Juliana había ido al cuarto de sus padres. Necesitaba
recordar el aroma de su mamá, quien había desaparecido sin dejar un solo
rastro. Ella no creía mucho la historia de su padre, menos teniendo en cuenta
que estaba mucho tiempo con el tío Roberto y ella sabía que éste había dado la
orden de matar a Fabio.
Abrió las ventanas de par en par. Hacía mucho tiempo
que su papá mantenía esa habitación cerrada y a oscuras. Últimamente su papá
estaba extraño, más callado que de costumbre, nervioso. Y ella estaba
convencida de que no era tristeza por la ausencia de mamá.
Miró a su alrededor. Quería encontrar alguna blusa,
sus zapatos favoritos, su perfume, algo para llevarse a su cuarto. Quería
sentirla cerca cuando estaba sola, cuando los fantasmas la acosaban, cuando los
malos recuerdos volvían a su mente. Se tiró al piso a ver si veía algún calzado
que hubiera quedado debajo de la cama. Levantó el faldín que bordeaba el
colchón y vio un cajoncito. Se estiró para alcanzarlo y ver qué había. Dos
paquetes con algo blanco en su interior.
¿Papá era traficante? ¿Qué clase de familia tenía?
¿Qué negocios tenían con Roberto, ya que andaban todo el tiempo secreteando?
Tomó uno de los paquetes y lo miró por todos los lados. Azúcar no era, sal
tampoco. Azúcar impalpable mucho menos. Eso era droga.
Se sentó sobre la cama con los paquetes. Los miraba
casi hipnotizada, buscando entender muchas cosas de lo que había pasado con su
familia. ¿Qué había descubierto Fabio, además de los abusos a los que Roberto
la había sometido, para que lo mataran?
En ese momento escuchó pasos en la escalera. Osvaldo entró al cuarto y vio a su hija sentada en la cama, con los paquetes de droga.
El mundo se le cayó encima al escucharla decir "Qué es esto, papá?"
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