, la condujo hasta una puerta, dio dos golpes
y esperaron. Un joven los recibió, el guardia se quedó en el pasillo y Florencia entró a la habitación.
Era un cuarto lujoso, con sillones y decoración
clásica, de tonos dorados y suaves. El joven le indicó se sentara y comiera lo
que quisiera de la mesa que estaba a un costado. Pronto vendría su patrón. El
chico se retiró y ella quedó sola, caminando por el salón y pensando en lo
viejo que sería su cliente y que, tal vez, sería un trámite fácil atenderlo.
La sorprendió la voz de un hombre. Tardó en
reconocerlo.
“Seguís siendo tan bonita como cuando éramos chicos.”
Algo en él le resultaba conocido. Era un muchacho
guapo, algo más joven que ella. Se acercó, le tomó la mano con delicadeza y
mirándola a los ojos le dio un suave beso en la mejilla.
“Soy Germán.”
Florencia abrió los ojos incrédula. El hijo de
Roberto, su entregador, estaba ahí frente a ella, se le abalanzó con toda su
furia pero él la detuvo.
“Tranquila, que yo no soy tu enemigo, al contrario,
estás acá porque quiero ayudarte.”
Ella se paró en seco. Una llamarada de odio la
invadía. Si ese hombre, su primo, llegaba a ponerle un dedo encima, lo
lamentaría.
“Te mandó tu papá para que te burles de mí, para que
veas en la mierda en que me convertí?”
La voz de German era increíblemente tranquilizadora.
“No, Flor, no te equivoques, comprendo que debés estar
enojada, y que en mi estás viendo a mi viejo y tenés muchísimo odio acumulado,
pero hace poco que supe lo que él te hizo, y me costó encontrarte.”
Germán había dejado el país varios años antes de que
Roberto la vendiera. Siempre había sentido algo especial por aquella prima en
segundo grado, de mirada picarona y sonrisa eterna. La vida le había cambiado
esa luz que tenía, ahora enfrente tenía a una mujer dura y que en casi nada se
parecía a aquella otra.
“Bueno, acá me tenés, ¿qué querés, que tomemos un
café, que charlemos de viejos tiempos, después nos acostamos y hacés rendir lo
que pagaste por mí, y me devolvés a esa mierda de lugar? ¿Para eso me trajiste,
para humillarme con tu riqueza?”
Florencia le golpeaba el pecho con los puños cerrados.
Lloraba y sentía impotencia. Estaba ante el hijo de su verdugo y ya no tenía
esperanzas de salir de esa vida. Se sintió débil, ya no quería luchar más. Cayó
al piso llorando, insultando, diciendo cosas incomprensibles.
Germán se arrodilló a su lado. Le ofreció un pañuelo,
comprendía que debería esperar mucho para que la joven se tranquilizara y lo
pudiese escuchar. Él había esperado toda su vida y podía esperar un tiempo más.
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